Columnas

Incendio en L.A.

“Lo que me marcó fue que nadie, absolutamente nadie, se acercara a él (al vecino cuya casa se incendiaba) a decirle alguna palabra de aliento, a preguntarle cómo se sentía, qué podían hacer por él”.

  • Carla Guelfenbein

Compartir vía email

Hace algún tiempo, mientras pasaba una temporada en Los Angeles, EE.UU., tuve una experiencia que quisiera compartir con ustedes. Trabajaba en el escritorio de la casa donde me quedaba, cuando sentí unas extrañas explosiones. Me asusté y permanecí inmóvil, pero las explosiones continuaron. Salí a la calle y, no más pisar la acera, vi las llamas. La casa contigua a la de nuestros vecinos se quemaba.

Al cabo de unos minutos llegaron los bomberos. Los vecinos ya se habían apostado frente a la casa y, como yo, observaban anonadados cómo los bomberos luchaban contra unas llamas que amenazaban con consumirlos a ellos. De pronto uno de los bomberos entró a la casa, y al cabo de unos minutos salió junto a un hombre alto, de tez oscura, pelo cano, vestido con un buzo. Era el dueño de casa. Estaba en una casita que quedaba al fondo de su sitio, trabajando, y no se había percatado de lo que ocurría en su casa principal. Tenía una expresión que nunca voy a olvidar. De estupefacción, desconcierto, de dolor, pero sobre todo de derrota.

El bombero continuó su trabajo, y el hombre se quedó allí, de pie, sin moverse, mirando cómo su casa, su vida, se consumía. Era un barrio acomodado, de casas grandes, jardines abiertos y calles donde solo transitan autos de lujo, a excepción de los escasos mexicanos que van en unas camionetitas trasladando sus enseres de jardín.

Un barrio como los hay muchos en EE.UU. y que solemos ver en las películas. De hecho, muy cerca de allí se había filmado la serie “Desperate Housewives”. Pero tal vez aun más que la expresión del hombre, lo que me marcó fue que nadie, absolutamente nadie, se acercara a él a decirle alguna palabra de aliento, a preguntarle cómo se sentía, qué podían hacer por él. Los vecinos miraban la desgracia, pero nadie mostraba una gota de interés por él.

Me acerqué. Era lo que cualquiera persona normal hubiese hecho. Me contó que era arquitecto. Me dijo con voz desolada que construiría otra casa, aunque tuviera que hacerla con sus propias manos. Vivía en esa casa hacía 25 años junto a su esposa, ambos originarios de Israel. Sus hijos habían crecido allí. Le dije que cuando los bomberos terminaran podía quedarse en mi casa, tomar una taza de té y esperar ahí a que su señora llegara.

Fue entonces cuando un joven que llevaba una máquina fotográfica se nos acercó. Me preguntó si podía hablar conmigo un minuto. Nos hicimos a un lado y el chico me preguntó si me podía entrevistar para el diario local. “¿Por qué?”, le pregunté desconcertada. Era la persona menos apropiada. El resto de los vecinos había vivido allí por años y conocía mucho más al hombre que yo. “Por eso mismo”, me dijo. “Quisiera que usted me repitiera las palabras que le dijo”.

En suma, a la semana siguiente salió una nota en el periódico local con mi fotografía, en la cual hablaba de una vecina que le había ofrecido una taza de té a su vecino mientras su casa se consumía en llamas. El acto más extravagante de la semana.

Estoy segura de que usted está tan impresionado como lo estaba yo. Si cuento esta experiencia es para recordarnos a todos cuál es el Chile que hemos sido y que queremos que siga siendo. Estoy segura de que usted ha notado que cada vez es más común salir a la calle y tener experiencias desagradables, violentas, personas irritadas que arrojan sobre nosotros su agresividad, que hacen gestos obscenos y tocan la bocina en los tacos sin vuelta, que siguen su camino cuando alguien se cae.

Es hora de tomar conciencia de que una sociedad está hecha de sus partes. Y que nosotros somos esas partes. Es hora de detenernos si no queremos transformarnos en un frío e impersonal vecindario de Los Angeles.