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Y eso fue lo que pasó

Mujeres aguardando que el maltrato y la traición lleguen a su fin. Arriesgando sus vidas y las de sus hijos. Me pregunto cuántas generaciones más de mujeres tendrán que pasar para que las cosas cambien.

  • Carla Guelfenbein

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Ilustración Consuelo Astorga T.

“-Dime la verdad.

Y él me contestó:

-Qué verdad.

Dibujó algo a toda prisa en su cuaderno y me lo enseñó: un tren largo muy largo con una nube de humo negro y él asomándose por la ventanilla y saludando con un pañuelo.

Le pegué un tiro entre los ojos.

Me había dicho que preparara el termo para el viaje así que fui a la cocina, preparé el té, le puse leche y azúcar y lo eché en el termo. Metí también el vasito y luego regresé al estudio. Fue entonces cuando me enseñó el dibujo y yo cogí el revólver que estaba en el cajón de su escritorio y le disparé.”

Así comienza la novela Y Eso Fue lo que Pasó, de la gran escritora italiana Natalia Ginzburg, escrita en el año 1945. Intento recordar el nombre de la protagonista, la mujer que le da un tiro en la cabeza a su marido cuando este prepara su maleta para irse con su amante de viaje por centésima vez, dejándola sola, en una casa vacía de afectos, la de ellos, la que han compartido por años. Y a pesar de recién haber cerrado el libro, no lo recuerdo. Pues lo cierto es que en la novela ella no tiene nombre. Es una mujer. Así simplemente. Una mujer como usted y yo. Como Nabila Rifo, a quien su expareja golpeó hasta hacerla perder los dos globos oculares el 14 de mayo de 2016 en Coyhaique.

En la historia de Ginzburg, la mujer, después de darle el tiro en la cabeza a su marido, se va a un parque y se sienta en una banqueta. Se saca los guantes y se pone a pensar en lo que ha hecho. Se dice a sí misma que dentro de un rato tendrá que ir a la comisaría y explicar cómo fueron las cosas. Es así como comienza a recordar su historia, desde que lo conoció en casa del doctor de la familia y él, un hombre taciturno, opaco y mayor que ella, dibujó su rostro. Al final no sabemos si lo hace, si llegó a la comisaría o tomó otros rumbos igualmente nefastos, pero sí sabemos que Nabila Rifo lo hizo. Al principio lo ocultó. “Sentía que todavía quería a Mauricio y cuando me fueron a preguntar yo quise defenderlo diciendo que había sido otra persona, no lo quise culpar a él”, reconoció luego. Al darse cuenta del daño que le había causado, decidió hablar y desechó la historia inicial. “Hay muchas mujeres que soportan un montón de cosas, por los hijos, por no tener dónde estar, hasta por lo económico, o por pensar que él va a cambiar, pero nunca es así”. Ha pasado un año desde entonces.

Al cierre de esta edición la expareja había sido declarado culpable pero se anunció que pedirá la nulidad del juicio. Más aun, hace algunas semanas, un matinal expuso a todo Chile los exámenes ginecológicos que le hicieron a Nabila inmediatamente después del asalto. Su vida íntima, su cuerpo, expuesto simplemente porque tomó la decisión de revelar la verdad. Han transcurrido 72 años desde que Natalia Ginzburg escribió su historia. La historia de una mujer que aguarda que su marido cambie, año tras año, traición tras traición. En el prólogo de la novela, Italo Calvino escribe: “Durante generaciones y generaciones lo único que han hecho las mujeres de la tierra ha sido esperar y sufrir. Esperaban a alguien que las amara, se casara con ellas, las convirtiera en madres, las traicionara”. Y al parecer las cosas no han cambiado demasiado. Mujeres aguardando que el maltrato y la traición lleguen a su fin. Arriesgando sus vidas y las de sus hijos. Me pregunto cuántas generaciones más de mujeres tendrán que pasar para que las cosas cambien. Me pregunto también cuál es nuestra responsabilidad, cuáles son las acciones reales y concretas de cada uno y cada una de nosotros(as) para que esto cambie. Tal vez habría que empezar por criar a nuestros niños como hombres respetuosos y leales, y a nuestras niñas como mujeres autónomas, capaces de detener cualquier forma de maltrato.