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Amigas

Entre amigas no tenemos miedo a decirnos las cosas de frente. Si se produce un problema, lo aclaramos. Porque sabemos que hablaremos desde la verdad, sin juegos de poder, de pertenencia o agendas ocultas.

  • Carla Guelfenbein

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Hoy comenzamos, con mis amigas, a planificar nuestra aventura de este verano. Dos semanas para nosotras. Somos tres: una inglesa, una mexicana y yo. Vivimos en países diferentes, desarrollamos trabajos diferentes, tenemos las estaciones al revés; sin embargo, cada una desde su latitud aguarda con ansias esas dos semanas en que detendremos la vida, meteremos un par de pilchas a la maleta y nos encontraremos en algún lugar del mundo a compartir nuestra amistad. Porque para nosotras, como para la mayoría de las mujeres de todos los tiempos, el lazo con las amigas es un bien inmensamente preciado.

A lo largo de la historia la amistad ha proveído a las mujeres de una cuna de atención, de afecto, de intercambio intelectual y político. En tiempos pasados, cuando todo para nosotras era vedado, cuando el matrimonio constituía un lugar peligroso, un lugar donde el rol que debíamos jugar era el de sumisas estrategas con el fin de enaltecer a nuestros maridos, la relación con las amigas componía nuestro único espacio de libertad. Hoy en día las cosas han cambiado, pero las amigas siguen siendo fundamentales.

A pesar de ser una mujer más bien solitaria, mis amigas siempre me han ayudado a clarificar mis sentimientos y el mundo que me rodea. Han hecho de espejo para mis confusiones, me han apoyado a la hora de dar los grandes saltos que han cambiado mi vida. En la amistad todo es permitido. Las bobadas no son bobadas, sino momentos compartidos. No importa caerse, soltar lagrimones cursis o confesar las más disparatadas de las fantasías. Entre las amigas no hay censura, no hay imposiciones, no hay que transar el alma, porque la amistad nace precisamente de la suma de nuestras diferencias. Entre las amigas compartimos el ser mujeres en un mundo que aún se rige bajo la supremacía masculina; todas hemos vivido la experiencia de esta hegemonía en algún momento, y son estas experiencias las que nos permiten apañarnos cuando una de nosotras es vilipendiada. Entre amigas los cambios son bienvenidos, aceptados, y todo puede transformarse en un motivo de celebración. Entre amigas no tenemos miedo a decirnos las cosas de frente. Si se produce un problema, lo aclaramos. Porque sabemos que hablaremos desde la verdad, sin juegos de poder, de pertenencia o agendas ocultas. Entre amigas compartimos también el goce de nuestra feminidad. Nada más delicioso que salir de compras o compartir esos secretos que estamos seguras nos harán más bellas.

La historiadora Carroll Smith-Rosenberg, en su famoso libro sobre las relaciones de amistad femenina en el siglo XIX, explica que las mujeres no solo establecían relaciones estrechas, sino también formaban extensas redes de apoyo. Hoy sus palabras son más vigentes que nunca. A través de internet, redes sociales, Whattsapp, etc…, podemos comunicarnos con nuestras amigas a la distancia, crear networks, abrirnos puertas que de otra forma estarían vedadas para nosotras. También podemos protegernos.

Tener la posibilidad de vivir estas amistades profundas, solidarias, alegres e incondicionales, nos pone una vara alta a la hora de emparejarnos. Pero esto, lejos de ser un inconveniente, constituye una gran ventaja. Hemos experimentado en la amistad una forma sana y abierta de relacionarnos, tenemos práctica en el arte de expresar nuestros sentimientos, de entender al otro, de reírnos de lo que hay que reírse y tomar en serio lo que de verdad importa. Las mujeres, en ese sentido, les llevamos una ventaja a nuestros pares masculinos, y si ellos nos lo permiten, tal vez podemos enseñarles un par de cosas.