Entrevistas

Educar para la vida

Acoger las diferencias y enfocarse en los talentos es parte del trabajo que hace el Colegio Laudare con sus alumnas. Sus padres suelen matricularlas después de recorrer sin éxito diferentes establecimientos en busca de educación, contención y empatía para sus hijas. Por añadidura, ellos reciben lo mismo.

  • Macarena Anrique

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Fotos: Rodrigo Cisterna

Una voz de niña atiende el citófono de la casa de Macarena Correa (47) y hace pasar amablemente. Es su hija de quince años que, sonriente, anda por la casa aún con jumper luego de haber ido a entregar una caja de Navidad para una familia de escasos recursos de Lampa, una de las actividades que ha cumplido como miembro del centro de alumnas del Colegio Laudare.

Hace cinco años fue su primer día de clases en este establecimiento. Esa jornada no hubo temor al desapego con la mamá, tampoco llanto como temían en casa. Entró tranquila, contenta. A la salida, cuando la fueron a buscar, no hizo comentarios acerca de sus nuevas compañeras. Las diferencias no son asunto para ninguna de estas estudiantes, ahí los cursos están compuestos por niñas de distintas edades y condiciones, algunas fueron diagnosticadas con trastornos de aprendizaje o con retraso del desarrollo. Precisamente para atender los requerimientos educativos de niñas con estos cuadros fue creada en 1990 esta institución con reconocimiento del Ministerio de Educación.

Macarena Correa, que es profesora y trabajaba en el mismo colegio donde estudiaban sus seis hijos, decidió matricular a su hija Macarena aquí después de comprender que ella tenía necesidades educativas especiales: “Hasta tercero básico la cosa iba bien, pero empezó a decirnos que no entendía las clases. Me di cuenta, además, de que estaba solita en los recreos”. Tras una evaluación se concluyó que tenía un retraso generalizado del desarrollo moderado, leve. “Eso es más complejo, es muy difícil el diagnóstico y el cómo seguir con ella. Un día me dijo: ‘mamá yo no quiero ir más a este colegio, no entiendo nada, me hablan en chino’. Comprendí que en ese lugar no iba a avanzar en lo social, en lo cognitivo, en nada. Empezamos entonces a buscar un nuevo colegio y fue un largo peregrinar, recorrí mucho”, asegura. “Yo conocía el Laudare, pero encontraba que las niñitas que iban ahí tenían un retraso muy significativo, que no era el caso de la Maquita, ella podía ir a un colegio ‘normal’. Pero mi mamá me insistió. Finalmente fui, entré y sentí tanta paz, tanto cariño, tanta entrega por las niñitas que supe que ahí debía estar mi hija”.

Fue duro, porque es un duelo, dice la madre. “Tienes que asumir que tu hija no es igual al resto y que debe ir a otro colegio. Se nos desarmaba todo el naipe a nosotros”, cuenta Macarena, que de vivir en Huechuraba y tener a los seis niños en mismo colegio, de casi no usar el auto, porque a lo máximo sus trayectos eran caminar tres cuadras e ir al supermercado, tuvo que cambiarse a Las Condes para estar más cerca del colegio de su hija. “Hablamos con nuestros otros hijos y dijeron: mamá, asumimos todos esto, es una cosa de familia”, recuerda.

Trabajo personalizado

Primero hubo un período de adaptación según lo establece el colegio. “Ellas van unos días antes para ver si se sienten a gusto. Maca nunca lloró, no hizo un escándalo, y ella los hace. De inmediato se sintió cómoda. Lo atribuyo a que son pocas niñas por sala, siete por cada profesora. También a que, de verdad, la entrega y el cariño que cada una de las educadoras les da a las niñitas las hace sentir muy bien.

