Columnas

Bendita soledad

“Una de las instancias que más valoro de mi vida es estar sola. Porque nunca estoy sola. El mundo que llevo adentro, y que va conmigo a donde vaya, aflora en todo su esplendor en soledad”.

  • Carla Guelfenbein

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400Hoy en día existe un gran temor a la soledad. La soledad es incluso una de las medidas que se usan para evaluar la calidad de vida de los habitantes de una ciudad, de un país. Una ciudad en que los índices de soledad son altos, es considerada como una ciudad difícil de vivir, una ciudad poco amable que no privilegia la calidad de vida de sus habitantes. Sin duda que la ausencia de empatía, la falta de compromiso con la comunidad, generan aislamiento, y el aislamiento es en todos los sentidos negativo para el ser humano.

Pero el estado de aislamiento es muy diferente a una soledad escogida. Y ambas suelen confundirse. Por esta confusión la soledad suele ser estigmatizada. La soledad en una persona es sinónimo de inadaptación, de rareza, de falta de aptitudes sociales. En esta era en que todo es social se presume que alguien que lleva una vida solitaria es imposible que lo haga por elección, sino porque es incapaz de establecer relaciones con los demás.

La sociabilidad, en cambio, es una de las aptitudes más apreciadas de nuestro tiempo. Incluso se ha acuñado un término: ‘capital social’, que cuantifica, entre otras cosas, la cantidad de ‘amigos’ y de conexiones que alguien puede tener. De ahí que las redes sociales cada vez adquieran más fuerza. Hoy, más importante que una buena idea, es a cuántas personas puedes alcanzar con esa idea, cuántas personas están dispuestas a escucharte. Y lograr ser escuchado requiere un gran esfuerzo social. Muchos creadores de hoy pasan más tiempo trabajando para ser escuchados que produciendo un trabajo profundo, de calidad y verdaderamente creativo. ‘Estar’, ‘aparecer’ es símbolo de éxito. Un escritor esquivo y solitario como Salinger, el autor de la novela El Guardián entre el Centeno, venerado mundialmente por generaciones, hoy jamás podría alcanzar su fama.

En este panorama, el solitario tiene mucho que perder. Porque no solo es considerado inepto, sino que un definitivo fracaso. En el plano de las relaciones humanas todo tiende a hacerse en grupo. Si viajas solo es porque no tienes con quién viajar. Si vas al cine solo es porque no tienes con quién ir. Si te tomas una copa solo en un bar es porque estás intentando ‘agarrar’ a alguien o estás deprimido.

Pero hay algo que no suena bien, ¿verdad? Algo que no calza.

A mí no me calza en absoluto. Una de las instancias que más valoro de mi vida es estar sola. Porque nunca estoy sola. El mundo que llevo adentro, y que va conmigo a donde vaya, aflora en todo su esplendor en soledad. Siento que mi mente, mi corazón, mi alma, están hablándome todo el tiempo, relacionando cosas remotas, uniendo ideas y sentimientos, escuchando atentos lo que ocurre a mi alrededor, para luego absorberlo, transformarlo en vida, en emoción, en historias.

Es en la soledad donde me siento más entera, más completa y en paz. Como si en ese silencio las diferentes partes de mí se alinearan, se encontraran, para establecer un diálogo profundo y lúcido. Hace un par de meses hice un largo viaje sola, y hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien. En el camino me encontré con mucha gente que se fue sumando a mi periplo, pero después siempre estaba mi silencio, ese huequito de mí donde crecía algo mucho más grande, la fuente quizás de mis próximas historias, la fuente, sin duda, de una inmensa paz y felicidad.

Puede parecer extraño, pero el mundo, cuando sabes estar en soledad, en lugar de reducirse se amplía. Porque en soledad estás atento a todo lo que ocurre a tu alrededor. Y hay algo más, cuando comprendes el inmenso potencial de la soledad valoras mucho más la compañía de los otros. Porque no surge de una necesidad neurótica de estar con otro, sino de una verdadera elección de compartir.