Entrevistas

A paso lento

Las nuevas generaciones de padres comienzan a modificar el modelo tradicional de la paternidad, aquel que suponía que existe una mujer que cubre las tareas del hogar mientras ellos se concentran en su papel de proveedor. Eso sí, para que este cambio sea posible es importante promover el rol del padre en el cuidado y la crianza de los hijos e hijas desde el conjunto de las políticas públicas, algo que hasta ahora está en pañales.

  • Patricia Morales

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En junio de 2015, el psicólogo español Alberto Soler (35) fue al supermercado con sus dos hijos de 15 meses. En la fila para pagar, dos señoras conversan y concluyen: “Hay que ver lo que ayudan ahora los hombres a sus mujeres con los hijos”. Aunque esta era una situación perfecta “para provocar y sacar su lado más feminista”, según cuenta en su blog, era también la hora de comer de los niños, así que sonrió, agradeció y siguió camino a casa. Pero el asunto no quedó ahí. Como no pudo responder en ese momento, decidió contar su experiencia en una columna que tituló: “Yo no ayudo a mi mujer con los niños ni con las tareas de la casa”, la que en menos de 24 horas fue compartida más de diez mil veces en Facebook y se transformó en viral bajo el hashtag #yonoayudo.

Aunque a primera vista ese titular parece ser la confesión de un hombre machista que se desliga de los quehaceres familiares, es justamente lo contrario. “No, yo no ayudo a mi mujer con los niños porque no puedo ayudar a alguien con algo que es mi entera responsabilidad. Los hijos, al igual que las tareas domésticas, no son el patrimonio de nadie: ni pertenecen a la mujer ni pertenecen al hombre. Son responsabilidad de ambos”, explica en su columna.

Y lo que fue una escena cotidiana en cualquier supermercado en el mundo, habla en realidad de un cambio generacional. Seguramente muchas de nuestras madres o abuelas pensarían lo mismo que ese par de señoras con las que se encontró Alberto en el supermercado, aunque a buena parte de las diez mil personas que compartieron su columna por redes sociales les parezca un comentario muy pasado de moda. “En la construcción de la identidad masculina, el análisis de la paternidad está sujeto a los efectos de la transformación de la sociedad moderna: la modificación de las identidades femeninas, la crisis de la masculinidad a partir del cambio cultural y el papel de la familia como referente de la cotidianidad en la que se erigen y reproducen los roles de género”, explica Rafael Montesino, profesor investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, en su artículo La Nueva Paternidad: Expresión de la Transformación Masculina (2004).

¿Nueva paternidad?

Para Montesino este concepto se relaciona con la emergencia de una masculinidad que reconoce a la contraparte, la feminidad, como un igual, y asume que los compromisos de la pareja, fuera de la reproducción biológica, se comparten de manera igualitaria. “Las nuevas generaciones de padres intentan replantear el modelo tradicional de la paternidad y dar paso a una sustentada en un ejercicio racional de la autoridad que genere relaciones familiares más placenteras y libres del peso de normas anticuadas que más provocan el distanciamiento entre los miembros de la familia en vez de una proximidad basada en el afecto y respeto por los demás”, explica.

En Chile, el psicólogo e investigador en masculinidades y paternidades Francisco Aguayo prefiere no usar el concepto de nueva paternidad y asegura que, al menos en nuestro país, hay más discurso que práctica. “En América Latina -y la cifra se replica en Chile- todavía cerca del 50% de las familias se constituyen con un padre que es el proveedor económico y una madre que se queda en la casa a cargo de los hijos, y solo en un poco más del 30% de las familias hay dos proveedores económicos (padre y madre)”, explica. Y agrega: “En estas últimas hay más condiciones para la corresponsabilidad, pero aun el porcentaje en el país es muy bajo. Son por lo general hombres más jóvenes y con mayor escolaridad los que están más motivados con el tema; efectivamente se observa un cambio importante en ese segmento, pero es muy lento a nivel país”.

Otra cifra que sorprende es la que arrojan las encuestas de uso de tiempo. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) acaba de publicar el informe Panorama Social de América Latina (2016). En él se demuestra que las mujeres de la región destinan en promedio entre un 20 y un 30% de su tiempo diario o semanal al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que en el caso de los hombres esta proporción se encuentra en torno al 10%. “Sigue muy presente la idea de que ellas son las que están a cargo de las tareas de cuidado y crianza y tareas domésticas, independiente de que ambos sean proveedores económicos”, explica Francisco Aguayo.

Sin embargo, y a pesar de los números, sí podemos hablar de un cambio cultural. “Hay evidencia que muestra que los hombres que tuvieron un papá involucrado en las tareas domésticas y de cuidado son hombres que participan más, y en el caso de las niñas, cuando han crecido viendo igualdad en el rol de sus padres, se trasforman en mujeres más empoderadas y es más probable que tengan más escolaridad y que en el futuro su ingreso sea mayor”, concluye el experto. El ejemplo es muy importante para avanzar en la equidad de género, así como también en las políticas públicas, para que este cambio sea significativo.

Una tarea pendiente

Uno de los instrumentos más modernos de la legislación laboral en América Latina para impulsar los cuidados compartidos desde el mundo del trabajo son los permisos parentales. En Chile, en octubre de 2011 entró en vigencia la ley que extendió hasta las 24 semanas el cuidado de la madre que trabaja de su hijo recién nacido. El subsidio consideró, además, la opción de traspasar un mínimo de una y hasta seis semanas de su posnatal al padre.

