Columnas

Amores pendejos

Todos esos amores que nos parecen tan románticos, y a los cuales en secreto aspiramos, son amores inmaduros, amores de hombres inacabados con mujeres inacabadas, de hombres insatisfechos con mujeres frustradas por no alcanzar lo que aspiran.

  • Carla Guelfenbein

Compartir vía email

Hace unos días mi amiga periodista Andrea Lagos me contó la historia de la bella Huma Abadin. Huma llegó a la vida de Hillary Clinton cuando esta última era la primera dama de los EE.UU. Huma tenía 19 años. Desde entonces ha sido su asesora más confiable y cercana. En el 2010 Huma se casó con el congresista demócrata Anthony Weiner. Todo auguraba un futuro esplendoroso para la pareja. Sin embargo, al poco andar, Anthony Weiner, convencido de que enviaba un mensaje privado a una estudiante con quien coqueteaba en ese entonces, subió a través de su cuenta de Twitter una fotografía de sus calzoncillos con una erección. La fotografía se hizo viral y la carrera de Weiner se desplomó. Huma permaneció a su lado, apoyándolo y protegiéndolo. Fue Huma quien lo convenció de postularse para alcalde de Nueva York dos años más tarde. En medio de la campaña surgió otra fotografía de los genitales de Weiner que él había enviado a otra chica tiempo atrás. A pesar de los esfuerzos de Huma por salvar a su marido, la campaña se vino abajo. Huma ha seguido junto a él. Ella es la asesora más cercana de Hillary Clinton y él un desempleado. La pregunta que surge es por qué una mujer atractiva, inteligente, autosuficiente, permanece anclada a un hombre que la daña y la humilla. Por qué millones de mujeres a lo largo de la historia permiten estas formas de maltrato que merman en lo más profundo su dignidad.

Es evidente que no hay una única forma de abordar esto. Pero podemos intentar algunas. Yo creo que ante todo está el miedo. A lo largo de mi vida, y en el proceso de crear los personajes de mis novelas, me he dado cuenta de que el miedo está en el centro de la vida. No importa que, como en el caso de Huma, todas las evidencias indiquen que es una mujer perfectamente capaz no solo de sostenerse a sí misma, sino que, de quererlo, también de encontrar un hombre con quien compartir su vida de forma sana. El miedo se expande, como un líquido negro, y la paraliza. Miedo a que la ruptura la arroje al vacío, miedo a no ser capaz de creer nuevamente, miedo a que el mundo de apariencias que habita se derrumbe, miedo a la soledad, miedo a un futuro incierto. Miedo a no seguir siendo esa “buena persona” que todos dan por sentado, incluyéndose a sí misma. Y sobre todo, miedo a soltar su adicción. La dependencia emocional es una adicción. Los malos amores, las malas relaciones, tienden a volverse adictivas. Porque son intensas, vertiginosas. Después de las riñas vienen las reconciliaciones, las promesas de incondicionalidad, la esperanza de una nueva vida juntos.

Toda nuestra cultura está orientada a mostrar y engrandecer esos amores. Las películas, las canciones populares, las óperas, las novelas, todas nos muestran que un amor es verdadero cuando es tormentoso, cuando hace doler el corazón. Los amores confortables, que fluyen sin grandes contratiempos, pero también sin grandes brillos, no son de verdad. Son acomodos. Cuando escuchamos a nuestro cantante predilecto que con voz suave y desconsolada describe su imposibilidad de dejar de amar a esa mujer que lo hace sufrir, no pensamos que al pobre hombre le falta una tuerca; por el contrario, imaginamos que nuestra estrella está viviendo la vida como hay que vivirla: intensamente. Sufrir por amor en lugar de ser un rasgo negativo de la vida es positivo.

Pero si miramos bien, todos esos amores que nos parecen tan románticos, y a los cuales en secreto aspiramos, son amores inmaduros, amores de hombres inacabados con mujeres inacabadas, de hombres insatisfechos con mujeres inmersas en una eterna frustración por no alcanzar lo que aspiran. Es de verdad difícil creer que nos pasemos la vida buscándolos. Porque, siendo honestos, esos no son más que amores pendejos.