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Antifaz

En la década de los 30, la surrealista Elsa Schiaparelli crea un bonete de raso negro con un medio antifaz que cae sobre el lado derecho de la cara, decorado con un prendedor en forma de ceja.

  • Pía Montalva

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Accesorio indumentario que cubre parcialmente y de forma esporádica el rostro con el propósito de ocultar la identidad de quien lo lleva y otorgarle otra, distinta. Consiste en una estructura plana o levemente moldeada, siguiendo las líneas de la nariz y las sienes, provista de dos sacados simétricos que replican las forma de los ojos y liberan la mirada. Se asegura gracias a una tira que amarra en la parte trasera de la cabeza o bien es adosado a una varilla y emplazado delante de la cara empleando una mano.

Origen. El origen del antifaz aparece ligado al de las máscaras, cuya historia se remonta al Paleolítico y vincula a manifestaciones de orden ritual, religioso, iniciático y lúdico, marcadas por la transgresión y la metamorfosis. Hacia el siglo V a. C. en Grecia, las máscaras se destinan a las representaciones teatrales porque facilitan la caracterización de los personajes y la amplificación de la voz. En cambio en Egipto adquieren una dimensión funeraria contribuyendo a la transición entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

 

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El antifaz propiamente tal irrumpe en Europa, en el XVI, bajo el influjo de los bailes de máscaras y la comedia del arte italiana. Esta expresión escénica incluye roles emblemáticos como Polichinela o Pantaleón, cuyos antifaces negro y café con nariz ganchuda modelan sus rasgos físicos y sicólogicos (joven y ambivalente o viejo y avaro). Adoptado rápidamente por las damas de la nobleza, se elabora en tela encerada o cartón pintado. Más adelante se ponen de moda versiones en terciopelo o satén negro. Para el siglo XVIII constituyen un signo de distinción inscrito en un código de uso que señala, por ejemplo, la necesidad de retirarlo al momento
de saludar.

Tendencia. Luego de la Revolución Francesa, el uso del antifaz se limita a las fiestas de disfraces. Durante el siglo XX, asociado al refinamiento propio de la alta costura deviene en un accesorio indispensable cuando se trata de cultivar una femineidad misteriosa y algo extravagante. En 1958, Yves Saint Laurent diseña para Dior un vestido de cóctel rojo, de líneas trapecio y ruedo abombado que acompaña con zapatos, guantes y antifaz negro. Ocho años después, Audrey Hepburn recurre a un antifaz de encaje negro, atado con un rosetón, y un vestido del mismo material para encarnar a una ladrona en “¿Cómo robar un millón de dólares?”.

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El año 1968, el fotógrafo Richard Avedon retrata a la maniquí Penelope Tree con un antifaz metálico de Ungaro, estructurado a partir de segmentos curvos que conforman el rostro.

En 2011, Chanel incorpora a su colección de Otoño cintas de tul muy transparentes, que funcionan como antifaces aunque no requieren recortar la zona de los ojos.