Entrevistas

El nuevo lujo de Chantal Bernsau

El mundo de esta artesana chilena tiene dos caras: una es la que mira hacia adentro, disfrutando del silencio que le da su casa en Puchuncaví y que la inspiró a crear su última colección titulada Introversión. La otra es la que busca nuevos espacios afuera y que logró vender su trabajo en las tiendas de los museos MAD de Nueva York y MALBA de Buenos Aires. Conversamos con ella sobre sus secretos para mantener una clientela fiel por 17 años y al mismo tiempo innovar para conquistar nuevos públicos, sin perder jamás su esencia.

  • Andrea Hartung

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Producción Male Chahín Fotos Juan Pablo Sierra Agradecimientos Max Mara y Cher

La vida de Chantal Bernsau (52) está llena de ‘lujos’. El de una vida tranquila en Puchuncaví, donde vive lejos del ritmo vertiginoso de Santiago, pero lo suficientemente cerca como para estar en contacto permanente con su hija veinteañera y con su boutique. Viaja varias veces al año a lugares que no terminan de inspirarla, como Nueva York, París y Buenos Aires; trabaja con artesanos y microemprendedores nacionales, y pasa horas tejiendo un collar, sin sentir la presión del paso del tiempo.

Esta orfebre nació en Suiza, se nacionalizó chilena y se crió entre Santiago y la Francia rural, pero desde hace tres años abandonó la capital. Hoy dice que disfrutar de cada segundo era un lujo que en la ciudad no tenía. “Me inspira mucho y me da mucha energía estar en silencio y sola; me he dado cuenta de que en Santiago perdía mucho tiempo en cosas que no eran interesantes”, cuenta.

Entre la sesión de fotos que acompaña esta entrevista y la conversación de rigor pasaron un par de horas, pero en ningún momento revisó su celular, ni siquiera lo tenía a mano. Definitivamente otro lujo que ella se da en tiempos de hiperconexión.

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Su lujo más reciente es tener presencia en las tiendas de dos museos internacionales con su colección llamada Introversión, donde el protagonista es el cobre: men el Museo de Arte y Diseño (MAD) de Nueva York, entre los meses de agosto y octubre, y en el MALBA de Buenos Aires a partir de noviembre. Ahí muestra un entramado de piezas únicas, donde destaca el uso de este metal en formas inéditas: Chantal lo trabaja en combinación con la seda, creando un verdadero textil manejable y capaz de obtener mil formas distintas, como collares con pompones o telares, pulseras que parecen redes y chupitas (delicadas carteras minimalistas).

¿Qué te hizo mirar hacia afuera, más allá de tus boutiques en Chile? Me di cuenta de que acá se estaban achicando las oportunidades. Pasó que a una chilena que vive en Estados Unidos le encantó mi trabajo y me hizo el contacto con la gente del MAD. Les encantó esta nueva colección y me compraron. En Buenos Aires también les gustó y me hicieron un pedido. Entendí que mi trabajo no es de retail ni para tiendas de moda, sino que para ese nicho, para esas tiendas de museo o galerías de joya. Hice un viaje para ver qué pasaba afuera y me di cuenta de que no existe nada igual a lo que yo hago. Cuando no copias tendencias ni haces lo que ya hay, obviamente surgen oportunidades, porque es algo único, inusual, que la gente dice ‘¡wow, qué divertido!’.

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¿El cobre es más apreciado por un público internacional? Haber vivido afuera me dio siempre una visión de extranjera. Hay una parte de mí que no se siente chilena, y esa parte es como un observador. Al chileno le carga el cobre, le carga el lapislázuli y le carga todo lo que sea chileno. Entonces esta parte medio extranjera que yo tengo me da una mirada más benévola en cuanto a lo nuestro, a nuestras raíces, a nuestro folklore. Cuando viajo, lo primero que hago es ir a una feria artesanal porque representa la sabiduría del pueblo. El poner en valor eso es superimportante. Las modas han ayudado a que hoy en día el arte latinoamericano esté más en boga, desplazando a lo chino y a lo de India; es ahí donde entro. Estoy contenta porque he logrado vender el cobre afuera.

