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No estamos en guerra

El problema con que el feminismo se ponga ‘de moda’ es que muchas veces se toma con liviandad y se enarbolan banderas en su nombre que no tienen nada que ver con la causa.

  • Carolina Pulido

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Esta columna nació de un comentario que llegó acerca de “Gorditas nos quieren”, que publiqué dos semanas atrás en este mismo espacio. Una lectora se mostraba molesta porque la columna, a su juicio, insinuaba que debíamos sentirnos bien con nuestras curvas y rollos de más solo porque “los hombres nos prefieren así”, de acuerdo a un estudio citado en ese texto.

A estas alturas ya es un cliché decir que nos vestimos y arreglamos para nosotras mismas, que lo importante es el autoamor, que no dependemos de ningún hombre para ser felices y demás. Enhorabuena. Nadie podría estar más feliz que yo -que llevo una década escribiendo al respecto- con las conquistas del feminismo en los últimos dos años. Digamos que poner en la agenda mediática mundial temas como la violencia de género, el acoso sexual y la desigualdad no es poca cosa, y se lo debemos a todas esas valientes que han sacado la voz.

El problema con que el feminismo se ponga ‘de moda’ es que muchas veces se toma con liviandad y se enarbolan banderas en su nombre que no tienen nada que ver con la causa. Un ejemplo son las marcas de retail que ya se están colgando del fenómeno y se lanzaron a vender como pan caliente poleras con consignas del tipo “yo no me afeito las axilas… y qué” (inserte aquí el emoticón que abre bien los ojos con cara de susto).

Pero más delicada aun es la creencia de que ser feminista es lo mismo que competir con tu hombre en todas las áreas de la vida. Y un área en la que es un error garrafal entrar en ese terreno -el de la competencia, la batalla, la guerra- es el sexo. Justamente de eso trataba la columna en cuestión. Lo que pasa en la cama se queda en la cama. Y algo que no debería entrar ahí jamás es el intelecto.

Después del éxito avasallador de esa mala novela llamada “50 sombras de Grey”, resulta bastante evidente lo afrodisíaco que parece ser para el grueso de las mujeres jugar a la esclava sexual o a la virgen inocente que se somete a un macho viril y fornido. A riesgo de ser malentendida, insisto: estamos en la cama, con la luz tenue, la música sensual y la cabeza en off; llevamos un babydoll de encaje y nos aprestamos para cumplir los deseos de ese animal ardiente en que se ha convertido nuestro hombre.

¿Qué estoy diciendo? Que perfectamente puedes ser feminista y sexi. Que no porque creas y luches a favor de la igualdad tienes que dejarte las axilas peludas. Que no porque nos hayamos emancipado tenemos que descuidar los detalles del amor y la cama. Preparar su plato favorito, hacerle un buen masaje y esperarlo con un disfraz de bailarina de topless no es un retroceso en tu lucha por la igualdad.

Esas creencias erróneas que ciertamente no provienen del feminismo le han hecho mucho daño a las parejas de hoy. El sexo es tan importante como dicen. Fin. No hay que darle más vueltas a aquello porque no resiste mayor análisis. Ponte las pilas y vuelve a conectar con el placer animal. Y fuera de la casa, sigue peleando.