La Comensala

Ambrosía Bistró

Me gustó mucho que la carta ofrezca porción normal y porción degustación, más pequeña por si uno quiere probar más platos.

  • Pilar Hurtado

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Abrieron a mediados del año pasado, pero todavía no había visitado este restaurante en Providencia, que se ha llevado los aplausos de todos los colegas. Temiendo no encontrar mesa un viernes, llegué bien temprano a la hora de almuerzo, antes de la una. Aún no llegaba ningún cliente, pero estaba todo el equipo trabajando en este espacio pequeño, cocina a la vista, mesas de mármol y un mural colorido que se refleja en el espejo del fondo. Frente a la cocina hay una barra donde uno también se puede sentar.

Carolina Bazán, la chef, se acercó a saludar y a explicarme cada uno de los platos de la carta, detalle que agradecí para poder pedir con más información. Me gustó mucho que la carta ofrezca porción normal y porción degustación, más pequeña por si uno quiere probar más platos. Invité a mi marido, quien se demoró en llegar, así que pedí mientras tanto una botella de rosé de mourvedre de Erasmo, fría y con su respectiva cubeta.

Poco a poco comenzaron a llegar los comensales y decidí pedir las entradas para que estuvieran listas cuando mi invitado apareciera. Juntos llegaron los platos y mi marido. Agua de tomates (media porción), con los últimos de la temporada, me explicó la chef, transparente y con sabor concentrado a tomate, servida con salmón ahumado ahí mismo y unas tajaditas de frutillas, finísimo y rico. Erizos (media porción), estos servidos sobre puré de pallares y con escamas de algas, lenguas de buen tamaño y en una preparación novedosa que tendía, según mi invitado, a dulcificar y suavizar el erizo. Compartimos un tártaro de filete (tamaño normal), servido con chips de papas y aliñado con mantequilla negra, que es una de mis debilidades; estaba delicioso y nos encantó.

Como fondos, estupendamente bien atendidos, probamos medias porciones de vieja con tres purés (berenjena quemada, asada y plátano) y castañas de cajú, sabores originales para un pescado a punto. También probamos la ternera, de la que mi marido dio cuenta. Como postre, compartimos una tarta de chocolate con caramelo delgadito, si bien la masa base no era tan delgada, no estaba dura y no era un ruido para disfrutarla. Pasan cosas cuando uno come en forma sublime, como que se alegrara el alma (al menos a mí). Y si la experiencia es así de grata, uno paga feliz la cuenta.

Consumo: todo lo descrito, $69.000.

Nota: 7.0