Columnas

El secreto mejor guardado de los chilenos

En febrero, cuando nos cruzamos en la calle, nos sonreímos. Se acabaron los insultos, los bocinazos, las bravuconearías.

  • Carla Guelfenbein

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Hacía mucho tiempo que no tenía la oportunidad de pasar los meses de enero y febrero en Santiago. Este año, dado que mi próxima novela saldrá publicada durante las primeras semanas de abril, tuve que quedarme aquí trabajando en los últimos detalles de edición y lanzamiento.

Cada ciudad tiene sus meses de gloria. Quienes han estado en Londres, por ejemplo, saben que en mayo sus parques se visten de colores otoñales, que en enero a veces se tiene la impresión de estar dentro de una novela de Dickens, y que en agosto, en ese tacaño verano londinense, sus habitantes sufren una transformación tan asombrosa que casi no parecen ingleses. Algo similar ocurre en nuestra ciudad en los meses de verano.

Durante los primeros días de enero el síntoma de cambio más perceptible es el cese de la histeria navideña. No más shopping, ni comidas de fin de año, ni esa interminable lista de cumpleañeros (como si todas las parejas de este confín del mundo nos hubiésemos puesto de acuerdo para concebir al mismo tiempo) necesitados de su cuota de protagonismo.

Enero da fin a todo aquello y da paso a una cartelera cultural amplia, Teatro a Mil, Cine Bajo las Estrellas, exposiciones, y un montón de amigos dispuestos a compartir contigo la liberación del maldito diciembre que nos cae año a año implacable sobre la cabeza. Y mientras el mes avanza, la ciudad va experimentando nuevas metamorfosis.

Las calles poco a poco están menos atestadas, las colas de los supermercados dejan de ser eternas y una brisa veraniega, proveniente del mar y las montañas, comienza a soplar en los cielos santiaguinos. Los días laborales ya no son interminables, porque estamos todos dispuestos a aceptar la invitación a una ‘champañita’ al final de la tarde, no importa que sea martes, o incluso lunes. En enero comienzan muchos amores y también se estrenan y afianzan amistades.

Pero el verdadero cambio se produce cuando llega la primera semana de febrero. Dudé mucho si escribir esta columna, y compartir lo que he descubierto, porque febrero en Santiago tal vez es uno de los secretos mejor guardados de los chilenos. La metamorfosis es total. Exenta de tráfico y tacos, las distancias se acortan. La ciudad, antes atestada y amenazante como una jungla, se vuelve un manejable barrio de provincia.

Ya no necesitas tomarte la tarde para ir a saludar a la tía abuela de tu mejor amiga (para quienes suelen hacer esas cosas) ni tampoco organizar tu agenda como si fuera un puzzle de domingo para lograr el mismo día ir al dentista y asistir a una reunión. El tiempo se distiende, la geografía se vuelve amable y todo se hace posible. La ciudad, antes insoportable por su ruido, su tráfico, sus tacos y su aire contaminado, ahora es limpia y accesible.

Pero no es solo la geografía la que muta, también los habitantes que quedamos. Somos pocos. Y cuando nos cruzamos en la calle, nos sonreímos. Se acabaron los insultos, los bocinazos, las bravuconearías. No sabemos si el otro está aquí porque no tiene dinero para vacaciones, porque no se las dieron o porque ha descubierto el secreto, y ha optado por tomárselas en otra época.

Estamos aquí y somos cohabitantes de esta ciudad que muy pocos santiaguinos conocen. Una ciudad que en su esencia se vuelca a la verdadera modernidad. Es probable que si todos la conociéramos en este estado iluminado, la ahogaríamos. Así que si el próximo año decide quedarse, es bajo la estricta condición de ser amable, comportarse como el buen ciudadano que es y estar dispuesto a dejar en casa su añejo traje de lobo feroz.