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¿Qué estás dispuesto a hacer por tu planeta?

Es hora de actuar. Ya no están los tiempos para esperar sentados que los líderes reparen los desastres que ellos mismos impulsaron.

  • Carolina Pulido

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Ilustración Consuelo Astorga T.

No me gusta ser pesimista y me esfuerzo día a día por mirar la vida y el mundo de la manera más luminosa posible. Pero cuando pienso en el camino que estamos recorriendo como sociedad, en la forma en que a estas alturas de la historia hacemos las cosas y hacia dónde nos está llevando esta conducta, la tarea se hace titánica. No hay cómo encontrarle el lado amable.

El egoísmo, la ambición y la desidia nos están destruyendo. Nuestro actual ritmo de vida le exige al planeta un 50% más de recursos naturales de los que puede proveer. Puedes hacer como Trump y negarlo. Decir que no eres responsable. Que no tienes nada que ver con los veranos cada vez más calientes, tanto que provocan sequías e incendios nunca antes vistos, o con los deshielos en la Antártica, las marejadas en la costa y las inundaciones en el norte. Sí, el nuestro es uno de los países más azotados por este fenómeno, y los efectos se están dejando ver de una manera tan gráfica que es imposible hacer vista gorda.

Científicos, gobernantes y políticos de todo el mundo son enfáticos en la gravedad de esta realidad y buscan desesperadamente formas de revertir nuestro sobreconsumo de recursos. Todos, excepto Estados Unidos, que acaba de abandonar el inédito Acuerdo de París, uno de los que han logrado mayor consenso a nivel mundial y que busca disminuir las emisiones contaminantes para limitar el aumento de la temperatura promedio del planeta.

¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Nos resignamos a ver cómo la Tierra se destruye? Nuestros ancestros sabían que el planeta es vulnerable y que la naturaleza debía ser respetada como se respeta y ama a la propia madre. Cada átomo de la Tierra está tan estrechamente interconectado que nuestras acciones, por insignificantes que parezcan, tienen efectos a todo nivel. Y esto aplica desde el ángulo optimista y el pesimista.

Es hora de actuar. Ya no están los tiempos para esperar sentados que los líderes reparen los desastres que ellos mismos impulsaron. Es una lata llenar tu cocina de basureros de colores, llevar tus desechos al punto limpio cada vez que es necesario. Es fome dejar atrás placeres que nos acompañan desde siempre, reducir las duchas largas, desenchufar el cargador del celular cuando no lo usas, eliminar bolsas y botellas plásticas, usar ampolletas y pilas ecológicas. Pero ya no queda otra. Si alguien aún no lo entiende (además del irresponsable que gobierna los Estados Unidos de América), entérese: estamos viviendo en alerta roja. El mundo se muere ante nuestros ojos y es hora de preguntarte qué estás dispuesto a hacer.

Yo lo hice hace poco. Investigué sobre las acciones verdes que podrían hacer una diferencia y me encontré con varias; pero hay una en particular, simple y al alcance de cualquiera, que todos deberíamos conocer y practicar. Urgentemente. Hay que disminuir del consumo de carnes rojas. Dejar de comerlas si fuera necesario. ¿Por qué? Porque esa industria es clave en este diagnóstico poco auspicioso.

La deforestación del Amazonas se relaciona directamente con la necesidad de cultivar soya que alimenta al ganado. Según estudios de la FAO, la industria de la carne roja contamina más que el transporte y es responsable del 37% del gas metano que se lanza a la atmósfera, un gas que es 23 veces más eficiente que el CO2 en causar el efecto invernadero.

Si no basta con esos datos, toma nota: la producción de carne y lácteos representa el 70% del consumo mundial de agua dulce, el 38% del uso total de la tierra y el 19% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y sigue: el exceso de antibióticos con que controlan el ganado está causando estragos en la salud humana, sin mencionar un asunto no menor: las condiciones de vida y muerte de estos animales están cada vez más lejos de los niveles mínimos de compasión, ética y respeto que podemos esperar.