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Reducir

El 90% de la basura domiciliaria es biodegradable o reciclable. Si uno parte por gestionar de manera responsable sus residuos, apenas necesita bolsas de basura.

  • Carolina Pulido

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Uno de los grandes legados del gobierno de Michelle Bachelet (que probablemente aún no es dimensionado en su magnitud) tiene que ver con el foco en la sustentabilidad ambiental. La mirada verde del Gobierno se ha expresado en varios frentes: en la meta de Chile de reducir en un 20% sus emisiones contaminantes al año 2020, en el compromiso de que un 45% de la generación eléctrica instalada de aquí al 2025 provenga de fuentes energéticas renovables no convencionales, en la promulgación de la ley del reciclaje -que espera elevar al 30% la cantidad de desechos que se reciclan en el país-, en el proyecto de ley que prohíbe bolsas plásticas en las 102 comunas costeras del país.

Alguien que no esté al tanto del sombrío pronóstico para el planeta, si seguimos consumiendo al ritmo y de la manera que lo hacemos, podría creer que este enfoque sustentable es pura pirotecnia. Pero hay datos duros que cada vez hacen más insostenible hacer vista gorda ante el escenario actual. Tomemos el tema del plástico, un material que no se biodegrada ni en un millón de años. Según cifras de la ONU, cada año se lanzan más de 8 millones de toneladas de plástico a los océanos, el equivalente a verter un camión de basura lleno de plásticos cada minuto. A este ritmo, en 2050 los océanos contendrán más de este material que peces. De ahí que varias comunas se hayan sumado a la eliminación de las bolsas plásticas en supermercados. O que haya campañas circulando para terminar con la costumbre de usar bombillas, uno de los artículos más contaminantes y que no pueden reciclarse ni reutilizarse.

El ministro de Medio Ambiente, Marcelo Mena, publicaba hace unas semanas su campaña #ChaoBolsasPlásticas en Twitter, invitando a la gente a tomar la iniciativa y comenzar a usar bolsas reutilizables. ¿Y dónde ponemos la basura entonces?, le pregunté al ministro, expresando una duda legítima que debe tener mucha gente al imaginar un futuro cercano en el que la compra de la semana se irá a casa en bolsas de género, como antes, lo que a su vez nos obligará -paradójicamente- a comprar más plástico para contener la basura.

Entonces entré en el mundo de la reducción. No solo el ministro sino varios tuiteros me hicieron ver una realidad que hasta entonces desconocía. Ocurre que el 90% de la basura domiciliaria es biodegradable o reciclable. Si uno parte por gestionar de manera responsable sus residuos, apenas necesita bolsas de basura.

Reducir, reutilizar y reciclar son las tres erres básicas del consumidor ecológico. Su orden se establece de mayor a menor importancia y, por tanto, la reducción del consumo de recursos es la mejor forma de cuidar el medioambiente y nuestro bolsillo. Los productos desechables o los que llevan un empaquetado excesivo son los primeros de la lista que deberían evitarse, y disminuir así su impacto. Hay que reducir el consumo de agua, energía y alimentos (un tercio de estos últimos termina en la basura), pero sobre todo hay que reducir el sobreconsumo. Y el consumismo.

Una vuelta a la austeridad de nuestros abuelos parece ser la mejor solución, como lo está haciendo Suecia, un país cuya política de reciclaje ha sido tan eficaz que el 99% de sus desechos son reutilizados, y desde el año pasado el Estado le está pagando a la gente para que arregle sus pertenencias en lugar de botarlas, pero estos serán compensados por los ingresos de un nuevo impuesto sobre los productos químicos nocivos de los electrodomésticos. Así que, por su alto precio, pronto serán pocos los suecos que quieran comprar un refrigerador nuevo sin antes tratar de arreglarlo. Más razones para volver a los orígenes.