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La nueva vida lenta

Vivir sin maquillaje, sin champú, reutilizando cada ingrediente del refrigerador o simplemente no comprando ninguna prenda nueva. Una cada vez más popular perspectiva se está apoderando del movimiento ‘slow’, llevando a más personas a vivir un vida consciente donde más que ‘reciclar’ se apuesta a vivir sin generar residuos. ¿Se puede? Según los convencidos, no es tan difícil como parece.

  • Josefina Strahovsky

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Fotos Nicolás Abalo

Que nada se pierde, todo se transforma. Lamentablemente este principio -uno de los conceptos clave de la ley de la conservación de la materia- parece no aplicar en la actual sociedad de consumo. Hoy todo lo que se produce y utiliza tiene un destino cuyo impacto muchos deciden ignorar, pero que definitivamente está generando innegables consecuencias negativas tanto en el medioambiente como en la calidad de vida. Y nada se transforma si es que no hay alguien que se haga cargo. Esa es la premisa detrás de los cada vez más masivos movimientos sociales de personas que deciden hacerse responsables del destino no solo de los productos que consumen, sino también de las decisiones alimentarias que toman, asumiendo que pequeñas acciones sí pueden hacer una diferencia y aminorar las consecuencias que tiene el actual estilo de vida hiperconsumista. “El consumo responsable nos obliga a tomar responsabilidades individuales y colectivas. Las posibilidades que tenemos como sociedad sobre las decisiones que tomamos como consumidores son muy relevantes; al mirar nuestro contexto medioambiental y social podemos darnos cuenta de que somos capaces de generar un doble impacto”, asegura la sicóloga y especialista en antropología alimentaria Alejandra Naranjo.

Aunque tienen múltiples apellidos: slow (lento), consciente, minimalista, etc., estos movimientos comparten como denominador común el deseo de bajarse del carro del consumismo sin reflexión y vivir una vida más conectada con el futuro del planeta. Bajo los principios de cooperación, respeto, sustentabilidad y gratitud ofrecen devolver a la sociedad un balance más natural y en sincronía con el medioambiente. “El movimiento slow llama por distintas vías a detenerse. Mirar los objetos, entender su historia y darse cuenta de que para producir un alimento o una prenda se necesitan de recursos que son limitados y que hoy se están gastando indiscriminadamente”, asegura la sicóloga Pilar Navarro, voluntaria en el movimiento ciudadano DiscoSopa, que busca generar conciencia sobre el alarmante desperdicio de alimentos.

Un pequeñísimo basurero

Aunque asegura que el proceso fue lento, el resultado no deja de ser impresionante. La bloguera estadounidense Lauren Singer (@trashisfortossers) guarda la basura que ha producido, durante 4 años, en un jarro mediano. Cuando el promedio de generación de basura de un chileno promedio es de 1 kilo al día su hazaña parece aun más increíble. “No fue tan difícil como lo pensé. Partí con lo básico: dejé las bolsas plásticas, las bombillas, los cubiertos desechables… y de ahí seguí con los envoltorios. Fue una serie de pequeños cambios que me permitieron generar cada vez menos basura hasta llegar al punto en que estoy hoy, donde prácticamente no produzco residuos y, claro, no consumo ningún producto que los contenga”, asegura al teléfono desde su departamento en Nueva York.

Algo que aplica en sus productos de belleza, los que fabrica con sus manos y solo con ingredientes naturales; también en su clóset, donde toda la ropa es de segunda mano, y en su cartera, donde siempre lleva cubiertos, una taza y, si sabe que tendrá que comer al paso, un jarro de vidrio con su comida. “La mayor recompensa es saber que vivo de acuerdo con mis principios y saber que no estoy contribuyendo a hacer este mundo más sucio”, explica. Ella es parte de un movimiento que también se conoce como ‘minimalista’ o ‘zero waste’, y que ya no ve en el reciclaje una solución para generar una sociedad menos contaminada, sino que apuesta por generar la menor (o ninguna) cantidad de residuos para cambiar la situación desde su base.

Un camino en el que también se está iniciando la especialista en medioambiente chilena Alejandra Kopaitic, ingeniera en medio ambiente. “Hace un par de años me di cuenta de que algo no estaba bien: veía basura en las calles, a la gente comprando más de lo que necesitaba, muchos envases desechables y un sobreconsumo irracional de bolsas plásticas y empaques. Algo que no se entiende cuando en todo el mundo, sin importar el tamaño de la ciudad, hay dificultades con la gestión de residuos. Eso sumado a la crisis del calentamiento global que es una realidad presente. La cantidad de basura que generamos al día o a la semana es impresionante, y la mayoría de las personas no se da cuenta, simplemente dejamos la basura afuera el día que pasa el camión y listo, nos olvidamos y no nos preocupamos”, explica.

Así nació la idea de crear @vayaconsumismo, una iniciativa que desde las redes sociales entrega alternativas simples para motivar a otros a rechazar lo que no necesitan, reutilizar, reparar lo que más puedan, reciclar, hacer compost con residuos orgánicos y hacerse cargo de lo que se compra, come, usa y desecha. “Como sociedad hay una mala interpretación de la felicidad que te genera comprar o tener ciertos productos, y esa falta de conciencia te limita a ver el problema de la basura”, explica al teléfono desde Berlín, donde se está interiorizando en las diferentes iniciativas relacionadas con la generación de residuos que ya están establecidas en la ciudad alemana.