Académicamente avanza de acuerdo con la necesidad de cada alumna, no según el curso en que deberían ir. Maquita va en octavo, pero los contenidos que ve son de quinto o cuarto, es lo que ella puede aprender, entonces se le exige de acuerdo a sus capacidades. Hacen un trabajo superpersonalizado, y si tiene un problema, por ejemplo, en Lenguaje, la sacan de la sala y trabaja con la sicopedagoga. Las separan por capacidad, y eso es superbueno. Y más que los contenidos, lo que más me gusta del colegio es que le enseñan para la vida. Van en metro, andan en micro, van al supermercado a comprar, que es lo que uno espera cuando hay niños con necesidades educativas especiales. Yo no pretendo que ella sea ingeniera, pero sí que ella, cuando nosotros no estemos, sea autosuficiente, y para eso el colegio le da muchas herramientas. Hace poco, por ejemplo, fue a comprar y cuando volvió me dijo: ‘mamá acá está el vuelto, traje estas galletas que estaban en oferta, en vez de dos traje tres’. ¡Perfecto! Todo eso de verdad se lo debe al colegio. Y eso es lo que uno pretende. Como familia queremos que sea feliz y que dentro de sus capacidades avance, pero más que nada, que progrese en el tema social, que sepa comunicarse, que sea empática”.

Potenciar habilidades

En esa frase está uno de los focos de Colegio Laudare, el fortalecer talentos personales, y en el caso de Maca es el arte. “Sacan lo mejor de cada una y, como ellas están tan felices, eso aflora. Cuando se sienten valoradas y queridas lo otro viene por añadidura”, siente Macarena Correa. Desde su perspectiva de educadora cree que en otros colegios esa dedicación queda a la buena voluntad del establecimiento y del profesor: “En un curso que, en general, es de 30 alumnos, cómo voy a atender lo que ella necesita. No hay un colegio como este. Yo, que trabajo con niños, admiro a sus profesoras porque es una labor muy desgastante, estas niñas te demandan emocionalmente mucho. Lo que hacen las educadoras aquí es una tarea maravillosa y de entrega incondicional”.

También se trata de contención. Maca está entrando en la adolescencia y se está dando cuenta de que tiene capacidades diferentes, eso le genera mucha rabia y no sabe cómo expresar ese sentimiento. “Me llamaron del colegio y me citaron a entrevistas; la sicóloga la ha apoyado cualquier cantidad, estoy yendo a terapia con ella para que canalice la rabia, me siento superacompañada”, dice su mamá.

El sentimiento es compartido por otros padres y apoderados de este colegio. Porque todas las amigas de Maca tuvieron que ‘peregrinar’ por otros establecimientos antes. “Llegan muy dañadas y uno como papá, también. En este escenario encuentras este colegio que te abre las puertas, que es de un amor infinito, de una calidad humana infinita”, dice Macarena.

La experiencia de Wendy Suit y Paulo Blum habla de esto último. También pasaron por varios establecimientos antes de llegar al Laudare con su hija Bárbara, alumna de primero básico en el colegio. “Cuando supimos que tenía el Síndrome de Prader Willis leí un reportaje donde se hablaba de este colegio, y en ese minuto sentí que era el lugar para mi hija”, dice Wendy. Su preocupación junto a Paulo era si podrían costearlo y para resolverlo se entrevistaron con la directora, Macarena Ovalle. “Me dijo que sentían que ninguna niñita que necesitara el colegio debía quedar sin él, que postulara y presentara antecedentes porque había posibilidades de obtener una beca con la Fundación Aprendamos. Hice todo ese proceso y no fue complejo. Tampoco hubo problema por ser padres separados; a pesar de que el colegio tiene una formación cristiana, jamás nos pusieron un pero y siempre nos sentimos acogidos también como familia”, cuenta Wendy. Bárbara está feliz. “Ella adora su colegio, el día que le dicen que no irá por alguna razón, porque se enfermó u otra cosa, llora. Sabemos de casos con el mismo síndrome, niños que van a colegios excelentes, pero no aprenden nada. Los acogen, pero no aprenden. Aquí Bárbara aprendió a la leer, es superbuena en matemáticas, se porta bien y le gusta que le den tareas”, dice Paulo. Ni mamá ni papá le ponen ‘techo’ a su hija. “Ella misma dice que después del colegio hay que ir a la universidad, y después a trabajar”, cuenta Wendy.

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Wendy Suit y Paulo Blum son los padres de Bárbara, alumna de primero básico en el Colegio Laudares. “Ella adora su colegio. El día que le dicen que no irá por alguna razón, porque se enfermó u otra cosa, llora”, cuentan.