La Comensala

The Singular Santiago

El servicio fue superatento; acompañamos con una copa de vino que, para servirlo, trajeron la botella, una costumbre que destaco y debiera replicarse.

  • Pilar Hurtado

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Aprovechando un generoso descuento de una tarjeta de crédito,  mi madre me invitó a almorzar a este céntrico hotel. Ahora veníamos con las expectativas altas, por el recuerdo de cuando estuve aquí hace un par de años y por sus premios (mejor restaurante de hotel por el Círculo de Cronistas Gastronómicos). A llegar nos ubicaron en el pequeño comedor, con una gran lámpara de lágrimas al centro del salón, mesas cuadradas de madera oscura, paredes empapeladas, sillas de cuero verde y otras con tapiz, con una onda totalmente cincuentera. La música es también de esa época, que me encanta, y el conjunto es elegante y muy agradable.

Mi madre quería comer foie gras, casi que por ese antojo me invitó a este almuerzo, así que pedimos el que viene sellado con puré de huesillos, frutos rojos y syrup de manzana. El hígado entero estaba bien sellado, a buena temperatura y delicioso, lo sirven con unas tostadas casi transparentes de lo delgadas, muy crocantes. Lo único que nos hizo ruido es que el hígado venía con una membrana que molestaba al comerlo, la que es posible sacar según nos explicó después un amigo cocinero que trabajó en Europa; nos parece que un plato de ese precio y un local de este nivel no puede caerse en algo así.

La otra entrada fue una tarta tibia de queso brie con hojas verdes, manzana y vinagreta de limón y miel, justamente tibio y el aliño de la ensalada, rico; nos gustó. Como fondos, que sirven con fanal plateado, pedimos magret de pato con frutas de la estación y salsa de naranja. Aquí la pechuga de pato estaba carnosa y rosada por dentro, correctamente preparada, con una suerte de puré de naranja y frutas en el plato. A propósito de esto, en la carta se presentan los productos como de pequeños productores, y en relación a eso me hizo ruido que una de las frutas que acompañaba fuera piña, que tan poco identificamos con lo nuestro. Otro detalle: es tiempo de murtillas, y aquí las tenían en profusión, pero no debieran ponerlas en todo: estaban en el jarro de agua y en las dos entradas.

El otro plato de fondo fue pez de roca a la plancha con salsa romanesco y bayaldi de verduras (zapallito, tomate y berenjena grillados en tajadas muy delgadas), muy linda esta y todas las presentaciones. El pescado era rollizo y la salsa roja (tomate, pimiento y ajo, en verdad llamada romesco) estaba muy sabrosa. Un plato perfectamente mediterráneo.

El servicio fue superatento; acompañamos con una copa de vino que, para servirlo, trajeron la botella, una costumbre que destaco y debiera replicarse. De postre compartimos un tiramisú que estaba sorprendentemente rico, servido con helado y bolitas crocantes de chocolate. Los detalles comentados son pequeños y perfectibles, pero a un restaurante de esta categoría y precios yo le exijo más que a un café o picada. Consumo: todo lo descrito $68.090 (precio real). Pagamos menos, por cierto.

Nota 6.4 

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