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Miedo y control: Dos caras de la misma moneda

Cuando no tenemos la posibilidad de elegir, cuando sentimos que perdemos el control, se activa la parte del cerebro que detona la ansiedad y el miedo.

  • Carla Guelfenbein

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En términos evolutivos, el miedo no tiene nada de malo. Por el contrario, tiene un objetivo muy importante: protegernos de cualquier riesgo que pueda poner nuestra vida en peligro. Pero, sin embargo, hoy en día el miedo nos detiene mucho antes, cuando apenas empezamos a cruzar la calle, cuando apenas nos asomamos a la posibilidad de arriesgar algo. Hoy, con más y más frecuencia, el miedo nos paraliza y nos limita, encoge nuestro mundo.

Según la neurocientista Tali Sharot, el origen del miedo radica en la pérdida de control. No le tememos a ‘la cosa’ en sí, sino a la imposibilidad de controlarla y saber qué conlleva. El típico caso es el miedo a los aviones. De hecho, es mucho más peligroso conducir un auto en una carretera que subirse a un avión. Lo que hace que el vuelo sea una fuente de angustia para muchas personas es la noción de que una vez adentro no hay nada que podamos hacer.

Cualquier experiencia desconocida, cuyo proceso y consecuencias no podemos controlar, constituye una fuente de temor y ansiedad. Por eso, mucha gente prefiere permanecer, por ejemplo, en una relación difícil, insatisfactoria -aunque esta no sea en absoluto lo que esperaba de la vida- en lugar de tomar riesgos, cambiar y aventurarse en una nueva realidad que no conoce.

Tali Sharot, a través de numerosos estudios, ha encontrado una forma con la cual podemos ayudar a nuestros hijos y a nosotros mismos a perder (en parte) ese miedo a lo desconocido. Lo que el cerebro intenta constantemente es controlar su entorno, porque a través del control el cerebro obtiene recompensas, sensaciones placenteras, cumple roles y, sobre todo, evita el dolor, la pérdida y el fracaso.

Estamos programados para asociar la posibilidad de tener el control como algo bueno, y la imposibilidad de tenerlo, como algo malo. Es tan fuerte la búsqueda del cerebro por el control, que en los estudios de Tali Sharot las personas están dispuestas a incluso no aceptar recompensas en dinero con tal de no perderlo. Sin embargo, según esos mismos estudios, cuando tenemos la posibilidad de elegir, el miedo se reduce. De hecho, se activa la misma parte del cerebro que cuando se nos ofrece algo placentero. En cambio, cuando no tenemos la posibilidad de elegir, cuando sentimos que perdemos el control, se activa la parte del cerebro que detona la ansiedad y el miedo.

Lo que esto significa es que si le damos a una persona la posibilidad de elegir, -la noción de que está en control- es mucho más probable que esa persona se ponga en un estado mental positivo y que tome una decisión no motivada por el miedo, sino por un raciocinio, por una verdadera consideración de las circunstancias. Este estado mental positivo fundado en la posibilidad de elegir se detona aun más si la persona, en su elección, puede ‘crear’ algo.

Cosas tan simples como crear tu propio plato, tu propia ruta para ir al trabajo, tu propio entorno, etc… Ese estado positivo nos ayuda a tomar mejores decisiones en circunstancias que de otra forma nos hubiesen generado miedo. Conociendo estos hechos, no es tan difícil incidir en nuestras vidas y en las de los otros para crear un entorno mental positivo, sobre todo en nuestros hijos.

En lugar de intentar cambiar el comportamiento de alguien dándole órdenes: “Haz esto, haz lo otro, no pienses esto, no pienses esto otro”, podemos plantearle disyuntivas en las cuales pueda elegir. Yo misma siento cómo la vida que me he forjado, sumergida en la escritura, creando mundos y personajes, eligiendo día a día quién quiero ser, me ha hecho perder el miedo a situaciones desconocidas que antes hubiese sido incapaz de abordar.