Moda

Cuando la ropa escandaliza

Así se llama la nueva exposición del Museo de Artes Decorativas de París que invita a recordar los grandes cambios en la historia de la moda. Aquellos actos liberadores que en su momento infringieron las normas, los códigos y los valores morales, como los pantalones para mujeres, el bikini, la minifalda o el jean.

  • Florencia Sañudo

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Hoy en día, en cuanto a moda, nada -o casi- nos asombra. Y mucho menos nos escandaliza: más o menos, cada uno viste como le place. Pero no siempre fue así. En nuestra cultura occidental, durante siglos las reglas fueron muy estrictas y si las innovaciones terminaban imponiéndose, era tras largas batallas con la opinión pública, con las generaciones anteriores y hasta con el poder de turno.
El Museo de la Moda de las Artes Decorativas de París dedica su última exposición -“Tenue Correcte Exigée, Quand le Vêtement Fait Scandale” (Vestimenta correcta de rigor, cuando la ropa escandaliza)- a aquellas innovaciones más significativas que marcaron un cambio fundamental en la sociedad. Y explora esos momentos cruciales en la historia de la moda cuando diseñadores y personalidades rompieron las convenciones sociales impuestas por el gusto y la etiqueta de la época o aun el status de cada individuo.
Ultraje a la moral

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En el presente, en Occidente (siempre hay que aclararlo, pues en Medio Oriente y países musulmanes existen numerosas prohibiciones vestimentarias, particularmente para las mujeres) la ley no suele prohibir una vestimenta singular. Un solo motivo de condena es posible: atentado al pudor. Como lo explicaba la historiadora de moda Aileen Ribeiro en la presentación de la muestra, “a pesar de los numerosos tabúes rotos existe un fuerte consenso alrededor del principio de la ‘decencia’ en la vestimenta que consiste en poner un límite a la exhibición de los órganos sexuales”. ¿Quién no está de acuerdo?
Pero el ultraje moral también cuenta. En 1971, la colección 1940 de Yves Saint Laurent escandalizó a los medios, que acusaron al modisto de una nostalgia por el nefasto período de la Ocupación, lo que no impidió que esta fuera ‘la’ tendencia durante parte de los 70. En 1984, Jean-Paul Gaultier indignó a las feministas con sus corsés, símbolo histórico de la opresión femenina, pero que dio lugar a una moda sado-masoquista que se instaló para siempre. Diez años más tarde, Alexander McQueen lanzaba su pantalón ‘bumster’, de talle ultrabajo, que dejaba ver la raya del trasero, según él “la parte más erótica del cuerpo”. Esta moda es el origen de una tendencia aún activa. En 2000, la colección ‘mendigo’ de John Galliano para Dior, inspirada en los SDF (sin domicilio fijo), accesorizada con botellas de whisky vacías, redes agujereadas y alfileres de gancho, horrorizó a su rica clientela, si bien algunos elementos fueron absorbidos por la moda de la calle. Y en 2015, el creador Rick Owens consiguió ofuscar seriamente a la prensa de moda, tradicionalmente impasible, con una túnica abierta por delante que permitía vislumbrar el sexo masculino.

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La rebeldía a través de la ropa no es nueva. Por ejemplo, el cuadro de Jacob von Doort de 1609, expuesto en la muestra, representa al príncipe de Brunswick vestido de un jubón y de un pantalón corto muy abombachado. Cuando apareció esta moda, los moralistas la criticaron ferozmente, juzgando que deformaba el cuerpo (según la cultura judeo-cristiana, Dios hizo el hombre a su imagen y deformar el cuerpo igualaba a degradar la de Dios). Pero aun así, sus protestas no pusieron fin a la moda. En los años 20, los estudiantes ingleses que adoptaron los amplísimos ‘Oxford bags’ -a veces hasta 60 centímetros de circunsferencia- suscitaban las burlas cuando no la cólera. Tras un tiempo desaparecieron, pero en los 70 volvieron con fuerza, reivindicados. Hoy son los pantalones amplios que dejan ver el calzoncillo -favorecido por skaters y músicos de hip hop- los que provocan irritación y hasta interdicciones.
El pantalón para mujer
Probablemente los millennials ignoren que en una época las mujeres no tenían derecho a usar un pantalón sin arriesgarse a los insultos, cuando no a la prohibición.
El pantalón tal como lo conocemos hizo su aparición en Francia durante la Revolución (1789) y por cierto no estaba destinado a las mujeres. La Iglesia, y con ella la opinión popular, consideraba que las mujeres que lo usaban -o lo intentaban- eran lesbianas o de ‘mala vida’. Más aun, la Revolución, con toda su oda a la libertad, prohibía por decreto el uso de ropa del sexo opuesto. Hubo que esperar a principios del siglo XX para que el pantalón femenino se democratizara. En 1909, en Francia, el viejo decreto fue derogado y una autorización prefectoral autorizó a las mujeres usar el pantalón para andar en bicicleta o a caballo. En 1920 las mujeres también ganaron el derecho a usar el pantalón para jugar al golf o esquiar.
Durante la Segunda Guerra las mujeres tomaron el lugar de sus maridos que habían partido al frente, para trabajar en las fábricas y muchas lo hacían en pantalones. Luego de la Guerra continuaron usándolo para las actividades de ocio, jardinería o la playa, pero ya no estaba bien visto llevarlo en la escuela o el trabajo y fue recién en los años 80 que se eliminaron las últimas prohibiciones que pesaban sobre él.
El jeans, símbolo de protesta

