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¿Quién soy yo?

El yo fijo no existe. Todo está constantemente cambiando. En este mismo segundo, mientras usted lee, sus células están cambiando, su cerebro está cambiando, todo a su alrededor está cambiando.

  • Carla Guelfenbein

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“Durante un rato, Alicia y la oruga se miraron en silencio, hasta que, finalmente, la oruga se quitó la pipa de los labios y se dirigió a la muchacha con voz lánguida y somnolienta:

-¿Quién eres tú? -preguntó.

No era una manera muy halagadora de comenzar una conversación. Alicia respondió, más bien tímidamente:

-Casi…, casi no lo sé, señora. Hasta el momento…, al menos, yo sé quién era cuando desperté esta mañana, pero me parece que he tenido muchos cambios desde entonces.

-¿Qué has querido decir con eso? -repuso severamente la oruga-. Explícate.

-Creo que no puedo hacerlo en forma más clara, señora -repuso Alicia muy amablemente-, porque, para empezar, yo misma no lo entiendo. Esto de tener tantos tamaños diferentes en un solo día resulta bastante desconcertante.

-Nada de eso -repuso la oruga.

-Bueno, quizá usted no lo haya encontrado así todavía -observó Alicia-, pero cuando tenga que convertirse en crisálida, como le pasará un día, como usted sabe, y luego se transforme en mariposa, creo que se sentirá un poco rara, ¿no le parece?

-En absoluto -contestó la oruga.

-Es posible, también, que tenga usted un modo de sentir diferente -agregó Alicia-. Lo único que sé es que a mí me parece muy raro.

-¡A ti! -dijo altivamente la oruga-. ¿Quién eres tú?”.

La pregunta que le hace la oruga a la pequeña Alicia está en el centro de la existencia humana. ¿Quién soy yo? Yo podría decir que soy madre, escritora, mujer, chilena, soy una buena persona, me gustan los perros y la naturaleza, salgo a correr todas las mañanas, no me gusta el pescado frito, ni tampoco la nata de la leche, me fascina la piña, pero el plátano me sabe a papel. Ya está, esa soy yo. Qué alivio. Tengo una identidad, ¡soy, soy! Es lo que voy a poner en mi perfil de FB y mi tuiter. ¿Pero, de verdad esa soy yo?

Estamos rodeados de tests que intentan darnos a conocer quiénes somos, y estoy segura de que todos caemos en la tentación de hacerlos cuando nos encontramos frente a ellos. Nos encanta cuando un amigo o amiga sabelotodo nos dice cómo somos, sobre todo si lo que dice nos halaga, pero más que nada, nos gusta porque nos devuelve una imagen que nosotros mismos no podemos ver. Buscamos desesperadamente a alguien que nos ayude a entender qué es eso que se supone está dentro de nosotros y nos define en el mundo. Ese centro inamovible, esa verdad permanente que habita en nuestro interior y que llamamos “yo”.

Hay, sin embargo, algo fundamentalmente errado en todo esto. Es cierto que a lo largo de la vida acumulamos experiencias, memorias, sensaciones, gustos, conocimiento. Y todo esto está conectado, sí, pero no constituye esa esencia inmutable que tanto ansiamos encontrar. Por una razón muy simple. Ese yo fijo no existe. Todo está constantemente cambiando. En este mismo segundo, mientras usted lee, sus células están cambiando, su cerebro está cambiando, todo a su alrededor está cambiando. Este es ni más ni menos que el principio básico de la cultura budista. La no permanencia. Y según esta filosofía, la base de todo el sufrimiento humano radica en que no somos capaces de aceptarlo. Sufrimos porque necesitamos imaginar nuestro yo, el mundo y nuestra vida como algo sólido, estable, permanente. Y ponemos toda nuestra energía, todos nuestros esfuerzos para que así sea. Pero si lo pensamos bien es como intentar coger con las manos el agua de una vertiente. La vertiente seguirá corriendo y nuestras manos se quedarán ahí, fijas y vacías, a menos que fluyamos con ella. A menos que perdamos el miedo al constante discurrir, al constante cambio, o, como la oruga de Lewis Carrol, a aceptar con naturalidad que hoy podemos ser orugas, mañana crisálidas, y más tarde mariposas.