Columnas

Cuatro mujeres

“Si hay algo que tienen estas mujeres en común, es la convicción de que sus largas horas dedicadas al silencio, la meditación y el trabajo no solo las ha hecho felices sino que también es importante para el resto del mundo”.

  • Carla Guelfenbein

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400Gyalten Samten tiene 33 años y lleva la cabeza rapada. Tiene los labios voluptuosos, los ojos rasgados y una figura que le valió el título de Miss India. Gyalten es una de las actrices más importantes de Bollywood, la gigantesca industria cinematográfica de India. Llevaba una vida glamorosa, viajando por el mundo, asistiendo a fiestas y recepciones, recibiendo regalos y proposiciones de los más cotizados solteros. Lo tenía todo, sin embargo Gyalten se sentía infeliz. El típico caso de las estrellas de Hollywood que muchas veces terminan en las drogas. Gyalten, en cambio, decidió dejarlo todo para convertirse en monja budista. Cuando se acercó a un lama para manifestarle su deseo, el lama le contestó que debía estudiar. Gyalten dedicó los siguientes diez años de su vida a estudiar y a pasar largos períodos en completa soledad meditando y absorbiendo las enseñanzas budistas. Hasta lograrlo. Hoy Gyalten vive en un pequeño y aislado monasterio en las montañas.

Tenzin Palmo nació en el este de Londres. Su nombre en ese entonces era Diane Perry, y su padre trabajaba en una pescadería. Desde pequeña se interesó por la India. A los 18 años estaba trabajando en una biblioteca para reunir el dinero y viajar a la India. A los 21 había logrado ser la segunda occidental en ser ordenada en la tradición budista tibetana. Tenzin Palmo, bajo la tutela de su guía espiritual, pasó a ser parte de un monasterio en donde ella era la única mujer entre 100 monjes. Rápidamente se dio cuenta de que las altas esferas de la espiritualidad estaban (como en la mayoría de las religiones) reservadas para los hombres, y que a pesar del trato amable de los monjes, estos la miraban como un ser inferior. Decidió entonces seguir el camino de los yoghis. Caminó varios días por las montañas del Himalaya, hasta que encontró una pequeña cueva a 4.000 metros de altura y allí pasó los siguientes 12 años. Ahora Tenzin Palmo dirige un monasterio de 70 novicias y, sin abandonar sus largos períodos de silencio, lucha, junto a otras religiosas, por hacerles un espacio a las mujeres en la tradición budista.

Dhamchoe entró en un monasterio budista a los 15 años. A los 22 años participó de una pequeña manifestación junto a otras novicias para pedir la admisión del Dalai Lama en el Tíbet. Región conquistada y destruida por la Revolución Cultural china. Dhamchoe junto a sus compañeras fue condenada a 6 años de prisión por el Gobierno chino. Durante estos años fue torturada sistemáticamente, día tras día. Cuando a los 28 años fue liberada, estaba físicamente destruida, pero su espíritu budista no se había apagado. Sin embargo, era incapaz de sentir compasión por sus captores. Hasta el día de hoy. Por eso, Dhamchoe no se siente digna de llevar de vuelta sus ropas. El día que pueda volver a sentir compasión, volverá a ocuparlas. Aunque esta tarea le lleve el resto de su vida.

Tuve el privilegio de conocer las historias de estas tres mujeres y las de muchas otras a través de mi amiga Christine Toomey, una periodista inglesa. Un día Christine se preguntó qué movía a estas mujeres a abandonarlo todo y dedicar el resto de sus vidas a la contemplación y al duro trabajo de un monasterio. Qué fuerza oculta las hacía persistir a pesar de la resistencia de los mismos monjes budistas y del Gobierno chino. Movida por estas interrogantes emprendió un viaje que la llevó por la India, el Himalaya, China y EE.UU., y a escribir un libro que reúne sus experiencias. The Saffron Road. Cuando le pregunté cuál era la conclusión a la que había llegado, Christine me miró largo rato con sus ojos azules y me respondió: “Si hay algo que tienen estas mujeres en común, es la convicción de que sus largas horas dedicadas al silencio, la meditación y el trabajo no solo las ha hecho felices sino que también es importante para el resto del mundo. La suya es una forma milenaria de recordarle al mundo que la verdadera felicidad viene desde el interior”.

Una respuesta muy simple, pero que sin embargo me quedó resonando por varios días.