Columnas

La moral navideña

El juego sigue siendo la mejor manera de ser niño, y los juguetes de hoy son para poseerlos, no para explorarlos. Eso es triste.

  • Carolina Pulido

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Ilustración: Consuelo Astorga T.

Una de las cosas que me encantan de la Navidad es hacer regalos. Disfruto mucho pensándolos, buscándolos cuidadosamente en función de las personas que quiero. Los de mi hija son los que más me divierten. Alucino con sus ganas de comerse el mundo y me lanzo a buscar objetos que le muestren nuevos rincones de él. Como un costurero, una prensa para aplastar flores y hojas y plumas y papeles, acuarelas, libros, disfraces. Ver su expresión de entusiasmo y curiosidad no tiene precio. Lo que no me gusta es seguir las modas infantiles. Me niego a comprar la muñeca tétrica con cuerpo de Barbie después de ejercitarse en el gimnasio, cara sobremaquillada y cola de jaguar. Simplemente me descompone, más que la Barbie misma. El unicornio o Pegaso o caballito tierno de color rosado y ojos de manga japonés. Cualquier set de cualquier cosa brandeada con el personaje animado del momento. Ni hablar de la ropa. Ninguna prenda estampada con princesa ha sido adquirida por esta usuaria. Porque lo encuentro feo, primero que todo. No me seduce la estética, los personajes no le proponen nada de interés a mi hija, están sobrevalorados (el impuesto al rostro o a la marca es alto). Pero sobre todo me choca que no sean juguetes que estimulen su creatividad. El juego sigue siendo la mejor manera de ser niño, y los juguetes de hoy son para poseerlos, no para explorarlos. Eso es triste.

La tecnología llegó para quedarse y llenó espacios antes destinados al juego libre. Y abrió también un nuevo dilema que tiene que ver con los contenidos. Qué información quiero que esté al alcance de mi hija de 8 años. La tele e internet son las otras dos fuentes que los nutren, además de la casa y el colegio. ¿Cuántas horas de su tiempo quiero que pase frente a una pantalla? ¿Es válido mantenerla al margen de un mundo al que sí acceden sus amigos? ¿En qué momento de su proceso debería ceder a la presión y entregarle su propio celular? Si de mí dependiera, nunca. Debería ser un accesorio comprado por ella misma, cuando tenga edad para generar su propio sueldo, como su primer auto. Pero eso sería tapar el sol con un dedo. Más aun en el caso de niños que tienen dos casas y están expuestos a diferentes éticas. O que tienen abuelos muy chochos y complacientes.

Me pregunto todo esto cada año, en esta época, cuando el diario del fin de semana llega cargado de catálogos que engordan y engordan a medida que se acerca Navidad. Juguetes, consolas, celulares, rodados, aparatos varios. Productos de belleza. Ropa de verano. Vacaciones. Viejos pascueros. Campanitas, pinos, nieve. Como cada año, esta vez tomaré los catálogos y los ubicaré fuera del alcance de mi hija, para que no se le ocurra caer en esas tretas del marketing. Y como todos los años deberé celebrar muchos regalos indeseables que le llegaron de otros emisores, con otra moral navideña, aunque con la mejor intención, eso sí.

Luego los juguetes quedan sentados en la repisa de su pieza. Unos al lado, otros encima y otros colgando de los demás. Son tantos que solo pueden convivir aglomerados, hacinados. Normalmente hay un par que la acompañan incluso a andar en monopatín. Pero la gran mayoría queda relegada a una función decorativa.

Cuando era más chica yo le entregaba los regalos de a poco, a lo largo del año. Pero ya no se puede porque tengo una hija muy observadora, una característica que, sin embargo, no ha estropeado para nada su inocencia y convencimiento absoluto de que la historia es tal y como se la cuentan. Con un señor que fabrica juguetes desde el polo norte y que vuela en un trineo tirado por renos alados. Qué momento más lindo es la niñez. No la jubilemos antes de tiempo.