Columnas

La carga mental

Aunque ambos trabajen fuera, las mujeres seguimos asumiendo el rol de jefas del hogar y para los hombres se ha reservado el comodísimo papel de ayudante.

  • Carolina Pulido

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Quería contarles cómo me ha ido con eso de escribir palabras cada día. Hace 1 mes me propuse cumplir mi compromiso con el Consejo de la Cultura y dedicarle tiempo y esfuerzo y ganas al libro que debo escribir. Para ello, y en vista de que la tarea se volvía cada vez más monumental, quise probar el método Kaizen, basado en una antigua filosofía japonesa que propone no hacer cambios bruscos sino partir por mejoras minúsculas cada día. La meta era facilísima: escribir un párrafo diario por 30 días. Y bueno. Fui la peor aprendiz de Kaizen. Lo logré el primer día y no pude seguir con mi desafío ninguna otra tarde del mes. En cambio, terminé dos capítulos un sábado durante una escapada al sur.

El primer día del desafío me senté en el escritorio con total desgano. Estaba cansada después de un largo día de trabajo y tareas propias de la maternidad. El segundo día no alcancé a sentarme frente al computador. Tuve que ir al supermercado a comprar algunas cosas porque no había encontrado el segundo para hacer el pedido de las verduras. Y tampoco había leche ni servilletas. En el supermercado me acordé de comprar plantitas para el “día verde” del colegio. Aproveché de buscar un regalo para la amiguita que estará de cumpleaños el fin de semana.

Recordé que ese día le toca quedarse con nosotros a la hija de mi pareja, que es alérgica a muchos alimentos, así que fui a la sección sin gluten y a las leches vegetales. De pronto empecé a morir de calor. Recordé que ya es octubre, que tengo que cambiar la ropa de temporada en los clósets. También tengo que hablar con mi hija sobre la responsabilidad: basta ya de perder polerones y parkas en el colegio. Tengo que llamar a los de Internet, que de nuevo se cayó. Tengo que decirle a mi nana que la terraza también hay que limpiarla, porque es un asco. En realidad, yo debería encargarme de arreglar esos cojines y darles amor a esas plantas mustias. Me pregunto cuándo las regué por última vez. No lo recuerdo. Sí recuerdo que mi nana se va pronto. Miro la hora. Tengo 32 mensajes en el teléfono. Llego a mi casa jadeando, con una idea fija en la cabeza: necesito sacarme estos zapatos.

¿Te suena el concepto de carga mental? El término era desconocido para el común de los mortales hasta que la ilustradora francesa Emma Clit salió a la palestra con el cómic “Me lo podrías haber pedido”, que se hizo famoso gracias a las redes sociales. ¿Por qué? Porque habla de las tareas relativas a la organización de la vida doméstica que, como ya sabrás, recae sobre las madres. La lista de compras, la hora al doctor, la reunión de padres y un etcétera infinito.

Aunque ambos trabajen fuera, las mujeres seguimos asumiendo el rol de jefas del hogar y para los hombres se ha reservado el comodísimo papel de ayudante. Esa es la realidad, a la que estamos tan acostumbradas que no somos capaces de ver. Los entendidos llaman a este tipo de comportamiento “micromachismos”, ya que están ahí, nos oprimen, pero son casi imperceptibles.

¿Sabías que los niveles de hormonas del estrés descienden en los varones cuando llegan a su casa, al contrario de lo que les sucede a las mujeres? Este tipo de tareas tienen unas características que hacen difícil su manejo: son invisibles a ojos de la sociedad, en muchas ocasiones son simultáneas y no suelen contar con un tiempo propio en las agendas. En comparación con los hombres, las madres presentan mayor estrés y fatiga y niveles más bajos de felicidad, según la American Sociological Review. La carga mental es una de las causas. Y la pega ahora es visibilizarla. Es hora de equilibrar la balanza.