Columnas

La dictadura del buen gusto

Cuando llegué a Inglaterra en los 80, me maravillé ante la libertad de los ingleses para vestirse. Era el tiempo del punk, de Vivienne Westwood, quien llevó a las pasarelas el estilo desenfadado de la calle.

  • Carla Guelfenbein

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Ilustración por Consuelo Astorga

Desde niña me gustó la ropa. Recuerdo una falda amarilla de lana que usaba con un suéter verde que tenía tres pompones rojos. Debo haber parecido una bandera, pero a mí me fascinaba. Tenía por entonces unos ocho años. Esta afición fue creciendo con el tiempo. Mi mamá, en cambio, tenía un desprecio intelectual por todo aquello que pudiera ser tildado de frívolo. Se vestía siempre igual, con un par de jeans negros y un suéter negro de cuello alto, al modo de las existencialistas. Mis amigas la encontraban excéntrica. No recuerdo haber ido de compras con ella. Mi afición le parecía superficial e innecesaria.

Por eso, yo misma hacía mi ropa. Faldas largas de colores y camisetas que teñía en una gran olla con anilina. Cuando llegué a Inglaterra en los 80, me maravillé ante la libertad de los ingleses para vestirse. Era el tiempo del punk, de Vivienne Westwood, quien llevó a las pasarelas el estilo desenfadado de la calle. La moda era una observación constante del mundo que te rodeaba, y hacías de ella lo que se te daba la gana.

Cuando volví a Chile, diez años más tarde, me llamó la atención la uniformidad en el vestir. Había aquí un paralizante miedo al qué dirán. La mayoría de las mujeres distinguidas -con excepción de unas cuantas osadas- se vestían emulando lo que se suponía era ‘elegante’ en las grandes ciudades del mundo, pero que en realidad no era más que el estilo de las mujeres convencionales. Atuendos clásicos sin grandes riesgos ni acentos que los distinguieran. Descollar era un pecado.

Esta dictadura del buen gusto no solo abarcaba el campo de la moda, sino el ámbito completo del comportamiento. Cualquier expresión que se saliera del patrón establecido por este grupo era considerada de ‘mal gusto’. Y el mal gusto era castigado severamente con la total exclusión. Un resbalón y quedabas fuera. Habiendo vivido más de diez años en un país donde la libertad era el único credo, esto me choqueó.

Cuando llegué a la revista Elle a fines de los 90 como directora de arte y luego como editora de moda, tuve la suerte de que las cosas estuvieran comenzando a cambiar. Las mujeres chilenas empezaban a encontrar su propio estilo, a atreverse a sobresalir, a mezclar estilos. Recuerdo que hicimos producciones de moda osadas, en que texturas, colores y estilos eran mezclados con arrojo y desparpajo. Junto a la directora de la revista, Constanza Vergara, creamos un diálogo entre nuestras páginas de moda y la calle.

Hoy, alejada de ese mundo, la moda sigue divirtiéndome. Me gusta observar cómo ciertas tendencias se van imponiendo, y lo que en un principio podía parecer detestable -como los jeans rasgados- hoy son parte del guardarropa de cualquier mujer moderna. Me gusta caminar por las calles del mundo observando el vestir de la gente, y me regocijo sobre todo con esas mujeres mayores que desarrollan su propia forma de elegancia. Me encanta cómo un atuendo puede hacerte cambiar de ánimo, de actitud.

El estilo es la expresión de nuestro yo, y las personas que tienen un gran estilo son personas que se conocen a sí mismas y utilizan sus atuendos como una forma de expresarlo. Mi madre era una de ellas. Su estilo parco y a la vez revolucionario para su época expresaba muy bien a la mujer que era. Si aún viviera, estoy segura de que la vería con sus jeans y sus suéteres negros, paradójicamente, el atuendo perfecto para una mujer moderna.