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Conflicto

Aquello que nos hiere es una suerte de orificio por donde podemos entrar a buscar en los estratos más recónditos de nuestra personalidad, y entender mejor quiénes somos.

  • Carla Guelfenbein

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En los próximos días tengo que sostener una conversación difícil e importante con una amiga que quiero mucho. Una conversación que puede destruir o afianzar nuestra amistad. R es una persona que busca por principio ser siempre “sí misma”, honesta, y decir las cosas como son. El problema es que muchas veces esta franqueza adquiere ribetes de agresividad. Y es lo que ocurrió hace algunas semanas entre nosotras.

Siempre la agresividad me ha desarmado, me pone en una posición de total vulnerabilidad, porque me cuesta mucho contraatacar. Por eso, en general, tal vez de forma cobarde, he evitado los conflictos, he reculado. Cuando esto ocurre, el asunto no resuelto queda gravitando en mi conciencia y se produce una distancia. En ocasiones ha significado perder la amistad de personas que he querido.

No quiero perder la amistad de R. Ella es una de esas amigas que perciben mi estado de ánimo antes de que incluso yo abra la boca. Ha estado ahí para mí cuando de tanta angustia, sentada en un restaurante, un día me largué a llorar; cuando mis hijos se enfermaban, cuando todo lo veía negro. También para las alegrías más importantes. Yo también he estado para ella de esta forma. Esa es nuestra amistad. Y no quiero perderla.

Pero sé que si no la enfrento esta vez, si no le digo lo que pienso, ese silencio va a quedar ahí, como una pústula que irá enfermando todos los aspectos de nuestra amistad. Entonces decido hablar. Después de darle muchas vueltas, creo que hay algunas cosas que ahora tengo más claras. Tal vez lo primero es ponerme en sus zapatos. No debe ser fácil ir arrojando esa agresividad por el mundo.

No solo por el hecho de que muchos de sus cercanos la han abandonado, sino también porque vivir en ese estado de guerra, de reacción ante el mundo, de portadora y responsable de la verdad, debe ser muy pesado. Y triste. Porque esa rabia que proyecta al mundo primero tiene que sentirla. Está alojada en su ser, como un bicho maligno. Y sí, cuando me pongo en sus zapatos, en lugar de resentir su agresividad, me pregunto más bien, por qué está ahí, y lo miserable que debe sentirse al no poder controlarla.

Lo segundo que pensé, es que si enfrento nuestra conversación desde la agresividad, lo único que haré es entrar en su terreno, ese que ella domina, y en el cual se siente cómoda. De alguna forma, lo que estaré haciendo será validar esa manera de relacionarse con el mundo. Desde la rabia, desde la culpa. Y entraremos en una espiral de donde nos será difícil salir. Entonces, ya sé que al abordar el tema no debo hablar desde la rabia, sino desde otro lugar. Me ha hecho daño y estoy triste. Me ha hecho daño y me siento sola. Me ha hecho daño y tengo miedo de perderla. Mi tristeza es nuestra derrota.

Por último, me he preguntado también por qué esta situación me ha dolido tanto. ¿Qué detonó tanta angustia y capitulación en mí? Mirado desde afuera, nuestro conflicto puede incluso resultar insustancial, un pequeño bache en el camino que otra persona podría haber ignorado. Creo que tal vez, de todas las reflexiones que ha provocado esta situación, la más importante es justamente la que surge de este último punto. R tocó un punto álgido de mí misma, que no guarda relación directa con lo que ocurrió, sino que con algo más profundo.

Al final, aquello que nos hiere es una suerte de orificio por donde podemos entrar a buscar en los estratos más recónditos de nuestra personalidad, y entender mejor quiénes somos. El entendimiento es claridad, y la claridad ahuyenta el dolor. Al final, solo tengo agradecimiento hacia R por esta oportunidad que me ha dado, en medio del ajetreo de fin de año, de detenerme a pensar sobre nosotras y sobre mí misma.