Entrevistas

Givenchy, el último de los grandes

Si su nombre está particularmente asociado con el de Audrey Hepburn, a quien vistió durante más de treinta años, Hubert de Givenchy tuvo también como clientas a mujeres tan icónicas como Jackie Kennedy, Grace de Mónaco o la duquesa de Windsor. Entrevistamos a este mítico modisto, de 87 años, último representante de la época de oro de la alta costura parisina, a quien el museo Thyssen de Madrid brinda homenaje con una gran exposición

  • Florencia Sañudo, desde París

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Fotos Luc Castel con la colaboración de Phillippe Caron

Cuando un jovencísimo Hubert James Marcel conde Taffin de Givenchy le anunció a su madre su decisión de hacer carrera en la moda, ella fue clara: “Si has elegido esta profesión, espero que la hagas bien y no te quejes nunca”. Por cierto, no era lo que esperaba su familia tradicional y aristocrática, que había trazado para él un futuro de abogado. Sin embargo, ser modisto era su destino. De pequeño se enfrascaba en la lectura de las revistas de moda que circulaban abundantemente a su alrededor (su madre era muy elegante y sus seis primas cosían su propia ropa), pero, curiosamente, solo un creador llamaba su atención: Cristóbal Balenciaga. Fue él quien sería su motivación y, más adelante, su maestro y amigo. Hoy es el país de Balenciaga que le ofrece un espléndido homenaje: una exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza, la primera que la institución dedica a un creador de moda.

¿Cómo nació esta idea? Yo estaba muy decepcionado porque un proyecto previo también en Madrid, para el que había trabajado durante muchos meses, se había frustrado. Fue entonces que, providencialmente, me contactaron del museo Thyssen y me propusieron hacerla allí. Presentamos ciento treinta modelos que provienen de los archivos Givenchy, de museos como el Metropolitan de Nueva York, y también de clientas. Estoy seguro de que será muy bonita y diferente.

Hubert de Givenchy en su taller.
Hubert de Givenchy en su taller.

¿En qué será diferente a otras exposiciones de moda? Aprovechando el marco magnífico del museo y su riquísima colección me propusieron hacer una asociación entre mis vestidos y sus cuadros. Así que mis vestidos se lucirán junto a obras de Rosko, Miró o de pintores renacentistas. Mi idea es que sea una exposición estimulante, con colores brillantes, y que dé a los visitantes la posibilidad de ver de cerca bellas telas como ya no existen, algunos vestidos célebres –como el de Audrey en Desayuno con Diamantes– y transmitirles la idea de que la alta costura es algo maravilloso.

Después de la guerra, con apenas 17 años, el joven Givenchy necesitaba ganarse la vida. Tras un frustrado intento de mostrar sus bocetos a Balenciaga, que no lo recibió, probó suerte con Jacques Fath, “el modisto del que todo el mundo hablaba”, quien rápidamente lo contrató

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Usted siempre fue un apasionado de su profesión… Yo me levantaba a las 6 de la mañana, a las 7 estaba en la maison , a las 8 llegaba mi secretaria y a las 9 las modelos debían estar listas para las pruebas. Cada día agradecía a Dios haberme permitido trabajar en esta profesión que adoraba. Todo me gustaba. Comenzando por las telas que siempre me fascinaron, especialmente la seda, una materia extraordinaria. Cuando llegaban las piezas de los fabricantes de seda, recuerdo con emoción ese olor muy especial y la sensación de tirar de esos rollos y empezar a cortar… era como una explosión de colores, de una belleza inexplicable. Todo me daba placer: las pruebas, primero sobre maniquíes, luego con modelos y finalmente sobre las clientas, algunas de ellas personas fascinantes, muchas de las cuales devinieron en mis amigas.

Después de la guerra, con apenas 17 años, el joven Givenchy necesitaba ganarse la vida. Tras un frustrado intento de mostrar sus bocetos a Balenciaga, que no lo recibió, probó suerte con Jacques Fath, “el modisto del que todo el mundo hablaba”, quien rápidamente lo contrató. Su trabajo allí consistía en dibujar los modelos ya terminados a los que adosaba las muestras de telas. Luego colaboró un año para Robert Piguet, un modisto muy clásico que vestía a toda la corte de Egipto, y unos meses en Lucien Lelong, donde aprendió sastrería. De allí pasó a la maison de Elsa Schiaparelli, personaje muy original, junto a quien afirma haber descubierto “el sentido del chic”. Para ella diseñó muchas faldas con telas extravagantes que combinaba con camisas blancas. Pero a pesar de que Christian Dior lo quería como asistente, la idea de lanzarse solo comenzó a germinar en él.

