Columnas

Viajar

Viajar, sobre todo en soledad, es al fin y al cabo una de las formas más potentes de conectarse con uno mismo.

  • Carla Guelfenbein

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Vengo llegando de un largo viaje. Mi acometido era escribir siete historias que me encargaron de Columbia University. La proposición era un verdadero regalo para una escritora. Un lugar, un viaje, y tiempo para vagar, para investigar, para observar, para pensar e imaginar.

Me alojé en una residencia de estudiantes en el corazón mismo de la universidad, y desde allí salía cada día, sin rumbo fijo, a recorrer las calles que conformaban el mundo universitario. Caminaba durante horas, absorbiendo todo aquello que se me cruzaba en el camino: un rincón luminoso de la calle, un hombre sin casa durmiendo en la acera, un grupo de chicas chinas elegantemente vestidas, un ramo de flores suspendido en una ventana, una mujer cabizbaja con el rostro maltrecho, un guardia de semblante cansado, una chica con aire de enamorada que se tropieza con un poste, un niño que se resiste a seguir caminando junto a su madre cuando ve una vitrina llena de muñecos de cera, una reja de fierro forjado, una puerta entreabierta, un jardín, un estudiante tomando un helado que chorrea por su camisa a cuadros, los altos edificios que se levantan contra el cielo, una tienda de muebles usados, el dibujo de un útero en un muro, el marco dorado de un cuadro arrojado a la calle, los pastelones cansados, la imponente figura de un hombre de color, el ruido de las sirenas a lo lejos… y así…

El radio de mis paseos se fue ampliando, y caminando llegué a otros barrios, a otros mundos, los menos transitados por los turistas. Con los sentidos atentos, todo parecía decirme algo, cualquier imagen podía transformarse en una idea, en una historia. Nada me parecía extraño, porque todo lo que observaba era humano. Todo era también mío, desde la grandeza de un cielo, hasta la miseria.

Nunca se me habían hecho tan reales las palabras de Henry Miller cuando dice que en un viaje nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas. De mirar. Con mi cámara fotográfica, no eran las grandes panorámicas las que intentaba captar, sino aquellos pequeños detalles que constituyen la esencia del mundo.

Cuando llegaba por la tarde de vuelta a mi cuarto las imágenes se me agolpaban en la cabeza, y apenas abría mi computador, las historias y los personajes empezaban a surgir desbandados, enlazándose unos con otros: el niño de la vitrina con el hombre dormido en la acera, la mujer golpeada con las chicas chinas que reían por la calle con su faldas de colores.

Recordaba las imágenes, las personas y las situaciones que me habían llamado la atención durante el día, y me preguntaba: ¿Por qué la imagen de una mujer de pelo cano, cargando la bolsa del supermercado, me emocionó? ¿Por qué me detuve frente a una reja a mirar una flor que estaba a punto de marchitarse? ¿Por qué entré en ese callejón que olía a orines? ¿Por qué todo eso y no otras cosas? Porque tal vez lo que mis sentidos escogían, más allá de mi ser consciente, eran un reflejo de mí misma.

Hoy, ya de vuelta en Santiago, y mirando hacia atrás, me doy cuenta de que viajar, sobre todo en soledad, es al fin y al cabo una de las formas más potentes de conectarse con uno mismo. Viajar de verdad no es tan solo recorrer distancias geográficas, sino también distancias en nuestro mundo interior. Lejos de la seguridad que nos otorga la rutina, lejos de nuestros afectos más cercanos, de las obligaciones que conforman nuestra vida, surge algo de nosotros que está siempre ahí, pero que nos es difícil ver y sentir. Como dice la gran historiadora y activista estadounidense Miriam Beard: “Viajar es más que ver lo que hay para ver; es iniciar un cambio en nuestras ideas sobre lo que es vivir, que continúa en nosotros de manera profunda y permanente”.