Entrevistas

Francisca Imboden: mamá en dos tiempos

La actriz de Mega, protagonista de la teleserie Tranquilo Papá, ha vivido la maternidad intensamente y en dos etapas muy diferentes de su vida. Sus dos primeras hijas, Trinidad y Consuelo, nacieron cuando ella era una veinteañera estudiante, y más de una década después, y ya consolidada en lo profesional, llegó Mariano. Sobre esas experiencias nos cuenta en esta entrevista.

  • Josefina Strahovsky

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Fotos: Juan Pablo Sierra Producción: Fernanda Zamora Maquillaje y pelo: Carmen Botinelli

A los 21 años se imaginaba en París, viviendo en un loft, haciendo teatro callejero… pobre, pero feliz y sin más preocupaciones que vivir del arte. Eso, hasta que quedó embarazada y esa postal bohemia se transformó en otra donde ella era la aperrada madre de una familia con dos hijas, Trinidad (23) y Consuelo (21). “Esa etapa fue una mezcla entre jugar a las muñecas y darle para adelante. Una mezcla extraña porque en verdad no tenía tiempo para juegos. Ellas fueron absorbidas por la vorágine de mi vida, no había tiempo para detenerse, leer libros sobre maternidad, ni nada. Si la cabra tenía reflujo, había que solucionarlo y no estaba para buscar teorías”, recuerda.

Luego, a los 34 años y con dos hijas sobre los 10 años, soñaba con tener más tiempo disponible para retomar la lectura y sus proyectos manuales. Descansar un poco después de la prematura crianza. Y ahí llegó Mariano (12), para volver a cambiar las ideas preconcebidas de lo que sería su vida adulta. Con él lo hizo de una manera mucho más calmada y juntos comparten aficiones tan ‘de niño’ como subir cerros en bicicleta y disfrutar de todo lo relacionado a la saga de La Guerra de las Galaxias.

Cuando fuiste mamá por primera vez tenías la misma edad que hoy tiene tu hija Consuelo. ¿Te las imaginas viviendo lo mismo… siendo mamás jóvenes? Jamás. Ellas son mucho más guagualonas que como yo era a esa edad. A los 17 años me fui de la casa de mis papás en Viña para estudiar en Santiago y aprendí a manejarme sola; ellas todavía viven conmigo. En esa época yo ya tenía muchas ganas de tener lo mío, buscaba iniciar mi vida sola y aunque la familia llegó de sorpresa, sumó bien. A esa edad ya quería dejar de ser hija para ser independiente.

Y en eso llegó Trinidad, ¿fue muy fuerte el cambio? No, para nada, ella iba al hombro conmigo. Seguí haciendo lo mismo, pero ahora con la Trini. Estaba estudiando, y embarazada hice más ramos que los que me correspondían para avanzar. La tuve en vacaciones de invierno y volví normalmente a clases el segundo semestre. Nunca lo quise ver como una detención, quizás fue un poco egoísta de mi parte, pero como quería empezar a trabajar, necesitaba salir de la universidad lo antes posible. No podía quedarme pegada en los estudios.

¿Tenías muchas aprensiones siendo mamá joven? No, porque no tenía tiempo para cuestionarme. Sí me daba cuenta de que la Trinidad necesitaba más tranquilidad, pero no podía darme ese lapso. Ella se daba cuenta de que yo estaba nerviosa y se tomaba mucho rato, por ejemplo, para tomar papa. Tiempo que yo no tenía. La lactancia en ese sentido fue complicada, porque no tuve la tranquilidad para hacerlo como sí la tuve después. De todas maneras nunca quise sentirme culpable porque no tenía ni una posibilidad de quedarme en mi casa, porque no estaba el ‘horno para bollos’ y de que alguien me mantuviera.

Pero igual decidiste tener otra guagua bien pronto. Sí, es que ya me había casado y como yo tengo tres hermanas, con muy poca diferencia entre nosotras, quería copiar un poco lo mismo en mi familia. Con los hermanos se arma una cofradía superrica, nunca te sientes a la deriva y nada es tan terrible porque tienes a otro igual a ti que te acompaña.

¿Tenías un instinto maternal muy marcado? Nada, yo era superpoco guaguatera, nunca había mudado a una en mi vida antes de mis hijas. Con ellas se despertó una cosa que nunca había sentido. Me sorprendí a mí misma cuando fui mamá y me sorprendí también de hacerlo de nuevo tan pronto.

¿Cómo fue ese segundo parto, más programado? No, el parto de la Consuelo fue completamente distinto a la Trinidad. Ella nació con inducción, porque su papá tenía que viajar y apuraron el parto. Hasta el día de hoy creo que esa decisión no fue buena, no hay que inducir ninguna cosa.

¿Crees que tomaste esa decisión por falta de información o por inmadurez? Tenía 24 recién cumplidos, era chica igual. Si el papá me decía que quería adelantar el parto para estar, yo quería que él estuviera ahí, y le dije que sí. Queriendo cuadrarlo todo, pero siempre me quedó la duda. Ahora tampoco es nada terrible, pero cuando nació pensé altiro ’la empujamos’. Además, estuve 20 horas en trabajo de parto, ella no quería salir; mis otros partos fueron superrápidos y ella se demoró mucho más.

¿Con esa experiencia y más años encima, el embarazo de Mariano (12) fue diferente, más consciente? Fue muy distinto, estaba más grande, tenía más recursos y una vida más estructurada. Busqué un lugar, nada muy elegante pero donde se podía tener la guagua en una sala y no un quirófano, puse mi aromaterapia y música.

