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El gimnasio del futuro

Romper algo para reconstruir encima es tan saludable. Cada cierto tiempo habría que echar abajo unos cuantos muros, disparar a algunos fantasmas. Dicen que si eres rabioso debes comprarte un ‘punching ball’. Que así botas esa energía reprimida.

  • Carolina Pulido

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Todo partió con el mapa de los deseos. Como creo en las energías y ese tipo de cosas, una de mis prácticas sagradas desde hace unos 10 años es la creación, en marzo, de un collage manual en el que manifiesto mis intenciones y deseos para el año que comienza. Un acto psicomágico que se fue transformando en una necesidad y que además se fue poniendo más y más ambicioso artísticamente.

Un día me di cuenta de que me fascinaba el ejercicio. Y decidí lanzarme con mi propio collage en tema libre que, seamos honestos, quedó feo, pero amé el proceso y me sentí orgullosa del resultado. El segundo fue un regalo para mi pareja que resultó tan bello que hoy cuelga de un muro en el living de mi casa. Y luego de eso no paré. De ahí la obsesión por recolectar revistas viejas, papeles, folletos, pósters, postales, hilos. Mejorar mis herramientas de trabajo, organizar el entorno y seguir.

De eso hace dos años. Nunca me detuve y nunca he sido más perseverante en una actividad en toda mi vida. En realidad, sentarme frente al papel y las tijeras no requiere esfuerzo porque una fuerza interna antes desconocida me lleva a desearlo muchísimo. Una prueba de que muchas veces el problema no es encontrar el tiempo o el lugar o la energía para hacer algo, sino las ganas.

Abrí mi cuenta de collagista en Instagram y descubrí la maravilla del hashtag y sus posibilidades a la hora de conectar con una comunidad. Resultó que en el mundo hay cientos de collagistas exhibiendo los trabajos más creativos en esa red social, y están todos enlazados. Y se reúnen en colectivos, exhibiciones, festivales, concursos, todo en torno al viejo arte de recolectar, cortar y pegar.

Hace unos días, cuando ya no me quedan paredes disponibles para colgar cuadros en mi casa, decidí inscribirme para un concurso internacional de collage. Tengo que crear una obra y enviar una imagen por mail junto a mi biografía y mi ‘statement’ artístico. Me sonrojo de solo teclear aquello. Sobre lo primero, bueno, no hay mucho que decir: negada para el dibujo o bien castrada por educadores miopes, promedio insuficiente en técnicas manuales, escasos estudios informales salvo un taller de collage el último año y una inquietud creciente por expresarme a través de lo visual surgida con la llegada de mi hija, hace 9 años. Eso y dos años de autodidactismo en lo que los cubistas llamaron hace un siglo ‘pappier collé’.

Lo segundo, confieso: el pudor ante la idea de elaborar un manifiesto de artista me superó. Lo dejé reposar unos días. Comencé a preguntarme de dónde nacía todo esto. Por qué el arte se hizo parte de mí así de repente, por qué el collage. La respuesta obvia es que es la única forma artística que tengo disponible dado mi analfabetismo estético.

Pero luego están el inconsciente y la elección de imágenes, la fragmentación, la disposición de los fragmentos creando una nueva realidad. Romper algo para reconstruir encima es tan saludable. Cada cierto tiempo habría que echar abajo unos cuantos muros, disparar a algunos fantasmas. Dicen que si eres rabioso debes comprarte un ‘punching ball’. Que así botas esa energía reprimida. Pero yo creo que es el acto de pegar lo que te libera, así como el acto de cortar y reorganizar te da paz.

Un conspicuo collagista español decía en una entrevista que en esta era saturada de imágenes, este tipo de arte satisface nuestra voracidad estética pero de una forma ordenada y convierte nuestra ansiedad por consumir en algo menos doloroso. Puede ser, aunque creo que es el arte lo que transforma. Ese ejercicio de dejar salir, de expresar lo que no emerge por otras vías. No dejo de pensar en una idea que escribió un ‘amigo’ collagista que sigo en Instagram: “El arte será el gimnasio del futuro”. Nos van a recetar arte como antes aire fresco y hoy actividad física.