Vida Sana

Tribus de madres: Criemos juntas

Nuestras antecesoras lo hicieron durante décadas, pero por diferentes razones nos fuimos encerrando y sin darnos cuenta las mujeres empezamos a vivir la maternidad a solas. Grave error, porque la crianza de un recién nacido es un momento de alta exigencia para las madres, que se alivia bastante si se vive acompañada.

  • Patricia Morales

Compartir vía email

Lo decía Aristóteles antes de la era común: “El hombre es un ser social por naturaleza (…) el que no necesita nada para su propia suficiencia no es miembro de la sociedad, sino una bestia o un dios”. Necesitamos de otros para sobrevivir, desde que nacemos y en las distintas etapas de la vida, y la crianza obviamente no es la excepción.
Así lo hicieron por décadas nuestras antecesoras, las mujeres más viejas transmitían a las primerizas sus experiencias, brindando apoyo y sostén. En la historia de la humanidad las madres nunca criaron solas a sus hijos, esa es una costumbre que se instaló con la incorporación de la mujer en el mercado laboral en la primera mitad del siglo XX, y que con el paso del tiempo comenzó a normalizarse e incluso exacerbarse. “El grave problema de la maternidad hoy en día, en esta sociedad en particular, es la soledad en que se lleva a cabo. Las redes de apoyo como hermanas, amigas, madres, e incluso la pareja, están trabajando, lo que significa que la mujer puérpera se aísla con su recién nacido. Esa soledad es enemiga de la maternidad, le hace mucho daño. Criar a solas implica que la crianza es coja”, dice la psicóloga clínica Leslie Power.
En este contexto, salir al encuentro de otras mamás, escuchar sus experiencias o simplemente compartir con mujeres que están transitando las mismas vivencias, que pueden compartir sus alegrías, pero también sus dudas, temores y tristezas, brinda un marco de sostén emocional importante.

Circulo vicioso
Ya sabemos que el recién nacido no es capaz de satisfacer sus necesidades solo. Y no se trata únicamente de sus necesidades fisiológicas básicas como comer y estar calentito, sino también de sus emociones, pero ¿qué ocurre con la madre? “Diversas investigaciones han demostrado que el ser humano nunca, incluso en la etapa adulta, logra regular sus emociones sin el apoyo de alguien, una figura de apego central importante, que es quien puede ayudarlos a regular el estrés”, explica Leslie. Quien además hace la siguiente pregunta: “En el caso de una mujer recién parida, con todos los cambios neuroquímicos que se producen después de un parto, que está satisfaciendo las necesidades de un recién nacido que demanda 24 horas… ¿quién se preocupa de satisfacer las necesidades de esa madre?”. Muchas veces la respuesta es nadie.
El periodo posparto y puerperio es un momento de alta exigencia para las mamás, papás o quienes estén al cuidado del recién nacido. Claudia Zamora, psicóloga de Chile Crece Contigo (que es parte del Sistema de Protección Social administrado, coordinado, supervisado y evaluado por el Ministerio de Desarrollo Social), cuenta que “todos los días nos escriben mamás que nos confiesan que no hablan con ningún adulto durante el día, que se sienten aisladas (particularmente en el período invernal o si la guagua tiene alguna necesidad especial de cuidado); que a veces la familia más que ayudar las hace sentir peor, que el papá u otros adultos no necesariamente se dan cuenta de todo lo que implica cuidar niños pequeños, que suelen escuchar comentarios del tipo ‘no sé de qué te quejas si no haces nada en todo el día’ y que no tienen otro espacio para poder hablar de esto que no sea nuestra página web o nuestro Facebook”.
Lo más grave de esta situación es que una madre insatisfecha no puede, a su vez, satisfacer las necesidades del recién nacido, y se crea un círculo vicioso que trae grandes perjuicios para ambos. “El cerebro de los niños crece en función de la conexión que existe entre ellos y su cuidador principal, que por lo general es la madre. Existe en ellos un tipo de neuronas que se conocen como ‘neuronas espejo’, que copian la información de esta persona y, por ende, si una madre se encuentra sola o angustiada, o incluso con una depresión posparto, lo que ocurre es que los niños sienten esa misma sensación de angustia y soledad”, explica la médico y máster en neurociencia Claudia Lara. Y agrega: “Cuando la madre no responde a la demanda de un bebé la sensación que él tiene es como si ella hubiese muerto. Se ‘prende’ un área del cerebro que es la misma que reacciona si por ejemplo le cortaran una pierna o un brazo, que es el área del pánico y que solo se calma con morfina u oxitocina, la hormona que se produce en el contacto madre-hijo desde el momento del parto. Cuando la guagua mira a la madre y esta sonríe se genera un circuito neuro-hormonal que hace que este cerebro calme la ansiedad y siga creciendo correctamente, sin trastornos en el neuro-desarrollo”.

