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Quiero ser dog lover

Tendremos un cachorro peludo que crezca grande y lo querremos tal como es. Cruzaremos los dedos para que huela bien, lo llevaremos de paseo todos los días, le enseñaremos con cariño y paciencia infinita las normas de buena educación y estableceremos responsabilidades compartidas en la crianza del nuevo integrante de la familia.

  • Carolina Pulido

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400Cuando me separé pensé que una buena idea para que mi hija única se sintiera acompañada era comprar un perro. Al parecer los niños criados con perros resultan ser más saludables y generosos. Así que busqué en las redes virtuales de amantes de las mascotas un cachorro simpático que no creciera mucho, para que no hubiera que sacarlo a pasear demasiado seguido, y que además fuera querendón y buen amigo con los niños. Y así llegó Johnny Perry. Un pug enano adorable que nos enamoró a las dos, pero que presentaba algunos peros que nunca se me ocurrió considerar a la hora de escoger raza: tenía que vivir dentro de la casa porque como todos los de su tipo era propenso a resfriarse, algo que nunca estuvo en mis planes, y por más que nos esforzamos, mi hija y yo, para entregarle un confort e higiene de primera, no había nada en el universo canino capaz de mejorar el olor de su piel. Ni siquiera en el universo humano. El pobre Johnny Perry era hediondo. Nada que hacer. Pero el panorama definitivamente empeoró cuando pasaban los días y el cachorro no aprendía a hacer sus necesidades donde debía, y en cambio desarrolló una adicción a comerse la lana de la nueva alfombra del living. Lo que más me inquietó, en todo caso, fue la cara de sorpresa de la gente al enterarse de que yo tenía una mascota. Parece que pensaban que no tenía corazón. Y la verdad, me sorprendí de su sorpresa. Nunca he sido una persona perruna, ni gatuna, ni animal lover en general. Digamos que me gusta andar por la vida lo más liviana posible. Pero soy buena persona. Tengo corazón. Me habría encantado ser de aquellos que van por la vida con sus mascotas al lado, de los que piensan que su perro es su mejor amigo y que acaso darían la vida por él. Si es verdad que el amor desinteresado de un animal y lo que ese amor despierta en ti te hace ser mejor persona nunca llegué a comprobarlo: a los pocos meses aborté el asunto del perro y le busqué una buena madre amante de los canes que lo recibió con los brazos abiertos. Fue una decisión responsable. Tal vez mis amigos estaban en lo correcto, aunque prefiero pensar que simplemente no era el momento preciso. En realidad, estoy segura de que así fue, y más me vale, porque estoy a punto de adoptar un perrito. O una perrita. Claro: esa es la razón por la que volvió a mi memoria la historia de Johnny Perry. Vamos a tener una mascota. Mi hija ya lo pide a gritos y algo me dice que será una estupenda idea tomando en cuenta que viviremos en una casa con jardín y que por otra parte los niños que se crían con perros se transforman en personas más generosas. Y saludables.

Sé lo que están pensando, y en mi defensa diré que esta vez es diferente. Tendremos un cachorro peludo que crezca grande y lo querremos tal como es. Cruzaremos los dedos para que huela bien, lo llevaremos de paseo todos los días, le enseñaremos con cariño y paciencia infinita las normas de buena educación y estableceremos responsabilidades compartidas en la crianza del nuevo integrante de la familia. Seremos una familia con todas sus letras.

Ahora que lo pienso, no sé si aún valoro tanto andar por la vida lo más liviana posible. Puede ser una buena señal. Sobre mi corazón. O tal vez solo sea un buen momento.