Columnas

Las novelas y la vida

Nuestra tendencia, sobre todo al comenzar un año, es planificar, ponernos objetivos, plazos, etc. (…) Pero también podemos correr el riesgo de tener todo tan planificado que no dejemos espacio para lo inesperado.

  • Carla Guelfenbein

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Hay muchas maneras de construir y escribir una novela. Podría decirse que tantas como escritores. Pero hay dos formas de las que hoy quisiera hablarles. Una de ellas consiste en que el autor planifica cada pormenor con antelación, sabe exactamente cada vicisitud que los personajes van a tener a lo largo de la novela, y conoce hasta el último detalle del desenlace. Hay algunos autores que no comienzan a escribir si no tienen absolutamente clara y controlada su historia. Pero hay otros que para comenzar una historia necesitan algo muy diferente. A estos les basta tener claridad sobre los personajes, sobre sus motivos, sobre sus vidas, sobre sus conflictos. Yo soy una de ellos. Si logro que mis personajes sean potentes, humanos, si logro sentirlos, creerles, si logro que sus vidas me atañan y me quiten el sueño, entonces puedo comenzar a escribir. Qué va a ocurrir con ellos, no lo sé. En qué van a terminar sus historias, no lo sé. Van a ser felices o infelices, tampoco lo sé. Confío en ellos. Los dejo allí, en la página, para que construyan sus vidas, para que abran sus caminos. O los cierren. Dejar que los personajes construyan sus historias paso a paso, que tomen sus propias opciones, es la única forma que estos me sorprendan, y por consiguiente que también sorprendan a quienes luego leen la historia. Así, la historia tendrá giros inesperados que ni yo ni mis personajes, y ojalá el lector, podrían haber predicho.

Estas dos formas de escribir una novela también pueden extrapolarse a la vida. Tenemos la opción de escoger una u otra. Nuestra tendencia, sobre todo al comenzar un año, es planificar, ponernos objetivos, plazos, etc… Y no tiene nada de malo. De no hacerlo, podemos convertirnos en un barco sin brújula en medio de altamar. Pero también podemos correr el riesgo de tener todo tan planificado, que no dejemos espacio para lo inesperado, para uno de esos giros que nos cambian el rumbo, y que tal vez, quién sabe, incluso nos cambian la vida.

Continuando con la analogía de la escritura de una novela, para que su construcción sea sorprendente y verdadera, no basta con dejar en libertad a los personajes. También hay que estar atento, con los ojos muy abiertos a todas las posibilidades que plantean un conflicto o una situación. Lo mismo puede decirse de la vida. Cada día, cada momento, encapsula mil posibilidades que solo podemos ver si estamos atentos. No poner atención a esas posibilidades es como caminar mirando hacia abajo las piedrecitas y los pastelones del camino, muy preocupados de no tropezarnos con alguno de ellos, mientras, en tanto, la vida sucede a nuestro alrededor, y luego pasa sin nosotros percatarnos. Estar atento tiene mucho que ver con ese “aquí y ahora” que se hizo tan popular en los años sesenta. Estar aquí y ahora es estar presente, no mirando hacia atrás ni hacia adelante. Es también no caminar mirando el suelo y los pastelones por miedo a tropezarse. Estar atento es vislumbrar todas las posibilidades que nos otorga una situación, un instante, y tomarlas, y vivirlas.

Comienza un nuevo año, y dentro de esos múltiples objetivos que nos plantearemos, como dejar de fumar, ir al gimnasio, leer más, aprender algo, estar más tiempo con nuestros hijos, ganar más dinero, ser más eficientes, o lo que sea, tal vez podríamos incluir uno objetivo de apariencia mucho más humilde, pero que al fin y al cabo puede ser el más poderoso de todos, por el potencial ilimitado e inesperado que encapsula. ¿Cómo llamarlo? Tal vez una forma sería -ya que hemos hablado de las novelas- estar atento, dejar espacios abiertos para que tal vez nuestra vida se transforme en una buena e interesante.