Columnas

¿Cuánto vale un minuto de silencio?

Hoy el silencio es una forma de revertir ese letargo que provocan en nuestras mentes el ruido incesante y la palabra vacía.

  • Carla Guelfenbein

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Una de las aplicaciones más bajadas del appstore es una que te invita a permanecer en silencio 15 segundos. Solo debes mirar tu pantalla donde aparece un cielo azul, sin hacer ni decir nada, y te aseguran que te sentirás mejor. Esos 15 segundos de silencio, envasados en una app, son la puerta para un sinfín de otras aplicaciones que puedes comprar en un clic y que te acompañarán por el camino del silencio y la realización. Si lo pensamos bien, esos 15 segundos equivalen a que alguien nos vendiera 15 centímetros cúbicos de aire.

Pero no nos equivoquemos, quienes han tenido tan genial idea no están desvariando. Efectivamente hemos llegado a un punto de ‘ruido’ en que si nos venden silencio, estamos dispuestos a comprarlo. La modernidad trae consigo el ruido: bips, clics, rings, tuuuus, piiiiis, plips, plops, etc, etc… una infinitud de sonidos electrónicos que son parte de nuestra vida, y que nos siguen como fieles compañeros a donde sea que estemos.

Pero no son solo ruidos, también la palabra nos persigue en todas sus formas. No me refiero a la conversación compartida o a la palabra que surge de la reflexión. Me refiero a esas millonadas de diatribas, opiniones y consejos que nos asaltan desde todos los lugares a cada hora del día. Como dice David Le Breton, un pensador francés, en su libro “El silencio, aproximaciones”: “Una palabra que prolifera, que no calla nunca y que se arriesga a ya no ser escuchada. Pegajosa y monótona, apuesta por una comunicación basada únicamente en el contacto, poco atenta a la información. Se convierte así, como la música, en un componente ambiental; en un murmullo permanente y sin contenido relevante, importante tan sólo en su forma”.

El único silencio que se produce en nuestra sociedad moderna, como puntualiza Le Breton, es aquel del desperfecto, en aquellas instancias que WhatsApp, FB, Instagram o cualquier otra forma de comunicación sufre una avería y por algunos minutos el mundo queda desconectado, en un silencio no deseado, que produce malestar, porque no sabemos qué hacer en él y con él. En este contexto, buscar el silencio, y aceptarlo, se transforma en un acto transgresor, un acto que va en contra de la cultura.

Una autoafirmación dentro de un entorno que se ha vuelto adicto al ruido. Muchos lo ven, sin embargo, como un escapismo light, una búsqueda de moda, exacerbada por autores muy opuestos a Le Breton (y otros como él), ejemplificados en el reciente best seller de Erling Kagge, un noruego que ha pagado millones para subir el Everest, alcanzar el polo sur y el polo norte para obtener su tan preciado silencio. Visto así, el silencio se vuelve una forma de autocomplacencia para millonarios, un bien transable en el mercado, un camino que para los seres comunes y corrientes, como nosotros, equivale a comprar 15 segundos de silencio en una app.

Hay algo profundamente errado en todo esto. Tanto en los defensores lights, que recomiendan el silencio y el yoga de la misma forma en que Jane Fonda preconizaba en su época la gimnasia aeróbica; como en sus detractores, que cegados por el prejuicio a todo lo que huela a new age y cultura light, se niegan a reconocer el valor del silencio. Hoy el silencio es una forma de revertir ese letargo que provocan en nuestras mentes el ruido incesante y la palabra vacía. Como puntualiza Lebert, “el silencio puede asumir una función reparadora, terapéutica, y venir a alimentar la palabra del discurso inteligente y la escucha atenta del mundo”.

El silencio está aquí para nosotros como el aire, sin pasajes de avión ni caros retiros en el Tíbet, para que nos beneficiemos de sus dones. Solo hay que tomarlo.