Columnas

Dos mujeres fantásticas

Era difícil entender que hacían dos mujeres tan poco agraciadas en un disco-bar de moda, donde todos habían llegado en grupo, eran bellos y rezumaban juventud.

  • Carla Guelfenbein

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Esto no es ficción, lo prometo solemnemente. Dos mujeres solas se bajan de un Peugeot azul en las puertas de un disco-bar. Antes de entrar se miran una a la otra y, con paso vacilante, entran. Una de ellas usa anteojos poto de botella, lleva un traje de dos piezas a cuadrillé café que compró en una tienda de segunda mano, y un par de zapatos negros sin taco, que le dan una apariencia que fluctúa entre carcelera, profesora de colegio de monjas de los años cincuenta o alguien recién escapada del manicomio.

Su compañera, a tono, lleva un chaleco de esos que alguna gente usa para dormir, con los puntos corridos y pelotones, una falda hasta los tobillos varias tallas más grande, amarrada a la cintura con un cordel, calcetines chilotes con un par de hoyos y sandalias. Mientras la primera lleva el pelo recogido en la nuca con una media, la segunda tiene el pelo tieso como si llevara una peluca de Halloween. La primera es mi amiga Magdalena, y la segunda soy yo.

Magdalena es una mujer alta, de pelo negro brillante y largo, delgadísima, y siempre fue considerada una belleza. Incluso en una encuesta de la revista Paula, hace algunos años, fue elegida como una de las mujeres más sexis de Chile. Bueno, y a mí me conocen, nada especial, pero tampoco un adefesio. Pero así éramos simplemente las mujeres más feas del mundo. Pedimos una mesa. Las miradas se dejaron caer sobre nosotras.

Una mezcla entre compasión y repugnancia. Era difícil entender qué hacían dos mujeres tan poco agraciadas en un disco-bar de moda, donde todos habían llegado en grupo, eran bellos y rezumaban juventud. Magdalena pidió una cerveza, yo una coca cola, y nos quedamos sentadas como si nada. Hasta que empezó el show. Una chica cantó un par de canciones, otro tipo se subió al estrado y contó un par de anécdotas que hicieron que todos se desternillaran de la risa, y luego vino la competencia.

El desafío consistía en tomar la mayor cantidad de cerveza en el menor tiempo posible. Un grandulón de mechas rubias y zapatos de vaquero subió al estrado. Aplausos, vítores. Fue entonces que Magdalena, sin decirme una palabra, se levantó de su silla y se subió al estrado dando trompicones porque con los poto de botella apenas veía. Silencio. El presentador, desconcertado, le preguntó su nombre y comenzó la competencia.

Para hacerlo corto, y aunque parezca inverosímil, Magdalena ganó. Siguió tomando mientras el grandulón, con expresión descompuesta, la observaba. Silencio otra vez. Me puse a aplaudir, y como nadie me seguía, me subí arriba de la mesa y aplaudí más fuerte. Poco a poco comenzaron a oírse los aplausos, hasta que inundaron el lugar. He de confesar que por muy jocosa que fuera la situación, estaba a punto de largarme a llorar.

Fue entonces que Magdalena cogió el micrófono y comenzó a hablar. No recuerdo exactamente sus palabras, pero lo que dijo, en suma, es que los feos como nosotras también nos merecíamos un lugar en el mundo, que también podíamos pasarlo bien, que también podíamos ganar una competencia a quien fuera y en lo que fuera. Los aplausos se hicieron aun más fuertes, y alguien comenzó a gritar, “vivan los feos”, y otros los siguieron. Magdalena se bajó del estrado y se sentó juntó a mí. Se tomó el último sorbo de su cerveza y dijo: “Hora de irnos”.

Nos levantamos y, en medio de las miradas atónitas de los comensales, atravesamos la puerta. Un grupo de chicos nos siguió hasta el auto. Eran tres o cuatro, no recuerdo, pero querían nuestros teléfonos. Según ellos nunca, nunca habían conocido un par de mujeres tan fantásticas como nosotras. Y estaban en lo cierto. Fuimos y somos fantásticas. Como todas las mujeres que se atreven.