Columnas

Me aburrí de las redes sociales

La cuestión puramente social está dejando de ser atractiva. O lo que es igual: compartir todos los días fotos de tus hijos, contar cada cosa que haces, husmear perfiles ajenos o ampliar el número de amigos virtuales ya no cautiva como antes.

  • Carolina Pulido

Compartir vía email

Me pasa que no siento ganas de quedarme mucho rato por esos lados observando, leyendo, opinando, compartiendo. No es que piense abandonar las redes sociales, porque no soy tonta y sé reconocer sus fines prácticos para esta vida agotadora y exigente que vivimos. Me sirven para mantenerme medianamente informada, tanto de las noticias como de los cahuines. Esa es la utilidad que le doy a Twitter, gracias a que sigo a muchos periodistas y medios. Facebook lo uso para difundir cosas de mi trabajo como videos y columnas. E Instagram es mi álbum de buenos momentos y me permite otras dos cosas: estar al tanto de la vida de mis amigos (amigos de verdad, digo) y vitrinear un rato entre tiendas de ropa, diseño y arte. Pero definitivamente he dejado de usar las redes para comunicarme con otros, para ejercer el voyerismo, para opinar sobre cuanta cosa circula por ahí, y sobre todo las he abandonado como herramienta para reafirmar mi autoestima a cambio de likes (un arma de doble filo). Podría decirse que mi adicción ha desaparecido, lo que tiene que ver con un estado mental menos ansioso y depresivo, pero también con que la novedad ya se esfumó. Y no soy la única.

Pasa que las redes sociales perdieron su encanto. Su consumo ha caído por primera vez tras diez años de un crecimiento enorme. En Estados Unidos ya le pusieron nombre al fenómeno: ‘social media fatigue’, es decir, agotamiento social. Facebook y sus primos empiezan a cansarnos. La plataforma de Mark Zuckerberg está perdiendo dos millones de horas cada semana. El consumo ya supera los 1.600 millones de usuarios, pero cayó un 8% en nueve países del primer mundo, según un análisis del medidor de tráfico SimilarWeb.
Hay una razón que explica esta tendencia: la cuestión puramente social está dejando de ser atractiva. O lo que es igual: compartir todos los días fotos de tus hijos, contar cada cosa que haces, husmear perfiles ajenos o ampliar el número de amigos virtuales ya no cautiva como antes.

Un estudio español llegó a la misma conclusión y encontró un perfil de usuario cada vez más común: el que se agotó de navegar entre grandes cantidades de fotos, retuits, memes, peleas y empezó a usar estas plataformas como herramientas más funcionales que sociales. Entre ellos, yo, que ya fui víctima de los animalistas trolls de Twitter (caldo de cultivo para aglutinar masas deseosas de votar la rabia acumulada), sufrí adicción a Instagram y eliminé a más de la mitad de mis contactos en Facebook por la estupidez de compartir noticias falsas para reforzar sus puntos de vista (también silencié a algunos lateros). Soy defensora de la importancia de las redes en su aporte en cuanto a mantener informados a los ciudadanos, pero no desconozco su responsabilidad a la hora de desinformar.
Al parecer, las nuevas tendencias apuntan a preferir los servicios de mensajería instantánea y más privados, como WhatsApp, Telegram y Snapchat, aplicaciones creadas específicamente para la pantalla de los celulares. Así que es probable que pronto entremos en una oleada de abandonos virtuales, dejando Facebook a nuestros padres y primos orgullosos de sus mascotas, Twitter a los combativos, e Instagram… bueno, ojalá no cambie mucho, pero sería interesante que las marcas dejaran de usarlo como pantalla de sus productos a través de ‘influencers’ (otro fenómeno que ya comentaremos).

Por mi parte, además de retomar la práctica constante del yoga, aumentar mi presencia en la vida real y disminuir la virtual son mis grandes propósitos para este 2017. Jugar con mi hija, abrazar a mi pareja, reír con amigos, mirar por la ventana del taxi que el otoño ya llegó. Momentos en los que hay que estar en carne y hueso.