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Solo un chiste

Que le ponen color. No hay para qué ser tan grave, dirá usted. Pero sí hay para qué. No puede ser natural ver y oír este tipo de cosas todos los días. Ya no.

  • Carola Pulido

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Que le ponen color. No hay para qué ser tan grave. Debe ser lo primero que pensaron muchos después de la bullada participación de Sebastián Piñera en una actividad de campaña en Linares. “Bueno muchachos -dijo sonriente el candidato-, me acaban de sugerir un juego muy entretenido: todas las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas, y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos”. Creo que nadie se rió mucho. Menos los millones de mujeres que vimos el video que dio la vuelta al mundo. A las pocas horas, no solo no era gracioso: era ofensivo, violento y sexista.

Piñera no es el único ni el primero. Para ilustrar, recordemos las declaraciones del ex comandante en jefe de la Armada Jorge Arancibia respecto a la red de espionaje que sostenían funcionarios de la fragata Lynch para acechar a sus compañeras. El problema para él no era que los marinos vulneraran los derechos humanos de sus pares femeninos, sino que la institución nunca debió haber permitido que ellas se integraran a sus filas. Y cómo olvidar la defensa de Gabriel Salazar, premio Nacional de Historia, de los profesores desvinculados de la Universidad de Chile por casos comprobados de acoso sexual a alumnas: “Yo no las vi muy destruidas psicológicamente -a las denunciantes-. Los que sí están destruidos son los dos profesores acusados. No sé si un acoso estúpido da para la pérdida que se produjo por esto”. Si yo fuera extraterrestre y me presentan a estos terrícolas, pensaría en los hombres como tiernos animalitos sin cerebro y en las mujeres como simples carnadas puestas ahí para sacar lo peor de ellos.

Que le ponen color. No hay para qué ser tan grave, dirá usted. Pero sí hay para qué. No puede ser natural ver y oír este tipo de cosas todos los días. Ya no. Los tiempos están cambiando gracias a nuestras batallas, como algún día hicieron las suffragettes, a quienes debemos el derecho a voto. Hoy la demanda es otra: queremos sueldos equivalentes. Queremos representación política. Queremos poner fin a los abusos: a la violencia, a las descalificaciones, a la violación, al asesinato. Y tenemos redes sociales. Y celulares con cámara. Esto quiere decir que, a diferencia de los tiempos de las suffragettes, nadie sale ileso después de revelar su lado brutal.

En el resto del mundo, cuando alguien lanza declaraciones como las de Piñera, debe renunciar. David Bonderman era hasta hace poco el segundo de abordo de Uber Internacional. Durante una reunión, su compañera Arianna Huffington habló a los empleados sobre la importancia de sumar mujeres al equipo directivo de Uber, ya que “cuando hay una mujer en el consejo, es probable que haya una segunda mujer en el consejo”. La respuesta de Bonderman fue lamentable: “En realidad, lo que es probable es que se hable más”. Indignación masiva. Señor, renuncie. Fin.

Que le ponen color. Es solo un chiste. Sí, lo es. Pero para construir realidades hay que partir por el lenguaje, por los códigos. No sirve aprobar leyes que suenan lindo en el papel, si en la práctica tenemos a estos señores tomando decisiones por nosotras. Tal vez el mundo ya no esté para ellos. Tal vez sea hora de que dejen de resistirse y cedan el paso a las nuevas ideas.

¿Por qué un candidato a la Presidencia no puede darse el lujo de equivocarse con un tema tan sensible? Porque vive en un país donde solo este año se han producido más de 37 femicidios. Porque todos fuimos Nabila Riffo mientras vimos su cara mutilada en televisión intentando condenar a su infame pareja y a la vez defenderse de abogados, jueces, periodistas que osaron culpabilizarla. Porque merecemos gobernantes a la altura de los cargos, que fomenten la igualdad y la no violencia, y que entiendan desde lo más profundo que los hombres no son superiores ni dominan ni poseen a las mujeres. Cuando eso sea una realidad, podremos reírnos de los chistes machistas.