Entrevistas

Juana Díaz: “en Nueva York tengo un superbuén nicho”

Lo mejor que le pasó a la diseñadora Juana Díaz en su reciente incursión a Washington y Nueva York fue comprobar que su intuición era cierta: en esas ciudades hay un público natural para su marca. Especialmente en Nueva York, donde exhibió sus creaciones durante dos días y recibió solo respuestas entusiastas. Además pudo concretar los primeros contactos con una tienda para vender allá en un futuro ojalá cercano.

  • Soledad Miranda

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Fotos: gentileza Juana Díaz

Viajó acompañada por su hija, la actriz Alicia Rodríguez, y escuchándola narrar el viaje es evidente que fue una experiencia gratificante, pero también de mucha tensión, porque era una avanzada que no estaba claro cómo iba a resultar.

Además de las gestiones que realizaron, Juana y Alicia se dieron un día en cada ciudad para visitar un lugar de interés, y en Washington eligieron la National Gallery, donde se encuentran varias obras del pintor Mark Rothko, uno de los favoritos de la diseñadora. “El arte me entusiasma, me hace creer de nuevo, me motiva, me inspira”, confiesa. “Esa experiencia fue un punto álgido del viaje. No solo traje buenas conclusiones en lo que a mi marca se refiere, sino que además aproveché el tiempo para nutrirme de arte que para mí es fundamental como creadora. Necesito seguir generando nuevas colecciones, alimentando mi quehacer, y el arte es terapia y alimento para mí”.

Entusiasta y segura, dice que la insistencia y el estar convencida de la propia propuesta son condiciones básicas para intentar penetrar el mercado de la moda en Estados Unidos. Su estrategia las incluyó y, aparte, comprobó que la manufactura de sus creaciones puede ser valorada allá más de lo que es en Chile. Mostró vestidos, chaquetas y tapados de media temporada, y también telas del futuro, esa creación textil suya que utiliza como parte de prendas completas y que ahora está ofreciendo también “como un producto versátil que se puede usar de distintas maneras: enrollándoselo como una falda, como capa, e incluso como artículo decorativo para el hogar”. Se realizan con retazos de diversa procedencia en un proceso que ella ideó. “El trabajo que se aplica es lo que se conoce como upcycling, porque le otorga valor a algo que fue considerado un desecho”, explica. “Absorbo esos desechos y genero una nueva tela muy distintiva porque tiene unas costuras que son de unión de los trozos y otras, perpendiculares, que son freno del deshilachado. Eso lo trabajo con un color de hilo contrastado y que le da un dibujo de costuras que la hace única, especial. Además, no tienen un derecho y un revés sino que ambos lados funcionan como un derecho. Cada pieza tiene tres a cuatro días de trabajo, y cuando hago ropa con ellas generalmente son 5 a 6 días. Entonces son muy valiosas porque tienen mucha manufactura”.

Como anillo al dedo

A Washington la invitó una de sus clientas, a la que considera también su mecenas porque le abrió las puertas de su casa y la alojó. En Nueva York sus anfitriones fueron el artista chileno Iván Navarro y su esposa, también artista, Courtney Smith.

¿Qué te decían las personas que vieron tus prendas? Algunas me habían comprado en visitas a Chile y comentaron algo que pasa con todas mis clientas: cuando se ponen mi ropa tienen un día lleno de piropos. Eso es muy gratificante para ellas y para mí. De lo que llevé ahora, los vestidos sirven para ocasiones especiales, pero también para ir al trabajo. Lo que más éxito tuvo fueron las telas del futuro. Eso me alegra, porque implica que puedo seguir insistiendo en penetrar el mercado de Nueva York y otros con ese producto.

¿Cuál fue tu estrategia para acercarte a las tiendas? Cuando estuve allá el año pasado hice una prospección; pero después seguí las tiendas en Instagram y páginas web para ver cuáles eran las más adecuadas para mi propuesta. Finalmente escogí dos y a esas me aboqué. Con una de las tiendas, después de muchas gestiones, conseguí el correo de la compradora de ropa femenina. Estuve ahí más de una vez, dejé un producto, catálogos, la lista de precios… pero no se caracterizan por contestar los correos. Pero gracias a mi insistencia contacté con la dueña y compradora de la segunda tienda, que era mi favorita: Oroboro, que está en Avenida Whyte, en Williamsburg, Brooklyn. Esta estrategia de insistencia va muy contra mi forma de ser y lo que yo considero educado, pero entendí que es la única manera. Uno tiene que ir totalmente convencida de que ese es el lugar para tus cosas y que al comprador le tienen que gustar.

¿Cómo fue el encuentro? Superbueno, porque ella llegó a mi exhibición, pudo ver mis productos y le gustaron mucho las telas del futuro. Entonces acordamos que me va a hacer un pedido con alguna paleta de colores o una materialidad específica. Y yo voy a tener que seguir siendo insistente desde acá para que se concrete ese pedido; pero ya sé que le gustaron mis productos y están dentro del valor que ella puede comprar. Eso es un enorme avance, genial.

¿Qué tipo de gente fue a la exhibición en Nueva York? Eran como anillo al dedo. Mujeres independientes, con estilo, cultas, con ganas de usar prendas hechas con dedicación y que sean diferentes. O sea, yo realmente pude confirmar que en Nueva York tengo un superbuén nicho. La gente se viste muy bien en comparación con Santiago; hay una preocupación por la indumentaria que es propia de Nueva York. En Washington uno no ve lo mismo. Mi conclusión más valiosa es que vale la pena pelear por entrar el mercado de Nueva York porque ahí tengo muchos potenciales clientes.

¿Tus creaciones se ven allá tan originales como aquí en Santiago? Las telas del futuro sí, son totalmente originales. Algunas de mis propuestas de moda, más que originales, calzan bien, como que se adaptan justo. Y con respecto a la manufactura, destacan por su calidad, por su buena realización. Eso allá también es muy valorado y mucho más notado que acá. En general, en Chile no le ponen tanta atención a las terminaciones como sí lo hacen en el extranjero.

¿Qué les gustaba de tu propuesta? Todo. Notaban que era distinta, que los calces estaban bien, que se sentían cómodas con la ropa, que la pueden usar para distintas ocasiones, que son únicas. Y esto es cierto porque, como sabes, cada vestido es distinto al otro. Aunque lo haga diez veces va a tener un color de hilo distinto, o una combinación de telas diferentes, y eso lo hace una pieza única. Y en Nueva York eso se valora profundamente. Lo exclusivo y lo hecho más artesanalmente, con cuidado. Saber también el origen: de dónde viene, cómo es tu forma de trabajo, quién cose las prendas. Son consumidores más conscientes.