Sin champú ni cremas

Cuando subió el video a su canal de YouTube, la sicóloga Constanza Richards nunca se imaginó el impacto que tendría la descripción de su ‘natural’ rutina de belleza. Se llenó de comentarios, preguntas y uno que otro mensaje desagradable. ¿Por qué tanto escándalo? En ese video ella explicaba cómo y por qué había decidido dejar todo tipo de productos capilares, para lavarse el pelo solo con agua. “Cuando algo te hace clic, lo que pasa a nivel estético ya no es tan importante. Claramente no es una solución milagrosa, pero este camino que tomé tiene que ver con una decisión que va mucho más allá de lo brillante que me quedó el pelo o no”, explica.Esta decisión era parte de un camino que antes había comenzado con los productos cosméticos. Como colaboradora en distintos blogs se había especializado en comentarios de lanzamientos de belleza; estaba llena de productos que no usaba, envueltos en varias capas de plástico y con ingredientes impronunciables. El ‘exceso’ que vio en el mercado la motivó a tomar el camino contrario y optar por una belleza minimalista y sustentable. Primero abandonó las cremas y luego el champú. “Uno hace estos cambios no solo por salud, sino también por la salud del planeta. Todos los índices lo están demostrando. Como sicóloga siempre supe que los problemas se resuelven desde la prevención, y eso quizás fue lo que me hizo entender que esta transformación no se trata solo de reciclar sino dejar de generar daño”, asegura.

Una visión que también comparte la instructora de cocina viva Belén Dussaubat (chirimoyalegre.cl). “No necesito muchas cosas externas para sentirme plena y en equilibrio. Generalmente no me maquillo porque me encanta ser yo misma y sentirme libre de adornos. No me gusta depender de atuendos, joyas, ropas ni otros accesorios para estar satisfecha o sentirme ‘segura’. Lo que me importa es que la ropa que uso se sienta cómoda y bonita a mis ojos, no a los de los estándares externos. Puedo usar una misma prenda por décadas, y siempre prefiero reutilizar que acumular o desechar”, cuenta. Para ella el concepto de lujo no reside en bienes materiales sino en tener tiempo para estar presente y disfrutar. “Para mí el verdadero lujo es tener acceso a alimentos naturales de buena calidad, la posibilidad de sentir el sol en mi piel, los abrazos de los que quiero, la conciencia para hacer cambios en mi vida. Para mí ya es un lujo el poder moverme y hacer deporte, los días de cielo limpio, las infinitas posibilidades de ser feliz”, agrega esta cocinera.

Nada se pierde, todo se mastica

En la cocina el movimiento ‘slow’ o ‘consciente’ tiene diferentes manifestaciones. Pero los principios que la sustentan son dos: disfrutar y aprovechar, y van de la mano, como asegura la directora de RecuperaLab, Alejandra Naranjo: “Para nosotros la recuperación no solo es reaprovechar alimentos que están a punto de irse a la basura, sino también recuperar lo colectivo de reunirse en una mesa. Que comer no sea un trámite. Eso permite apreciar más los ingredientes y relacionarse de manera distinta con los alimentos”. Ese vínculo, explica, nos obliga como consumidores a asumir la responsabilidad que nos corresponde en la cadena alimentaria. “Porque en el trabajo de concientizar y educar para cocrear soluciones que realizamos en RecuperaLab nos hemos dado cuenta de que se pierde comida en todo ámbito: desde el productor hasta los restaurantes”, agrega.

En esa misma cruzada está Pilar Navarro, desde el movimiento DiscoSopa. “Para nosotros el movimiento de slow life o slow food tiene que ver con darse el tiempo de parar y ver las cosas en su amplitud. Nos obliga a mirar esta comida que antes creíamos que era basura, pero que no lo es”, explica. Para crear esa conciencia realiza eventos ciudadanos abiertos que invitan a utilizar ingredientes que otros han desechado, pero que son perfectamente aprovechables y deliciosos.

Desde la vereda de los cocineros, Nico Decarli, de la plataforma Simple y Vivo, adhiere también a las ideas base de la cocina slow. “Para mí significa la comida hecha en casa, con dedicación, intención y goce. Se respeta el medioambiente y se aprecia el alimento, su origen y calidad. Olvidar las distracciones como la televisión o el trabajo, disfrutar de la compañía y un entorno en armonía. Yo aporto enseñando y creando conciencia sobre este estilo de vida a través de las clases de cocina con Simple y Vivo, buscando y utilizando alimentos que respeten el medioambiente, rescatando lo que desperdicia el mercado, innovando y compartiendo en la cocina”, asegura.


Simple y eficaz

Estos 5 simples consejos, de @vayaconsumismo, pueden ser el primer paso para llevar una vida libre de desechos.

  1. Mirar el basurero. Analiza tus residuos y detecta lo que puede haber sido reciclado, llevado a un compost o simplemente lo que se podría haber evitado comprar.
  2. Llevar siempre una botella y cubiertos reutilizables. Para evitar comprar botellas plásticas y comer sin problemas cuando no se está en casa. No gastar en desechables, mejor invertir en reutilizables.
  3. Rechazar desechos inútiles. Por ejemplo, publicidad, muestras gratis de productos, tarjetas de presentación y las bombillas en nuestros jugos o tragos.
  4. Planificar compras. Hacer una lista de lo que necesita a la semana o al mes, e ir a comprar a la feria, tostadurías o mercados con bolsas reutilizables y frascos. Así se evita comprar productos envasados.
  5. Simplificar la vida. Buscar alternativas, no comprar si de verdad no se necesita. Revisar lo que se tiene, regalar lo que no se usa, reutilizar al máximo y reciclar.