Columnas

Mamá vieja

Las madres mayores de hoy son más conscientes de la crianza, de su salud y se sienten emocionalmente más maduras para emprender la tarea.

  • Carolina Pulido

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Lo encontré en Twitter: un estudio del Journal of Epidemiology llegó a la conclusión de que ser mamá vieja, como una, era mejor para los hijos. Y me encantó, claro, porque cada vez somos más las que emprendemos este viaje llamado maternidad después de los treinta y tantos, y lo hacemos con un poco de aprensión porque, desde el punto de vista biológico, los mejores años en términos de fertilidad coinciden con aquellos que dedicamos al progreso profesional. A partir de los 35 la curva de fertilidad decae drásticamente y aumentan además los riesgos para la mamá y el hijo.

El estudio en cuestión hablaba de las ventajas de la maternidad tardía en estos tiempos. Para ello tomó como evidencia los resultados de tres investigaciones llevadas a cabo en Inglaterra, entre 1958, 1970, 2000 y 2002, donde participaron 10 mil niños. Se comparó la edad de las embarazadas frente a la capacidad cognitiva de los niños una vez cumplidos los 10 años. Y el resultado es fascinante: los hijos de madres que dieron a luz entre los 35 y 39 poseían puntuaciones cognitivas más pobres que los de madres con menos años.

Pero, sometidos al mismo procedimiento una década más tarde, las conclusiones se invirtieron. Los niños de madres de 35 a 39 años demostraron una mejor evolución cognitiva que los de las gestantes jóvenes. ¿Cómo se explica? Al parecer tiene que ver con los rasgos culturales y económicos de las mamás, porque las características de las madres mayores han cambiado drásticamente con el tiempo. En las publicaciones previas las primerizas mayores de 30 tenían más probabilidades de embarazos múltiples y posiblemente eran más pobres y con menor acceso a la educación, mientras que en el estudio posterior, en 2002, tenían más probabilidades de ser educadas y llevar una vida más cómoda. A esto se suma que las madres mayores de hoy son más conscientes de la crianza, de su salud y se sienten emocionalmente más maduras para emprender la tarea. Como si fuera poco, resultaron ser menos propensas a fumar y más propensas a amamantar, en comparación con las madres más jóvenes. Todo un cambio de paradigma.

Y es tan cierto lo anterior. Lo de la conciencia de criar, por ejemplo. Lo de tomarse en serio embarazo y lactancia. Lo de estar informadas y tomar mejores decisiones en términos de educación y crianza. Tiene desventajas también, obvio. Era verdad que a cierta edad una despierta adolorida, y no ayuda que sean las 6 a.m. y haya que preparar loncheras con almuerzos. La energía decae y ya no estás para jugar a las escondidas o saltar en la cama elástica (aunque si lo pienso, dudo que alguna vez hubiese sido distinto en mi caso). Puede que no alcances a ver cómo tus nietos llegan al altar o que no seas la abuela participativa que es tu madre. O puede que cuando otros padres se retiren a vivir su madurez en una casita frente al mar tú recién estés hablándole de sexualidad a tu hija adolescente (y haciendo hora frente a la tele para ir a buscarla a su carrete juvenil).

Pero nadie te quita los largos y despreocupados años de juventud que tienes en el cuerpo y el alma. Y si leemos correctamente los resultados del estudio, nadie les quita a tus hijos la presencia y madurez con que los criaste. Sin duda ayuda el hecho de tener menos ansiedad con el éxito porque, después de cierta edad una ya no siente que debe demostrarle al mundo que puede llegar lejos. Después de cierta edad una mira el futuro con más calma y valora la calidad de vida o el tiempo en familia más que la carrera por ascender. Y finalmente, como dijo una colega y amiga: ya no te ronda el fantasma de ser igual a tu mamá porque no fuiste, no eres ni lo serás; no solo porque decidiste ser madre cuando tu carácter y tus ideas estaban ya instaladísimos, sino porque, tal como señala el estudio, las mujeres de entonces no tienen nada que ver con las de ahora.