Columnas

Tu hijo no necesita esa pantalla

Un niño de 9 años puede ser feliz de muchas otras formas además de colgarse de teléfonos y iPads.

  • Carolina Pulido

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Hace unas semanas hablé en este espacio sobre la obsesión de mi hija por las pantallas, y de mi inquietud con respecto a la efectividad de mis políticas regulatorias. Porque no veo beneficios en ellas para mi hija de casi 9 años. El punto es que son parte de la vida. Y parece un contrasentido intentar mantenerla al margen.

Con ese espíritu, y también motivada por un arranque de espontaneidad, decidí reaccionar positivamente al entusiasmo de ella mientras miraba mis fotos de Instagram. “Sube el video en que salgo bailando, mami”, me dijo. Yo recordé que hace unos meses la gente me comentó que había visto un video de mi pequeña show woman luciendo su cara con orejas de conejo en mi historia de Instagram, de esos que duran 24 horas y que yo desconocía por completo hasta ese momento. “Abramos tu propia cuenta. Ahí subes tus fotos. Solo para la familia”, me surgió. Fue cosa de minutos abrir la cuenta, delimitar la privacidad y que ella subiera su primera selfie.

Una hora estuvo seleccionando de mi archivo de imágenes los videos y fotos para subir, además de armar su lista de amigos. Todos la siguieron de vuelta. Les puso me gusta a todas las fotos que vio y no se cansó hasta que le dije no más. Al día siguiente había pedidos de amistad de tres amigas mías, además de mi cuñada, y de dos tipos que quién sabe de dónde salieron… a los que evidentemente eliminé en un suspiro.

Llegó del colegio a mirar su cuenta, a sacarse fotos y subirlas y a mandarles mensajes a sus tíos. Yo empecé a captar que era una mala idea. “Este juego va a ser por una semana solamente, porque no tienes edad para usar redes sociales. Hay personas malas que podrían querer ser tus amigos y tú eres muy chica para entenderlo”. Siento confesar que soy una de esas madres que consiguen ciertos objetivos usando un poquito el miedo. Lo que puede ser positivo si calculamos que tener conciencia del peligro en un mundo como este es lo mínimo.

Día 3. Una amiga lejana, tres tipos y dos mujeres desconocidas quieren ser amigos de mi princesa. Por qué. Qué parte de sus cabezas considera deseable ser amiga de una niña de 8 años. Y qué algoritmos conectan a esa gente con ella. Decido cerrar la cuenta. La frustración de mi hija dura menos que el Súper 8 con maní que se comió esa tarde.

Ese mismo día me entero del caso de la niña de 15 años que murió luego de ser drogada y violada en Quinta Normal por su nuevo amigo de Facebook. Y por la noche el padre de mi criatura me envía un mensaje donde aclara que la edad mínima que recomienda Instagram para empezar a usar su app es 13 años. Por unos minutos me alegro de que ella aún sea un bebé y todavía no me toque enfrentar esa realidad que puso sobre la mesa la comentada serie “13 Reasons Why”: adolescentes hiperconectados, activos sexualmente, víctimas de un nuevo tipo de bullying que parece invisible porque solo existe en las redes sociales, y padres que viven en la luna porque no poseen, no alcanzan a poseer, las herramientas tecnológicas que sus hijos usan como prolongación de sus cuerpos.

Me va a tocar. Y pronto. Y me queda claro que el único camino es educar e insistir en los peligros de este nuevo mundo, porque no se ha inventado un mejor método para proteger a nuestros hijos. Por ahora sigo fiel a mis creencias y mis políticas regulatorias. Un niño de 9 años puede ser feliz de muchas otras formas además de colgarse de teléfonos y iPads. Quiero decir que no la estoy privando de nada que realmente le interese. Sin mencionar lo beneficioso que es para cualquier niño el aburrimiento y la creatividad, y el juego que inevitablemente sale de ahí.