Se necesita una tribu para cuidar un niño
En muchas civilizaciones se destaca el rol de la ‘tribu’ que acompaña a la familia en el período de crianza. “El rol esencial de un buen acompañamiento es cuidar a quien cuida. Eso significa contar con otros adultos que puedan atender las necesidades de la madre para que tenga la energía y disponibilidad emocional necesaria para dedicarla a su guagua y construir una rutina de cuidado sensible a sus necesidades”, explica la profesional de Chile Crece Contigo. Quien además recalca que “es importante que estos espacios sean libres de juicios o verdades únicas respecto a la experiencia de crianza. A veces vemos mucha competencia por quien cría mejor, quién amamantó más tiempo, qué niño dejó los pañales primero, etc. Eso no ayuda en nada y puede ser incluso peor. Lo que sirve es vincularse desde la propia experiencia, asumiendo que estamos todos en la misma y que a todos se nos hace difícil en algún momento la tarea de criar”.
Cuando se generan estas instancias lo que les ocurre a las madres es que bajan sus niveles de cortisol. “Esta hormona, conocida como ‘la del estrés’, es muy tóxica y daña las conexiones neuronales, especialmente aquellas que tienen que ver con el autocontrol. Al sentirse acogidas por otras mujeres esta hormona disminuye y, por el efecto ‘espejo’ que comentamos anteriormente, los niños también la disminuyen”, explica la máster en neurociencia Claudia Lara.
Estar acompañada de otras personas que también están criando permite no solo sentirse apoyada en el día a día, sino también tener un espacio donde compartir las dudas, temores, alegrías y tristezas de la crianza cotidiana.

Las tribus modernas
Hace un par de años el diario argentino Clarín publicó una columna de la sicóloga clínica Ivana Raschkovan titulada: “Crianza: el boom de las tribus de madres”, en ella hablaba de una nueva tendencia, mujeres que se reúnen con otras y sus bebés para apoyarse en esta etapa. En Chile, si bien aún es prematuro hablar de una tendencia, existen instancias públicas y privadas de apoyo en este proceso. “En Chile Crece Contigo contamos con diferentes estrategias. Una de ellas son los talleres de competencias parentales ‘Nadie es perfecto’. A través de una metodología grupal con facilitadores especialmente entrenados para ello, se realiza un proceso de aprendizaje mutuo, de compartir experiencias, de encontrar una ‘tribu’ con la cual poder afrontar de mejor manera los desafíos de la crianza cotidiana. Lo otro son los Espacios Públicos Infantiles (HEPI Crianza), que surgen de la constatación de que en muchas comunas del país no existen espacios comunitarios adecuados donde poder acudir con tu hijo o hija a compartir con otras familias. Estos espacios están especialmente diseñados para disponer de un ambiente acogedor, de juego, descanso y encuentro. No hay actividades obligatorias ni rutinas rígidas, sino que el rol de los profesionales es motivarlos a aprovechar estas instancia según lo que necesiten o deseen (jugar, conversar, conocerse, preguntar, etc.)”, cuenta Claudia Zamora.
Asimismo, existen espacios privados, círculos de mujeres que se reúnen de manera íntima a compartir y comentar sus experiencias. Leslie Power, que lleva varios años moderando estos círculos, cuenta que “nos sentamos todas en un mismo lugar equidistante a un centro, ninguna es mejor o peor que la otra, por lo tanto no se juzga, se guardan secretos, la que quiere habla y la que no, no. Básicamente se trata de recuperar el saber y el poder de las mujeres con conocimientos verídicos y científicos”.
Hay un gesto de valentía y generosidad en aquellas madres que son capaces de decir que no se la pueden solas, y es importante que en ese momento encuentren la contención y las respuestas para seguir adelante. Proteger, contener y apoyar a una madre es proteger y potenciar a los niños.