Columnas

New York: la ciudad tomada

En una ciudad gigantesca, rápida, donde se mueven millones de dólares, es la vida de barrio la que está salvando a las personas de morir de soledad y aislamiento.

  • Carla Guelfenbein

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Hace un par de noches cruzaba el Brooklyn Bridge con una amiga de Liberia, cuando la escuché decir: “Cada vez que ves la ciudad así, encendida, brillante, lo que quieres es tenerla. La quieres para ti”. Y eso es lo que hacen los habitantes de Nueva York. Toman posesión de su ciudad. En una ciudad gigantesca, rápida, donde se mueven millones de dólares, es la vida de barrio la que está salvando a las personas de morir de soledad y aislamiento.

En todos los barrios, los sitios eriazos están siendo tomados por los vecinos y transformados en áreas verdes. Plantan tomates, albahacas, hierbas y flores, entre los bloques de cemento, creando pequeños jardines. Incluso los más insignificantes pedazos de tierra, como la franja que queda cuando dos calles se bifurcan, son inundados de esta flora natural, campestre, que transforma la miseria de un trozo de tierra abandonado en un remanso de naturaleza. Mi primera tarde aquí recalé en uno de estos jardines. Algunos vecinos habían llevado pala y picota, y amansaban la tierra para plantar un girasol. Otro había llevado una jarra de té de jazmín que compartía con sus vecinos y otro paseante, que, como yo, había recalado en su pequeño paraíso.

Ahora, que vivo por unas cuantas semanas en esta ciudad, he visitado el jardín cada tarde. Conversando allí con mis vecinos, me enteré del ‘Block Party’. Todos los años, cuando se aproxima el fin del verano, cada barrio cierra una calle y hace una gran fiesta. En ‘mi’ barrio fueron David y su familia, de origen puertorriqueño y nacidos en Brooklyn, quienes se encargaron, meses antes, de coordinar cada una de las iniciativas de sus vecinos.

Y así fue como el fin de semana pasado me encontré despidiendo un verano que no es mío. Cada uno aportó lo suyo. Los músicos del barrio sacaron sus instrumentos e inundaron la calle con sus sones de salsa, jazz, rock pesado y baladas; el dueño del restaurante de la esquina trajo dos grandes parrillas donde cocinó carnes; la vecina del frente, una actriz inglesa octogenaria, cocinó sus scones que parecían salir del horno en ese mismo instante, tan crujientes y tibios estaban. Cada vecino cocinó su especialidad. Ensaladas, pastas, dulces, y las sillas y mesas de todas las casas salieron a la calle.

El conocido director de cine Spike Lee, cuyo estudio está a tan solo un par de cuadras, ofreció una proyectora, y al caer de la tarde, cuando la luz comenzaba a distenderse, la pantalla se encendió con sus colores y su música. Un domingo en que una calle del barrio se transformó en una gran casa que acogió a todos y cada uno de sus vecinos. Cuando la fiesta llegaba a su fin, fui presentada solemnemente al griego, ‘The Greek’, el guardián del barrio. Un griego cuya mirada amable contrasta con su apariencia recia y dura. el Griego vive a tan solo dos casas de la casa donde me estoy quedando. Conoce todos los movimientos del barrio, quién llega y quién se va, quién sigue las reglas y quién no. Es él quien decide tomar acción cuando un vecino sobrepasa los límites de civilidad.

También, esa tarde, ya adoptada por el Griego y el resto de los vecinos, me enteré de que dos miércoles al mes se reúnen en una de sus casas. Las van rotando. Cada uno lleva algo para beber y comer. Aprovechan de ponerse al día, pedir ayuda en algo, o darla. Pero ante todo, celebran el hecho de compartir el mismo trocito minúsculo del planeta.

Estoy segura de que si me quedara aquí más tiempo, descubriría otras iniciativas como estas. Iniciativas que no vienen del Gobierno, ni del municipio, ni de un candidato, si no que de las personas que habitan la ciudad y buscan transformarla en un lugar más amable. ¿Por qué nosotros no seguimos este ejemplo?