Innovar en lo único

¿Cuál es tu fuente de inspiración? La creación para mí no pasa por la cabeza. Viene de la ropa que yo hacía. Uso máquinas, telares y croché, aparte de macramé y frivolité, rescatando oficios que se usan en tejidos aplicados a la joyería. Es un camino sin fin; esto es lo que hago ahora, pero mañana puede ser otra cosa. Por eso mis clientas me siguen comprando 17 años después.

Además tus colecciones se basan en lo experimental… No me considero una joyera, me considero una artesana. No hay que ser joyero para hacer joyas. Cuando estaba en la universidad estudiando licenciatura en francés no tenía dinero, y partí haciendo joyas con lo que encontraba. Si iba a la playa y encontraba piedras hacía joyas con las piedras. Si iba a anticuarios y veía lágrimas de cristal, las usaba. Es lo que hoy se llama joyería moderna, que significa usar materiales no tradicionales.

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¿Cómo concilias la artesanía con llevar una marca? Es que soy artesana y empresaria a la vez, entonces tengo que saber qué busco. El empresario quiere cantidad y el artesano busca calidad, por lo que trato de poner en equilibrio estos dos aspectos de mi vida. Yo he logrado vivir de esto sin tener que vender joyas de oro con diamantes ni trabajos caros, sino que piezas que tengan una historia, un discurso, un sentido. He podido trabajar con mujeres de distintas partes de Chile, de Chiguayante, La Ligua, Valle Hermoso, con un grupo que me hace telares…

En búsqueda del silencio

“He tratado de mirar hacia adentro, por eso el nombre de la última colección es Introversión. Llevo tres años viviendo fuera de Santiago, buscando ese silencio. Estamos en un momento crucial de parar esta vida vertiginosa que tenemos y preguntarnos ‘¿cuál es mi misión?, ¿por qué estoy acá?’. Fue mi elección dejar todo, igual con un poco de miedo, porque hacerlo es un riesgo, pero creo que he logrado mantener ese espíritu de escucharme y de no caer en lo que todo el mundo hace”, reflexiona Chantal sobre su vida en Puchuncaví.

¿Qué significó esta ‘introversión’? Esta colección la hice completa yo, desde el tejido hasta comprar y limpiar los cuarzos. En todo este camino uno se va descubriendo. Siempre he sido bastante yang y ahora me estoy conectando con mi parte ying, porque toda la vida he sido una mujer de acción, emprendedora, de hacer cosas, lo que se asocia a una energía masculina del hacer, y ahora siento que en esta nueva etapa estoy volviendo a una nueva juventud. Tengo tiempo para mí y para conectarme con mi mundo femenino. Me estoy dando espacio para demorarme quizás dos horas en coser unas lentejuelas con unos cristales en un arito de crin. Ahora puedo estar todo este tiempo trabajando en una sola pieza sin volverme loca.

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Eso también les ha dado un sentido nuevo a tus joyas… Me di cuenta de que la joyería no es tan superficial. Por ejemplo, en Tíbet se usan mucho la turquesa y el coral, porque la turquesa representa al padre cielo y el coral, la madre tierra. Entonces finalmente las joyas son una forma de conectarte con tu divinidad interior. Para mí todas las joyas tienen alma. Son todas únicas, hechas a mano. Siempre he sentido que la joya te empodera, te conecta con toda tu luz, por eso uso mucho cristales. Mi trabajo tiene mucha relación con mi vida espiritual. En este camino de autosanación personal descubrí el reiki, las flores de Bach y la gemoterapia. He aprendido leyendo mucho, viviéndolo y experimentándolo. Y me di cuenta de la importancia de las gemas y de su gran poder para los chakras, los centros energéticos. Esta conexión representa mi trabajo textil, porque he hecho ropa, trabajado tejidos finos como cachemira, seda, cosa que nadie hace porque es muy difícil. He trabajado en joyería con macramé, con frivolité. Cada pieza tiene su tiempo, y eso es algo que no he querido perder en todos estos años. Porque todos me dicen por qué no lo mandas a hacer a China, saldría más barato. Siempre he sentido esa dualidad. Debo ser capaz de mantener la artesana que hay en mí.