Entre los objetivos de esta ley estaba el fortalecimiento de la figura paterna en los primeros meses del hijo y el fomento de la corresponsabilidad parental, es decir, que madre y padre compartan el cuidado de su hijo. Sin embargo, seis años después de su promulgación la participación del hombre que trabaja en esos primeros meses está lejos de concretarse. En 2016, de un total de 100.714 licencias otorgadas, solo 190 hombres hicieron uso del traspaso (0,18%), según la Superintendencia de Seguridad Social. “Pese al importante avance que significa la creación del permiso posnatal parental, las cifras de su adopción por parte de los padres son claramente insuficientes en términos de facilitar una mayor corresponsabilidad entre hombres y mujeres así como el ejercicio efectivo de una paternidad más cotidiana”, dice Carina Lupica, consultora de la División de Asuntos de Género de la Cepal, en el documento Corresponsabilidad de los Cuidados y Autonomía Económica de las Mujeres, Lecciones Aprendidas del Permiso Posnatal Parental en Chile.

La especialista explica que para lograr un cambio cultural efectivo no solo basta con implementar políticas de sensibilización y comunicación, es importante transversalizar el enfoque de parentalidad promoviendo el rol del padre en el cuidado y la crianza de los hijos e hijas desde el conjunto de las políticas públicas. “Por ejemplo, desde las aulas se puede promover el rol protagónico de los padres en las tareas del hogar y de cuidado; desde las políticas de infraestructura comunitaria, mediante la incorporación de mudadores en los baños para hombres en las salas de atención al público, y desde las políticas sanitarias, facilitando la participación de los hombres en el parto o en los controles sanitarios de los niños y niñas, por citar algunos ejemplos”, dice Carina.

Para Francisco Aguayo, en el caso chileno, el diseño de la ley no fue el correcto. “Tiene barreras como que coincide con el período de lactancia exclusiva (que promueven la Organización Mundial de la Salud y el propio Estado), por tanto es poco razonable pensar que la mamá le va a ceder esos días al padre; es transferible, y la evidencia comprueba que cuando es así lo tienden a tomar las mamás; por lo tanto no promueve ni la paternidad ni el involucramiento de los hombres en el cuidado y la crianza, ni un cambio cultural”, enfatiza. Para el especialista, casos como el de Islandia, donde tienen tres meses para la mamá, tres meses parental (que puede tomar uno u otro) y tres meses para el papá exclusivo, son un buen referente que se respalda con cifras de uso cercanas al 80%.

Son estos mismos países los que han permitido demostrar que, en comparación con niños que no tuvieron papás presentes e involucrados, aquellos que sí presentaron un mejor desarrollo cognitivo, rendimiento académico, habilidades sociales, autoestima y salud mental. Por eso es importante -y una de las conclusiones del documento de Carina Lupica antes mencionado- que mientras se mantenga la idea de que el cuidado no es un derecho de ciudadanía y, por tanto, el Estado y la sociedad no se comprometan con su atención a través de la corresponsabilidad y desde un enfoque de parentalidad, este tipo de actividad continuará siendo subvalorizada y asumida por los grupos que tradicionalmente se han hecho cargo de ella, es decir, las mujeres.

“Yo me tomé el posnatal”

El abogado Matías Meza (36) es funcionario público, trabaja en la Biblioteca del Congreso en Valparaíso y es parte del 0.18% de los chilenos que han hecho uso del posnatal parental. “Me tomé tres semanas, aunque hubiésemos preferido que fuese mucho más, pero lo que yo me tomaba era en menoscabo de mi señora, y ella, obviamente, también quería estar con nuestro hijo, así que buscamos un equilibrio”, cuenta. En su caso dos factores facilitaron la decisión. Lo primero es que su mujer trabaja en un programa de estudios donde tiene horarios relativamente flexibles, lo que les permitió de cierta manera poder estar ambos, al menos en las mañanas. Lo segundo es que él, al ser funcionario público, durante esas semanas recibió su sueldo completo, algo que no ocurre con el resto de los chilenos que trabajan en el sistema privado, que en el caso de hacer uso de este beneficio se deben ajustar al tope imponible. “Si yo hubiese estado en el sistema privado no podría haber tomado el posnatal porque no podemos sostener nuestros gastos con el sueldo de mi señora y con el mío rebajado”, cuenta. Matías fue el primero en hacer uso de este beneficio en la institución donde trabaja, y aunque reconoce que no tuvo problemas para hacerlo (salvo que, según él, ni en su trabajo, ni en el de su mujer, ni en la Inspección del Trabajo sabían cómo se hacía el trámite), mientras conversamos su esposa le recuerda que sus compañeros hacían bromas con su decisión. “Reconozco que soy afortunado, muchos factores facilitaron, y hasta el día de hoy facilitan, que pueda compartir mucho tiempo con mis hijos, pero creo que esos días que me tomé fueron totalmente insignificantes, incluso me cuesta acordarme porque fue muy poco. Debería ser muy distinto, hay una falta de reconocimiento social a la importancia de ser padres, y el Estado debería permitir que padres y madres estén cerca de sus hijos al menos los dos primeros años, porque es muy fome no poder estar con ellos todo lo que uno quisiera”, concluye.