Columnas

Micromachismos, esas “pequeñas humillaciones” de cada día

A pesar de los muchos hombres que son conscientes de las desigualdades, hay residuos de nuestra cultura misógina a veces imperceptibles pero resistentes.

  • Carolina Pulido

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El mundo está al revés: los hombres son acosados por sus jefas y les silban en la calle. Las mujeres son el sexo fuerte. La publicidad solo utiliza hombres bellos para vender lo que sea, pero a la vez tienen prohibido, ellos, mostrar su torso desnudo (a diferencia de las mujeres, que lucen orgullosas sus pechugas abundantes). En la intimidad las reglas son claras: el pecho de un hombre debe estar pulcramente depilado. Y es mejor no quejarse de injusticias o molestias porque las mujeres, claro, se van a reír o los acusarán de hipersensibles. O locos. Hilarante y perturbador a la vez.

Lo plantea una comedia francesa llamada “No soy un hombre fácil”, que Netflix me ofreció y yo acepté una fría noche de lunes. La película es menor, pero tiene un mérito: te deja pensando en aquello que las feministas han llamado “micromachismos”, que son los mecanismos masculinos de control más sutiles que se ejercen con total naturalidad en el día a día, al punto que ya no los notamos. Recordé esta cinta leyendo en Twitter los comentarios de tantos hombres asustados a raíz de la ola feminista (amo decirlo: ola feminista). Ha sido un entretenido pasatiempo las últimas semanas, ir detectando los micromachismos presentes incluso en los más progresistas y observar cómo se repliegan frente a la masa de mujeres unidas en un discurso coherente y sólido.

Los micromachismos no se detectan fácilmente. A pesar de todo lo que hemos conseguido y de los muchos hombres que son conscientes de las desigualdades, hay residuos, secuelas, sedimentos de nuestra cultura misógina a veces imperceptibles pero resistentes. Los ves cuando un hombre cree necesario explicarte algo sin que se lo pidas o cuando le dicen a tu hija que esas no son formas de hablar para una señorita.

También es minimizar un movimiento gigantesco de estudiantes femeninas en busca de igualdad y contra el abuso señalando “su falta de elegancia”, “fealdad” o “poca seriedad” por el hecho de mostrar los senos, como hicieron algunos conspicuos miembros de la élite política y empresarial en las redes sociales. Micromachismo es además despreciar su causa al compararla con la de “mujeres pobres que tienen verdaderos problemas” o cuestionar la forma en que las jóvenes redactaron su petitorio, insinuando ignorancia, como hicieron algunos opinólogos, muchos autoproclamados librepensadores.

Los ejemplos no se quedan en la marcha de las estudiantes. El periodista Gonzalo Feito se hizo célebre mundialmente al preguntarle a Javier Bardem qué sentía al ser el único hombre que disfrutaba trabajar con su mujer (lo que nos remite a un humor machista tan básico que tal vez no cabe en la categoría de micro). El Ministerio del Trabajo, por otra parte, dio que hablar cuando se filtró la invitación que hizo a sus empleadas por el Día de la Madre. La misiva decía así: Cómo ser diva y no morir en el intento, una “entretenida charla” dictada por una diseñadora de modas y asesora de imagen. Desde el Gobierno hay tanto material que podríamos escribir una columna solo con sus micromachismos, como la performance del ministro de Salud, que cuando fue interpelado en el Congreso optó por llamar “diputado” a la diputada Marcela Hernando, o las palabras del ministro de Educación, que se refirió a las experiencias de abuso sexual vividas por estudiantes como “pequeñas humillaciones”.

Así están las cosas. La marcha más numerosa desde el año 2011 la hicieron las mujeres. Los acosadores van cayendo, las víctimas alzan la voz y los hombres, natural, tienen miedo. Muchos reaccionan sacando lo peor de sí, otros, más conscientes, critican la forma porque saben que la causa es justa, solo que les incomoda demasiado. Ojo: las revoluciones nunca han sido cómodas. Y vamos a seguir incomodando, porque estamos cansadas de ser ciudadanos de segunda, de las etiquetas, del abuso, de la violencia. Si aún queda alguien que dude de esta realidad profundamente desigual, que vea la película. Y me cuenta.