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Educación sexual

A la hora de hablar de sexo con nuestros niños tendemos a concentrarnos en la información biológica, aparatos reproductivos, sexo seguro, etc… Pero lo cierto es que podemos hacer mucho más que eso.

  • Carla Guelfenbein

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El acoso sexual ha estado en los medios de todo el mundo el último tiempo. Como forma de sumarnos a esta polémica me gustaría abordarla por otro lado. Por las maneras en que nosotras como mujeres y madres podemos cambiar la forma en que nuestros hijos entienden y experimentan la sexualidad y la sensualidad. Disociarlas en sus mentes y en sus sentidos de las connotaciones negativas y conectarlas con el placer.

Cada uno de esos hombres que es acusado de abuso fue antes un niño, así como cada una de sus víctimas fue una niña. Es evidente que algo en el camino se torció. Y es claro también que es desde allí donde las cosas pueden empezar a cambiar.

De niña, mi desarrollo no fue demasiado temprano en relación a otras chicas, pero tenía un cuerpo que sin ser voluptuoso generaba gran entusiasmo de parte del universo masculino. Cuando me di cuenta de esto comencé a detestarlo. A detestar lo que generaba en los otros. Sentía que mi cuerpo y yo no éramos lo mismo. Yo era mucho mejor que él. Más verdadera, más profunda.

Al poco andar comencé a usar unos suéteres gigantescos que me ocultaban, y que me acompañaron hasta bien avanzada la adolescencia. Ahora, mirando hacia atrás, lamento haberme detestado así. Si alguien me hubiese ayudado a tener una relación más amable con mi cuerpo, tal vez las cosas hubiesen sido diferentes.

Antes del lenguaje lo que tenemos son las sensaciones. Estas son la base de nuestra conexión con el mundo. El aire, la luz en nuestros ojos, la caricia, el abrazo, el contacto con el pecho de nuestra madre. Todo esto constituye nuestra primera experiencia del amor. Pero poco a poco esta conexión se va perdiendo. Está la constitución natural del yo, por supuesto, pero el problema es que nuestra disociación no se detiene ahí. Se prolonga, se expande, y los padres no ayudamos a detenerla.

A la hora de hablar de sexo con nuestros niños tendemos a concentrarnos en la información biológica, aparatos reproductivos, sexo seguro, etc… Pero lo cierto es que podemos hacer mucho más que eso.

Podemos evitar que esa sensación de unidad se rompa, podemos enseñarles a nuestros hijos a atesorar las sensaciones de placer, podemos enseñarles a darles un nombre a sus emociones, a estar presentes en sus cuerpos, y sobre todo podemos enseñarles la diferencia entre el consentimiento y los límites. No es tan complicado como suena.

Cuando nuestros niños son pequeños estamos en constante contacto con ellos de esa forma primaria. Les damos de comer, los bañamos, los vestimos, les hacemos cosquillas, jugamos… Momentos que en lugar de volverse actos mecánicos pueden transformarse en oportunidades para guiarlos a conectarse con el placer.

Cuando cubrimos su cuerpo de jabón, cuando los envolvemos en una toalla y luego los abrazamos para sentir nuestro calor, estamos enseñándoles a esperar esa forma de contacto, de intimidad. Cada gesto de dulzura es un paso hacia el conocimiento de esa forma de relacionarse con su cuerpo y con el de los demás, así como cada gesto rudo y áspero es una enseñanza en la dirección opuesta.

Pero no es lo único que podemos hacer. Una parte fundamental de la disociación con nuestras sensaciones es nuestra incapacidad de nombrarlas. Recuerdo que cuando mis niños eran pequeños teníamos, entre otros tantos, dos juegos en los que había que decir lo que sentíamos.

En el primero nos apretábamos las orejitas unos a otros, y en el segundo nos rascábamos la espalda. No recuerdo quién lo inventó. Pero estoy segura de que ayudó a mis hijos a expresar sus sensaciones. Muchas veces nos preguntamos cómo podemos incidir en el mundo. Hay diversas formas, pero sin duda una de las más importantes empieza por casa.