Columnas

Toda enfermedad es mental

A los veintipocos me transformé en fármaco-dependiente, y por suerte caí en manos de una reumatóloga que resultó ser creyente apasionada de que el origen de la enfermedad está en la cabeza.

  • Carolina Pulido

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Foto: Consuelo Astorga

Lo saben los chinos, los japoneses, los cultores del ayurveda y otras medicinas milenarias, y también lo sabían los médicos occidentales de algunos siglos atrás. Pero algo pasó en el camino. Un día la mente comenzó a ser estudiada como un objeto independiente del cuerpo y, a su vez, el organismo humano se dividió en sistemas complejos que requirieron especialización médica. Así pasó que los doctores llegaron a ignorar la comunicación que existe entre los diversos sistemas orgánicos y a subestimar la capacidad de la mente para producir cambios en el cuerpo y viceversa, tal como dos amantes que se potencian o se desintegran recíprocamente. Quiero hablar de esto porque en las últimas semanas he oído tanto juicio en la prensa y redes sociales a raíz de los comentarios de un doctor de matinal. Tanto desprecio, tanta soberbia, tanta ignorancia. “No hay estudios científicos que confirmen la incidencia de las emociones en el desarrollo de enfermedades físicas”, dijeron algunos conspicuos opinólogos. “Las enfermedades que científicamente se han aceptado como psicosomáticas son apenas unas pocas”, concluyeron doctores entrevistados por los diarios. Yo no sé cuál es la verdad. Solo quiero contar mi historia.

Hace 17 años entré en la categoría de enferma crónica. A pesar de mi juventud, fui diagnosticada de artritis reumatoide, una enfermedad autoinmune que ataca las articulaciones del cuerpo. Los archivos médicos no mencionan sus causas porque en realidad se desconocen y los efectos pueden ser muy duros si no se trata adecuadamente. Así que a los veintipocos me transformé en fármaco-dependiente, y por suerte caí en manos de una reumatóloga que resultó ser creyente apasionada de que el origen de la enfermedad está en la cabeza.

A las pocas semanas comencé a buscar ayuda en el mundo de la sanación alternativa y me pinché las manos con lancetas de abejas, visité un chamán peruano, vi regularmente a un médico chino que me recetó baños en aguas con magnesio, probé con el reiki, la terapia floral y me sometí a las operaciones virtuales de unos supuestos médicos brasileños. Pero nada funcionó realmente, hasta que comencé a comprender la importancia de mirarme desde otro ángulo. Así caí en la terapia grupal de la doctora Adriana Schnake, psiquiatra chilena, autora de dos libros relacionados con salud y emociones y gran difusora de la terapia gestáltica en Latinoamérica. El enfoque de la gestalt (que al ser una corriente de la psicología tiene base científica) pretende no seguir dividiendo al ser humano y trabajar con los órganos enfermos para recuperar el mensaje que trae la enfermedad, integrando así aspectos rechazados de la personalidad que se manifiestan en este mensaje. Así, la enfermedad es vista como una alteración que implica la totalidad del individuo, un concepto que han compartido varios científicos como Humberto Maturana y Francisco Varela, y que ya sugería a comienzos del siglo XX el reputado neuropsiquiatra Friedrich Perls.

En esa terapia terminé hablándoles a mis articulaciones para que ellas me contaran por qué se habían puesto rígidas. Sí, lo hice con vergüenza, pero logré comprender que al igual que las articulaciones, mi tema bloqueado a nivel emocional tenía que ver con los límites. Y aprendí otras cosas también, como que los pulmones en su funcionamiento sano son pasivos, no discriminan y son elásticos y adaptables, lo que le hizo sentido a una persona con cáncer pulmonar que entendió que había sobreestimado su autonomía y autocontrol. Hoy pienso que ese conocimiento fue un impulso definitivo hacia la sanación de la cual estoy orgullosa. Algo que debe haberles ocurrido también a otros que vieron la luz en aquellas sesiones y que a estas alturas saben con certeza que la ira se manifiesta en el hígado y que los miedos no procesados afectan los riñones.

Ya lo decía Baudelaire: toda enfermedad es mental, salvo la gonorrea.