Moda

Maniquí: la silueta muda de la moda

Mucho más humildes que los modelos de carne y hueso, los maniquíes comparten con ellos la responsabilidad de atraer las miradas, mostrar la ropa y, sobre todo, venderla. Indispensables en los talleres de moda, cuentan también la evolución de la silueta y del ideal de belleza según cada época. Un libro recientemente publicado describe en detalle su revolucionario aporte.

  • Florencia Sañudo

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La palabra maniquí proviene del neerlandés manneken, diminutivo de man, ‘hombre’, que se usaba para denominar los muñecos de madera que pintores y escultores utilizaban como modelos. Fue Charles Fréderic Worth, el modisto inglés instalado en París (1825 – 1895), quien, en 1858, decidió utilizarlos para trabajar los modelos para su clientela, y el nombre original, adaptado a mannequin en francés, llegaría al castellano como maniquí.

Ciertamente, la idea de vestir un muñeco o muñeca con ropa de moda viene de más lejos. Ya en el siglo XVII existía la idea de la muñeca vestida “a la manera del país”, como un regalo exquisito entre las clases pudientes que se enteraban de esta manera cómo era la moda en otros lugares.

Pero fue en la época del rey Luis XIV -fashionista y ‘clarividente’- que comenzaron a adquirir un verdadero valor mercantil. Ya entonces su ministro de Finanzas, Jean-Baptiste Colbert, decía: “La moda es para Francia lo que las minas de Perú son para España”.

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Galería exhibición de vestidos en la tienda Au Bon Marche, 1900.

Así, cada muñeca expedida al resto del mundo era una puerta más que se abría para vender las sedas de Lyon o los encajes de Calais. Todas las cortes podían adquirir los materiales venidos de Francia y copiar el estilo que dictaba Versalles. Por su parte, la pequeña nobleza y la alta burguesía observaban atentamente y a su vez seguían los dictámenes como podían. En esa época surgieron las primeras revistas de moda.

Pero la idea de un maniquí de vitrina era aún inconcebible, simplemente por el hecho de que las vitrinas no existían. Los sastres, modistas y vendedores de telas eran considerados simples proveedores y se desplazaban a las casas de sus ricos clientes, jamás a la inversa.

Fue recién a finales del siglo XVIII que aparecieron en algunas tiendas de lujo ventanas con cuadrados de cristal que permitían vislumbrar el interior. La nueva costumbre resultó imparable. De día permitía que entrara luz en el local, y de noche era el local que con sus luces iluminaba la calle. También marcó una diferencia entre aquellas modistas o sastres que cosían solamente a medida y los que tenían productos terminados para mostrar, como por ejemplo los sombrereros o fabricantes de corsés.

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En estos templos del consumo los vestidos estaban colocados sobre maniquíes (que consistían simplemente de un torso sobre una columna), lo que permitía a las clientas ver, tocar e imaginarse en ellos. Simultáneamente, el maniquí se hacía imprescindible en los talleres, desde los de pequeña confección hasta los de alta costura, como el del mencionado Charles Frederick Worth.

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Maniquí Stockman con cabeza de cera y brazo de madera articulado, ca. 1900. La cabeza está a la moda pero su constitución es más de s. XIX

La invención de este tipo de maniquí, que permitía reducir el número de pruebas con la clienta, se debe a Alexis Lavigne, también inventor de la huincha de medir flexible y fundador de una escuela de corte en París -ESMOD- que todavía existe. Lavigne también desarrolló un sistema de moldeado que permitía fijar la forma del cuerpo con yeso en diez minutos.

Premiado y honrado por el emperador Napoleón III, el sastre inventor fue nombrado al servicio de su esposa, la emperatriz Eugenia (1826-1920), de quien tomaría el molde y cuyas formas se convertirían en la matriz de la silueta ideal de la época: así, el talle muy corto, como el de Eugenia, era el must de toda una generación de elegantes.

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Maniquíes de yeso de los años 50.

Pero fue un alumno de Lavigne, Frédéric Stockman, quien fundó la más grande fábrica de maniquíes y quien estableció la estandarización de los talles. A fines de 1890 el pie en madera en forma de columna fue reemplazado por el de tres patas que sigue siendo la norma hasta hoy. El pedestal prácticamente no volvió a cambiar, pero la forma del cuerpo de la mujer sufrió numerosas revoluciones a través de las décadas, desde la cintura horrorosamente ceñida por el corsé a la pérdida de las caderas en los años 20, o el torso alargado y chato de los 60.