¿Investigaste mucho para tener el parto ‘ideal’? No, para nada. Ya había tenido dos guaguas, sabía que nada sería muy diferente a lo que ya me había pasado. No me obsesioné con el tema, y eso que tengo muchas amigas que sí. Ellas me regalaban libros y yo: “Ya, qué rico… gracias”, pero ahí quedaban los libros. De lo único que sí me preocupé más esta vez fue de mi alimentación y de la estimulación, porque sí tenía más recursos y espacio. Invertí un poquito más de tiempo aunque trabajé full todo el embarazo.

O sea, las tres veces te pilló superocupada. Sí, así es. Siempre moviéndome, corriendo de acá pa’ allá, nunca echada dando papa. Tampoco ha sido tan terrible, porque siempre he sentido esa necesidad de cumplir y rendir. Creo que no he conocido la ‘placidez’ del posparto y creo me aburriría también.

Las reglas son las reglas

Durante la infancia de sus hijas le tocó viajar mucho, una semana al mes, para cumplir con el exigente ritmo de grabación de las teleseries que protagonizó en TVN a fines de la década de los 90 y a comienzos del 2000. “Y en esa semana justo pasaba de todo, era la semana en que se caían, se quebraban un brazo, se enfermaban, y cuando yo llegaba estaba todo bien. Pero el estrés de coordinar todo por teléfono me agotó”, recuerda. Y cuando sus hijas le pidieron que pasara más tiempo en la casa decidió cambiar de equipo de trabajo y dejar los viajes. “Aunque igual por mi pega me he perdido de varios momentos importantes. Pero siempre me preocupa de que alguien sí los acompañe cuando yo no puedo”, cuenta. En lo que no ha transado es en las reglas que organizan el engranaje que mueve todo en su casa. Y no son pocas, asegura.

¿Esas reglas han cambiado de un ciclo de maternidad al otro? Soy ‘superregluda’ desde siempre, eso no ha cambiado. Los horarios de comida y dormir son importantes. Mis niños tampoco ven mucha tele, hay solo una en la casa y está en mi pieza, adentro de un mueble. No es que quiera demonizar lo que yo hago, pero ellos en verdad no la necesitan porque siempre tienen cosas que hacer. Me han salido fáciles mis hijos en ese sentido, porque siguen las mismas reglas que yo, toda la casa funciona así. Lo que sí ha cambiado, entre el primer ciclo y el segundo, ha sido mi actitud frente a la maternidad. Antes era muy histérica, neurótica. Llegaba cansada a la casa y me pillaba gritando para que ordenaran, además como no tenía tantos recursos y todo costaba más se generaba cierta tensión. Se me desordenaba una cosa y todo se iba a las pailas; estaba todo exactamente calculado para hacer calzar la economía familiar, que no permitía ningún imprevisto.

A pesar de que Mariano es hombre, ¿sientes que no lo ha criado tan diferente a tus hijas? Es que también me vino una cosa con la justicia en ese sentido. No quería consentirlo más porque era el menor y hombre; hubiese sido poco justo con las niñas. Ley pareja no es dura, eso pienso. La estructura base es la misma para todos. Lo que más me ha preocupado es que sean autovalentes, me cargan los niños con los dedos crespos. Igual son todos bien mamones y medio celosos entre ellos.

Y esas cosas que aprendiste con las niñas, ¿cómo las aplicas con un hijo? Es terrible porque es otra energía, otro rollo, otras prioridades. Con él me sorprendo todos los días. Nunca tuve muchos hombres en mi entorno, además de mi papá, no tenía mucha conciencia de la masculinidad. Y como todo niño, él tiene su personalidad marcada, es como un caballero en un mundo de mujeres. Y cacha todo, a veces me dice: “No le voy a ir a hablar a mi hermana porque está mal genio”. Es muy observador de las reacciones femeninas y es bien patero con nosotras. Con su papá hace las cosas de hombre y yo no he tenido que llenar esos espacios, por eso no me preocupa este ‘niño criado con niñitas’. Igual tengo que apañar en ciertas cosas como andar en bicicleta. Yo adapto las cosas porque, en verdad, no estoy para correr y jugar fútbol, y él tiene una energía superfísica.

¿Y en la educación? Porque has sido ‘apoderado’ en diferentes etapas de tu vida. Las niñitas tuvieron una educación más tradicional y Mariano, que comenzó en el mismo colegio que ellas, ahora está en el sistema Waldorf. Porque ahora todo es sicólogos y sicopedagogos, y cuando comenzaron con el tema del déficit atencional entendí que él necesitaba otra manera de aprender. Ese es un cambio muy notorio para las nuevas generaciones, porque antes no eran tan apurados para esas cosas, les daban más tiempo a los niños, ahora rápidamente te mandan al siquiatra. Y ahora él está feliz en su colegio, solo necesitaba un cambio.

¿Cómo te proyectas con las reglas de la ‘adolescencia’, que ahora tendrás que volver a imponerlas con Mariano? Con ellas aprendí harto y sé que los cabros no se crían solos, así que reglas tiene que haber. No sé lo que me va tocar con Mariano, cómo será su personalidad de adolescente. Lo que sí tengo claro es que trato de no imponer mis ideas, respeto a mis hijos como individuos. He tratado de que sobre las reglas estén sus decisiones, quiero que mis hijos sean ellos mismos. Prefiero que ellos busquen su identidad viviendo sus procesos. Si quieren ponerse el pelo de un color o usar una ropa en particular me da lo mismo, esas no son las reglas que me importan.

No te importa tanto la forma sino el resultado. No me importa nada la forma, en verdad, me interesa que sean felices en el proceso. Si los veo felices está bien, quiero que sean lo más auténticos posible, que no lleven una coraza desde chicos.