Y en 1952 abrió su propia casa y el éxito fue inmediato… Pero primero tuve que encontrar financistas. Los amigos que habían prometido ayudarme cuando tomara la decisión desaparecieron como por encanto. Me encontré con muy pocos medios para comenzar, por eso que decidí abrirla en verano y hacer todo en algodón, porque era la tela menos cara. Propuse la fórmula de los separates. En aquella época era muy avanzado que una mujer pudiera armar su colección ella misma, coordinar una chaqueta de su guardarropa con una falda diferente, por ejemplo. La idea encantó sobre todo en los Estados Unidos, que siempre estaban más a la vanguardia. También hice algo inusual para entonces: le pedí a Bettina Graziani, que era una famosa modelo de la época, que se ocupara de la prensa, pues ella conocía a todo el mundo. Luego empecé a hacer verdaderas colecciones de alta costura y tuve varios golpes increíbles de suerte. El primero, Jackie Kennedy, que no era entonces primera dama, quien comenzó a vestirse en mi casa. Ya primera dama, continuó haciéndolo y fue una enorme publicidad para mí. Luego llegó Audrey…

Vestido de noche tubo en satén negro, creado para Audrey Hepburn para la película Desayuno con Diamantes, de 1961.
Vestido de noche tubo en satén negro, creado para Audrey Hepburn para la película Desayuno con
Diamantes, de 1961.

Fue en 1953. Exacto. Mi historia con Audrey fue muy bonita. Cuando me anunciaron que miss Hepburn quería verme creí que se trataba de Katherine. ¡Me decepcionó que no fuera ella! Audrey quería que le diseñara el vestuario para el filme Sabrina, pero yo no podía. Entonces solo tenía ocho costureras. Le propuse entonces que probara la ropa que estaba haciendo para la colección. Todo le quedaba como un guante. Irónicamente, mi nombre no se mencionó en los créditos de la película y Edith Head, vestuarista de la Paramount, ganó el Oscar al mejor vestuario. Audrey estaba muy contrariada y me dijo que a partir de entonces la vestiría en todas sus películas, cosa que fue así. Nuestra amistad fue como un love affaire. Viajaba con ella, asistí al nacimiento de sus niños, hice la ropa de bautismo de su hijo Sean. A veces me llamaba solo para decirme “te quiero”.

Hoy en día, Audrey es más que nunca un ícono y usted, en gran parte, su artífice. Ya era moderna antes de conocerme. Cuando se presentó en mi atelier estaba vestida con un pantalón pescador, alpargatas y un top que dejaba ver un poco el vientre, sabía perfectamente lo que le iba bien. A mis vestidos les agregaba un pequeño detalle personal que mejoraba todo. Ella decía que se sentía protegida por mi ropa, era adorable.

El diseñador con Audrey Hepburn.
El diseñador con Audrey Hepburn.

También vistió a la princesa Grace y a Lauren Bacall… La primera celebridad a quien vestí fue la actriz Jennifer Jones.Luego a Marlene Dietrich, Elizabeth Taylor, Lauren Bacall. La princesa Grace era muy reservada y tímida, pero encantadora y ¡tan bella! Hasta hice el primer vestido de la princesa Carolina para su fiesta de tres años.

¿Qué tenían todas ellas en común? ¡Por lo pronto los medios económicos! Pero sobre todo un sentido de la elegancia, como las americanas Mrs. Whitney, Mrs. Paley o Mrs. Mellon, que fue una clienta increíble, así como la condesa de Bismark, la condesa de Montesquieu, Gloria Guinness, Farah Diba, todas ellas eran mujeres de un gran refinamiento que enriquecieron mi vida. Yo viajaba con algunas de ellas, venían a mi casa de campo, visitábamos juntos exposiciones.