La competencia en la industria de la moda ya a fines del siglo XIX era ruda y había que imaginar constantemente propuestas para hacer entrar a la mujer que pasaba frente a la vidriera. El maniquí era en un arma más en la guerra consumista y fue así como aparecieron los nuevos modelos con brazos y piernas articulados y rostros en cera, expresivos y realistas. Paralelamente, surgió una nueva forma de maniquí, simplemente bustos y rostros, ideales para sombrereros, coiffeurs… y dentistas.

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La casa Imans dotó de piel mate a esta maniquí autómata hecha para una tienda en Barcelona,1905.

La búsqueda del realismo llevó incluso a desarrollar los autómatas, maniquíes con movimiento, con un mecanismo activado por un motor eléctrico. En 1900, la casa Imans, por ejemplo, propuso cinco variantes de bustos automatizados (uno que olía una flor, otro deshacía el corsé, otro se cubría con un echarpe, etc.).

Adaptables a los tiempos

Los maniquíes no eran impermeables a las tendencias. El art deco dejó su impronta en los años 20 y el surrealismo, en los 40. Los rostros eran serios durante la guerra, en la década de 1950 recuperaron la sonrisa y volvieron a perderla en los 60. Pronto surgieron nuevos materiales y maneras creativas de evocar la silueta femenina.

En 1956, la usina danesa Hindsgaul lanzó los primeros modelos en fibra de vidrio y resina de poliéster (posteriormente reemplazados a su vez por los de PVC o poliuretano) que todas las fábricas adoptaron. Más livianos y sobre todo más sólidos, los maniquíes de la nueva generación no necesitaban constantes reparaciones.

Dos consecuencias inesperadas: los múltiples talleres de arreglos debieron cerrar sus puertas, dejando sin trabajo a miles de especialistas y, a la vez, la larga vida de los nuevos maniquíes hizo el reemplazo de ejemplares menos imperativo, por lo tanto los fabricantes se vieron enfrentados a una baja en la demanda y muchos de ellos a la quiebra.

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Otro gran cambio vino del swinging London. La nueva moda de Biba, Mary Quant y Ossie Clark no pegaba con los maniquíes tradicionales. En cambio, los innovadores modelos de la firma británica Adel Rootstein evocaban la silueta y la actitud de Jean Shrimpton o Patty Boyd, it girls de la época.

Incluso Twiggy, la adolescente andrógina de 1,65 m que revolucionó el look de finales de los 60, posó para ellos y se convirtió también en el ícono de las vidrieras. Otras celebridades fueron fuente de inspiración para la creación de nuevos prototipos, entre ellas Cher, la modelo Donyale Luna y la actriz Joan Collins.

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Pero sobre todo el feminismo de los años 70 y el cambio de actitud de las mujeres que se manifestó tan claramente en la moda, se evidenciaron también en la silueta de los maniquíes, cuyas nuevas posturas flexibles y dinámicas reflejaban la recientemente adquirida libertad de movimiento.

Asimismo, la necesidad de exponer shorts, bikinis, pantalones de talle bajo o tank tops hizo necesario crear figuras más fácilmente desnudables. Muchos maniquíes presentaban ahora una anatomía más natural (algunos de ellos con pezones u ombligo), aun si sus piernas seguían siendo más largas y delgadas que las de mujeres reales.

La última tendencia en materia de maniquíes fue inexorablemente hacia la abstracción y los nuevos modelos fueron reemplazando a los individualizados y expresivos que les precedieron. Desde los años 90, la última generación presenta una cara lisa, sin rasgos o directamente sin cabeza; su postura es estática y anodina, el objetivo es que nada distraiga la atención de la ropa.

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La explicación, como suele serlo en general, es económica: son menos caros, no necesitan un trabajo de acabado delicado por personal calificado, no tienen edad ni etnia (se pueden ver los mismos en Santiago o Singapur), ni maquillaje o peinado susceptible a pasar de moda.

En la era de la globalización, los maniquíes también se han puesto a tono, por lo menos hasta que el comercio electrónico no ponga fin al secreto placer de vitrinear.