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El jeans, la prenda protestataria por excelencia, nació en el medio obrero en siglo XIX, destinado hasta la primera mitad del siglo XX a la ropa de trabajo. Pero a partir de 1950 algo inesperado sucedió: la juventud lo adoptó como su símbolo. Asociado con la campera negra de cuero y la camiseta blanca (otro despropósito para la época) tenía como íconos a James Dean y Marlon Brando. En Estados Unidos fue prohibido en las escuelas por incitación a la promiscuidad, pero el jeans se convirtió en la vestimenta de toda una generación, símbolo de libertad e independencia, presente en los campus universitarios y en las manifestaciones pacifistas.
Una de las cualidades del jeans es su increíble capacidad de adaptación -es tanto la prenda de los moteros, de los skinheads y las amas de casa- y su poder para romper los moldes.
El bikini libera a la mujer
El bikini festejó este año su aniversario número 70. Fue un 5 de julio de 1946 que su inventor, el ingeniero francés Louis Réard, lo presentó en París en un concurso de trajes de baño. En su momento ninguna modelo profesional aceptó desfilar con esa prenda (a diferencia del dos piezas, el bikini mostraba el ombligo) y Réard debió recurrir a una bailarina de cabaret, quien presentó un modelo de tela impresa con artículos de prensa sobre los ensayos nucleares en el atolón de Bikini en el cual Réard se inspiró para bautizar a su creación.


De hecho, el minúsculo traje de baño tuvo el efecto de una bomba y a partir de 1948 surgieron las prohibiciones y sanciones oficiales. En Europa, bajo la presión de la Iglesia, los gobiernos italiano, español y belga prohibieron su venta. En Francia se prohibió su uso en las playas del Atlántico (aunque estaba autorizado en las del Mediterráneo). Hubo que esperar a 1953, esta vez en Cannes durante el festival de cine, cuando una estrella en ascenso -Brigitte Bardot- con su bikini floreado le dio el empujón que necesitaba.

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La mini falda

La mini nació en el siglo XX, a mediados de la década del 60. La paternidad (o más bien la maternidad) le corresponde a la londinense Mary Quant, quien, en efecto, en el verano de ese año decidió acortar los ruedos de los vestidos de Bazaar, su tienda en King’s Road. Por cierto, las minifaldas de principios de los años 60 -apenas unos centímetros por sobre la rodilla- son muy tímidas comparadas con las que se verían al final de la década u hoy en día, pero aun así causaron estupor y en muchos casos indignación, y junto con el pelo largo para los hombres fueron uno de los principales símbolos exteriores de la brecha generacional, a la que Diana Vreeland bautizó youthquake, el terremoto de los jóvenes.

Pero si Quant es oficialmente su inventora, fue el modisto francés André Courrèges quien le dio sus cartas de nobleza al subirla a la pasarela. Yves Saint Laurent, Pierre Cardin y Paco Rabanne no tardarían en sumarse a la tendencia. Coco Chanel -quien en su juventud había abogado por el pantalón y las revolucionarias prendas tejidas- detestaba este invento del diablo que dejaba al descubierto las rodillas, “una de las partes más feas del cuerpo”, y quedó irremediablemente demodé al no adoptar la irrefrenable tendencia.