Belleza

La comunidad de la semilla

El aceite de babasú -una palma endémica de Brasil- es un ingrediente importante en la formulación de distintos productos de belleza enfocados en la hidratación. La diferencia con otros es que la extracción de esta sustancia está estrechamente unida a la vida de mujeres que, gracias a la política de comercio justo, hoy pueden vivir exclusivamente de la cosecha de los frutos y semillas con los que se elabora esta materia prima. The Body Shop nos invitó a adentrarnos en el noreste brasileño y conocer su historia.

  • Andrea Hartung

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El aceite de babasú es un insumo natural que se encuentra en cientos de productos de belleza, gracias a sus propiedades hidratantes. Marcas alrededor del mundo lo utilizan y venden en tiendas de los cinco continentes, pero pocos saben de dónde viene y cómo se obtiene. The Body Shop nos propuso adentrarnos en pueblos recónditos de Brasil para conocer el lugar donde mujeres de distintas comunidades se sientan a romper los cocos de donde extraen la semilla del babasú. Pero llegar hasta ahí implica una travesía de largo aliento.

Comenzando en Sao Paulo, viajamos 2.350 kilómetros hacia Sao Luis, capital del estado de Maranhão, ubicado al noreste de Brasil, desde donde iniciamos un trayecto de 5 horas por tierra hasta la ciudad de Lago da Pedra. Al día siguiente realizamos un trayecto de alrededor de una hora por caminos no pavimentados, donde solo veíamos verde: palmeras de distintos tipos, flores gigantes y arbustos de colores que serían la antesala para llegar a Lago do Junco, un municipio con 9.888 habitantes (según un estimado de 2009), donde cerca de 200 personas son miembros de Coppalj, una cooperativa que nació en 1990 y que desde hace 12 años provee a The Body Shop de aceite de babasú.

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La lucha por cosechar

La palmera de babasú crece en una vegetación similar al Amazonas llamada Bosque de los Cocais, que se encuentra en cinco estados brasileños, pero es en Maranhão donde se da el 90% de esta especie. Puede llegar a medir hasta 15 metros de altura y semanalmente se obtienen cerca de 500 semillas, de las cuales se extrae aceite capaz de actuar como un potente hidratante, que se usa en distintos productos de belleza así como en jabones que fabrican las mismas mujeres de la comunidad y que se venden en distintas ciudades de Brasil.

La Coopalj o Cooperativa de Productores Agrícolas de Lago do Junco, reúne a una docena de comunidades aledañas que se dedican a la cosecha del babasú y a la producción y comercialización de su aceite orgánico. Si bien esta actividad es relativamente segura, fue motivo de conflicto en la zona desde la década de los sesenta, cuando los dueños de las tierras cercaron los terrenos, dificultando su cosecha que hasta entonces había sido liberada. Esto provocó que cientos de personas se quedaran sin ingresos y muchos de los hombres de las comunidades emigraran, dejando en el campo a las mujeres y los niños.

En 1995 ellas formaron el Movimiento Interestatal de Quebradoras de Coco de Babasú (MICQB), y lucharon por obtener los derechos para cosechar la semilla y con ello subsistir de la forma que lo habían hecho sus antepasados. Como explica Maria das Dores Vieira Lima (Dora), una de la líderes de la zona, “nos dimos cuenta de que solas no podíamos hacer nada, pero si nos uníamos éramos más fuertes”. Participaron de manifestaciones y lucharon contra las autoridades de la época, llegando incluso a cosechar babasú de forma ilegal con sus bebés a cuestas. Muchas veces llegó la policía y les quitó todo lo recolectado además de destruir sus precarios implementos.

La creación de este movimiento, la presión en las calles y distintas conversaciones con el gobierno local lograron que en 1997 la Municipalidad de Lago do Junco decretara la normativa de Babasú Libre. El resultado de esa resolución es que hoy el 80% de las áreas donde crece la palmera están abiertas a la cosecha. “Lo que defendemos es el libre acceso al babasú. Nadie lo plantó ni lo cultivó, es un recurso que pertenece a la nación, como el agua o el aire”, explica el presidente de la Coppalj, João Valdecir Viana.

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La canción de las quebradoras

Aun usando zapatillas, cruzar el terreno lleno de plantas y enredaderas que lleva a las palmeras es difícil. Para llegar a la zona de la cosecha las quebradoras de coco usan sandalias de goma o alpargatas viejas. Luego de caminar unos 300 metros hasta a una zona despejada, donde reúnen los cocos de forma alargada que caen al suelo, se sientan en círculo, dejando el producto al centro y sus canastos atrás. Como si fuera parte de un ritual místico, pero que en realidad es su rutina diaria, comienzan a entonar “Quebra do babaçu”, un himno que pasa de generación a generación y que las acompaña mientras, ayudadas de machetes y martillos, golpean las vainas para extraer sus semillas.

En muchos casos llevan a sus hijos más chicos, que todavía no se pueden quedar solos en casa y que aún no están en edad de ir a la escuela, quienes cantan con ellas o las ayudan a guardar las semillas. Prefieren que sea así, pues aunque parte de su lucha es conseguir que su descendencia tenga mejor acceso a la educación, les preocupa que las nuevas generaciones pierdan el interés por la cosecha del babasú, por lo que lo hacen parte de su vida. De esta forma, aseguran, cuando tengan profesiones podrán aportar a la comunidad que depende de la comercialización del aceite, cada uno desde su área.

De hecho, son los hijos y nietos de las quebradoras de coco quienes manejan las máquinas que convierten las semillas en aceite, a través de un mecanismo de prensado, donde se separan los restos que sirven, por ejemplo, para hacer harina de babasú, del líquido que luego se vende a las compañías.

“Una de las cosas que más me llaman la atención, no solo aquí sino que en la mayoría de las comunidades y cooperativas con las que trabajamos, es que apenas tienen mejores ingresos las mujeres invierten en educación para ellas y para sus hijos”, cuenta Mark Davis, director global de insumos de The Body Shop. Y así lo confirma doña Dionisia, quebradora de coco de Lago do Rodrigo, quien luego de asistir a varios talleres impartidos por voluntarias logró romper un ciclo de violencia intrafamiliar y hoy, gracias al babasú, es independiente: “Nos dimos cuenta de que nuestro espacio no estaba en la cocina, sino que podíamos ser parte importante de la comunidad. Las mujeres tenemos que ocupar nuestro lugar en la sociedad, no solo en el hogar”.