Columnas

El triunfo de los dormilones

El mundo nos empuja a ser cada vez más productivos, a cumplir con más prontitud nuestras metas, y una de las formas más evidentes para hacerlo es quitarles tiempo a esas horas infructíferas del sueño.

  • Carla Guelfenbein

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Siempre he sido una dormilona empedernida. Al punto de que mis hijos me llaman ‘foca’, y me regalan animalitos de peluche de esta índole para mis cumpleaños. Podría hasta hacer una colección con ellas. Necesito entre nueve a diez horas de sueño, además de una intransable siesta después de almuerzo. Incluso en mis giras de promoción. Siempre, de alguna forma, me las arreglo para dormir un ratito, ya sea sentada en algún lobby de hotel, en un tren, en el suelo, o donde sea. Necesito detener la cabeza y cobijarme en el silencio del sueño. Pueden ser diez minutos o media hora, pero después vuelvo a estar despejada, llena de energía, preparada para los desafíos que restan del día.

Por mucho tiempo me sentí culpable de ser tan ‘foca’. Envidiaba a aquellas personas que pueden dormir cinco o seis horas, levantarse al alba, ir a correr antes de la salida del sol y estar tomando desayuno a las seis de la mañana, prontos a sentarse frente a su computador o salir a trabajar. Mientras yo, la foca, sumida en el más profundo sueño, malgasto esta única vida que se me ha otorgado.

El mundo nos empuja a ser cada vez más productivos, a cumplir con más prontitud nuestras metas, y una de las formas más evidentes para hacerlo es quitarles tiempo a esas horas infructíferas del sueño. Más deporte, más trabajo, más tiempo para los hijos, para la familia, los amigos, más vida social, más de todo. Admiramos a aquellos que no descansan. De hecho, muchos de los líderes del mundo confiesan dormir muy poco. Donald Trump confiesa dormir entre 3 y 4 horas diarias, según él para estar siempre informado del acontecer del mundo (de qué le sirve, me pregunto yo). Se decía que Winston Churchill, que comandó el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, dormía cuatro horas. Por su parte, Silvio Berlusconi, ex primer ministro de Italia, dormía entre 2 y 3 horas al día. Ellos son los ganadores, los que llegan lejos, los dueños del mundo. Mientras nosotros, los dormilones, somos una suerte de escoria que se arrastra roncando (sobre todo cuando se da en los especímenes masculinos).

El resultado de este desprecio por el sueño es que nuestra sociedad padece de una enfermedad ‘viral’: el insomnio. Y todo esto a pesar de que los estudios del sueño, desde sus inicios, han recalcado su importancia. Es en esta no actividad donde se restauran las células, el sistema neurológico, inmunológico, etc.… Es en el sueño donde se estabiliza el ánimo.

Sin embargo, después de casi un siglo de despreciar a los dormilones y tildarnos de perezosos, el mundo está empezando a envidiarnos y buscar formas de emularnos. Porque el insomnio no solo surge por el descrédito del sueño, sino también porque hemos construido espacios que no nos ayudan a respetarlo. Basta apretar un botón para prender la televisión, basta saltar de la cama para estar de vuelta frente a nuestro computador, basta que nuestro jefe nos envíe un WhatsApp en medio de la noche para que nuestro sueño se vea interrumpido. También los adoradores de la acción se han dado cuenta de que no por ir más rápido llegan necesariamente más lejos. O si llegan, lo hacen a costa de su salud y de su futuro. Muchas veces somos los dormilones quienes rebosantes y tranquilos llegamos antes a la meta.

Por eso han surgido centros donde la gente en lugar de ir a hacer deporte va a dormir. Salas que en lugar de bicicletas están llenas de confortables camas king, con relucientes cobertores blancos y almohadas de pluma, música relajante y, sobre todo, licencia total para dormir como es debido. Como hace siglos venimos haciendo los dormilones. ¡Ya verán! Este es solo el comienzo. Pronto los dormilones estaremos dominando el mundo.