Para Audrey con amor

“To Audrey with love” reúne ciento cincuenta croquis inéditos de la mano de Hubert de Givenchy, acompañado de anotaciones, desde la famosa blusa Bettina de 1952 hasta el vestido de novia rosa de su última colección en 1995. “Audrey siempre está presente para mí, la siento a mi lado. Pensé que era el momento, antes de que fuera demasiado tarde, de enviarle un mensaje a ella que le gustaba tanto la moda. Fui muy feliz haciéndolo”, (Ed. Imagine)

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Balenciaga, el ídolo

¿Cómo conoció a Balenciaga? En 1953, un año después de abrir mi taller, me invitaron a llevar mi primera colección a Nueva York, y allí en un cóctel estaba Balenciaga. Mi sorpresa fue total. Me acerqué a él, estaba solo, sentado en un sofá, con sus gafas oscuras. En seguida me dijo unas palabras amables y comenzamos a charlar. Me habló de su vida, de su juventud en Getaria (España), de su padre. Allí nació nuestra amistad. Balenciaga, que para mí era la perfección, un hombre muy religioso que me hablaba como de un padre a un hijo.

Pero nunca llegó a trabajar con él. No, pero me enseñó muchísimo. Solamente con escucharle aprendí enormemente. Nunca hay que maltratar una tela, decía. Reprochaba a algunos modistos, que no mencionaré, que ponían demasiados artificios. Conocía el oficio profundamente, podía hacerlo todo él mismo y modernizó la moda más que ningún otro. Decía que la ropa debe seguir al cuerpo y no la inversa. Cuando Balenciaga cerró su maison, su casa marchaba formidablemente, pero era un sabio. Me decía “Hubert, la vida cambia, los tiempos cambian”. Antes de cerrarla hizo una cosa maravillosa, tomó de la mano a Bunny Mellon, su mejor clienta, cruzó la calle (nuestras casas estaban en la avenida George V, una frente a la otra) y le dijo: “Ahora es él quien debe vestirla”. Yo pensé que nunca vendría, pero lo hizo. Nunca habíamos tenido una clienta que encargara tantos vestidos al mismo tiempo. ¡Hasta le hacíamos la ropa que usaba cuando se ocupaba del jardín!

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“Siempre digo que una mujer con un pantalón o una falda, un pulóver bonito, un cinturón o un bello accesorio no necesita nada más para ser elegante. Allegra Agnelli, por ejemplo, es una mujer superchic y siempre está en pulóver y jeans, pero ¡qué allure!”.

Cuando se retiró, en 1968, Balenciaga no quería que su nombre continuara, pero usted, que participó activamente en la creación de la Fundación Balenciaga, hizo mucho por mantenerlo vivo. Nunca quiso un museo. Lo único que le importaba era que su trabajo fuera bello, verdadero y elegante. Éramos nosotros, sus admiradores, los que queríamos un museo para mostrar su genio y su talento. Entonces hablé con los ex reyes de España y ellos, que tienen una admiración sin límites por Balenciaga, nos apoyaron, pues eran conscientes de que era importante para la imagen de España.

La moda es parte de su vida, ¿qué sintió al dejar su propia casa en 1993? Un gran vacío, una gran tristeza. Yo había vendido mis perfumes y mi casa a un grupo que por esas cosas de las finanzas quedó en manos de Bernard Arnault. Yo tenía un contrato de siete años de los cuales había hecho dos. Fueron años muy difíciles, muchas veces me sentí humillado. Tenía una directora que me vigilaba de cerca y que venía a mi estudio, allí donde yo había sido el patrón, y me decía lo que tenía que hacer. Había días que yo lloraba. Por eso, aunque me ofrecieron quedarme, no quise. Era septiembre, tenía hasta fin de año, pero al día siguiente me anunciaron que debía vaciar mi estudio; después de haber tenido mi maison tantos, años tuve que vaciar rápidamente porque había que pintar. ¡Imagínese!

¿Cuál es el modisto actual que más le gusta? Armani. Hace una moda de géneros ligeros que corresponden a nuestra época. Perfecto para la mujer que trabaja, activa, nunca es vulgar. También me gusta Ralph Lauren. Ambos son modernos, no son complicados. Vuelvo a Balenciaga, que decía que “el verdadero chic es la discreción”.

¿Por qué diría usted que se caracteriza una mujer elegante? Su simplicidad. Siempre digo que una mujer con un pantalón o una falda, un pulóver bonito, un cinturón o un bello accesorio no necesita nada más para ser elegante. Allegra Agnelli, por ejemplo, es una mujer superchic y siempre está en pulóver y jeans, pero ¡qué allure! Carla Bruni Sarkozy fue una primera dama muy elegante, sobria, bien peinada.

Para terminar, ¿podemos esperar una exposición en París, su ciudad? No lo sé… Después de este homenaje, en un país que amo, el país de un hombre a quien yo tanto admiré, me doy por satisfecho.