Columnas

Un ejemplo a seguir

“(...) estoy segura de que el solo hecho de saber que existen personas que aún creen en el valor de las artes, de la interrelación de culturas, de razas y de género, es un signo de esperanza”.

  • Carla Guelfenbein

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Mientras escribo esta columna, Antonio, portorriqueño, radicado en Nueva York y coreógrafo, está en su estudio bailando desnudo; Hellen, oriunda de Irlanda, está en el suyo construyendo sus esculturas de miles de pedacitos; Joanna, estadounidense, está escribiendo el último cuento de un nuevo libro que saldrá a la luz la próxima primavera; Cori, de madre brasileña y padre africano, dramaturga, debe estar hablando en voz alta, mientras termina la última obra de teatro de su trilogía sobre Liberia, el país de donde proviene su padre; Tess, nacida en EE.UU. y joven habitante del mundo, no me cabe duda está buscando inspiración en algún recodo del parque para su próxima película animada; Jeremy, historiador e inglés de tomo y lomo, seguro ya le da las últimas pinceladas a su biografía sobre John Hersey, el escritor de la aclamada novela Hiroshima, que cuenta la historia de seis sobrevivientes de la bomba de Hiroshima, y Neil, judío de Berkeley, exhippy y hoy deportista empedernido, está en su estudio de música, con sus computadoras, componiendo su próxima obra. ¿Qué tenemos todos en común? Que hemos sido escogidos por la Fundación Bogliasco para pasar cuatro semanas en sus villas frente al mar en el pueblito de Bogliasco, próximo a Génova. Cada uno en su proyecto, cada uno con la vida resuelta para que nuestras obras sean el centro absoluto de nuestro quehacer por estas cuatro semanas, de una forma que en la vida cotidiana resultaría casi imposible. Por la tarde, todos emergemos de nuestros estudios y nos encontramos en la sala de la Villa Dei Pini, donde cenamos y compartimos nuestros avances del día. Estamos creando una obra conjunta, con la música de Neil, la danza de Antonio, una animación de Tess y el texto de todos los que trabajamos con las palabras. Ayer nos reunimos en la sala de Antonio, frente a sus espejos, y además de reírnos bastante creo que logramos entender mejor el trabajo del otro. Hoy muchas de las ideas que surgieron ya son parte de la novela que escribo, y estoy segura de que también de la obra de mis compañeros. Hay una increíble empatía entre nosotros, un increíble respeto. Todo parece sumarse de una forma casi mágica, como si el espíritu de aventura de los antiguos genoveses estuviera con nosotros.

En 20 años este centro de estudios ha recibido a casi 900 artistas de 55 diferentes países que han enriquecido con su obra el paisaje cultural del mundo. Las tres villas que lo componen fueron alguna vez propiedad de un solo hombre, Leo Biaggi de Blasys. Un gran amante y promotor de las artes. Después de su muerte, sus descendientes decidieron, en honor a él, donar las tres villas y crear una fundación con la intención de ayudar a cultivar nuevas ideas y expresiones creativas en el mundo. Hoy día la Fundación Bogliasco existe gracias a las donaciones de personas que comparten su compromiso con las artes y las humanidades. Si escribo esto y comparto esta experiencia, es porque en estos tiempos donde todo se mide por su valor en el mercado, donde priman la rabia, el enfrentamiento, la guerra y la ambición, estoy segura de que el solo hecho de saber que existen personas que aún creen en el valor de las artes, de la interrelación de culturas, de razas y de género, es un signo de esperanza. ¿Por qué no existe un lugar así en nuestro país? Hay suficientes familias como la de Leo Biaggi de Blasys, que bien podrían crear o donar sitios que fueran la cuna para el perfeccionamiento de las artes del mundo. Lugares como el centro de estudios de Bogliasco, de encuentro y de desarrollo para todo aquello que al final es lo que sustenta a las civilizaciones: su cultura. ¿Quién se anima?