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Degenerados, pícaros y violencia machista

Este es un tipo de violencia que parece inofensiva, pero que se ramifica igual que una metástasis en nuestras siquis femeninas, y que traza el camino para una serie de consideraciones erróneas e injustas con las que convivimos ambos sexos durante toda la vida.

  • Carolina Pulido

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400Mi primer acoso sexual callejero debe haber sido como a los 10 años. Estábamos con mi prima jugando en las escaleras de un edificio, cuando de un departamento salió un tipo joven y nos comenzó a hablar, también a tocar, jugueteando con el agujerito que se dejaba ver entre un botón y otro de mi blusa, aunque fue muy corto ya que una nana se asomó y lo interrumpió. Luego ella alertó a nuestras madres por lo que fuimos advertidas de inmediato. Ahí supe lo que era un “degenerado”, que era la palabra que se usaba en tiempos en que pedofilia no sonaba familiar. Luego vi muchos tipos masturbándose en esquinas de noche, exhibicionistas de abrigo largo a la salida del colegio, me agarraron el poto y las pechugas en unas cuantas micros, me gritaron calenturas en la calle, algunas simpáticas, otras repugnantes. Lo mismo que a casi todas las niñas chilenas. Lo usual. Nada tremendamente traumático pero por lo mismo alarmante, porque apunta con precisión hacia la creencia instalada de que las niñas y las jóvenes son acosadas sexualmente. Abusadas, en el peor de los escenarios. Fin. Es una realidad que existe a vista y paciencia de todo el mundo, y aunque nadie parece considerarlo aceptable nunca ha sido penado por ley. Cuídese, mijita. Está lleno de tipos frescos por ahí. No ande provocativa. Muestre menos piel, que si le pasa algo va a ser su culpa. Ya no te lo dicen así, pero ese es el discurso enquistado en el colectivo.

Hay niños acosados también, pero el porcentaje es muchísimo menor. Las mujeres jóvenes son el grupo más vulnerable, pues 97% ha sufrido acoso en el último año, según la encuesta 2015 del Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC). Sin embargo, el acoso es un fenómeno transversal: afecta también a hombres, adultos y adultas mayores. Y los degenerados (que palabra más vintage) son en un 93% hombres. Si fuera al revés seguro que el acoso callejero sería delito desde siempre. Porque así son las cosas. Y porque, si somos francos, este es un tipo de violencia que parece inofensiva, pero que se ramifica igual que una metástasis en nuestras siquis femeninas, y que traza el camino para una serie de consideraciones erróneas e injustas con las que convivimos ambos sexos durante toda la vida. Se acomoda, la violencia, en la idea de que los hombres poseen una sexualidad inmanejable e incompatible con la razón. Y lo que te dicen, en el fondo, es que la especie masculina no es otra cosa que un engendro entre mono y humano. Qué paradoja: el macho como una especie que va un paso más atrás en la evolución, y así y todo superior. Luego hay que aceptar que las mujeres somos la tentación, la manzana prohibida, María Magdalena. Y de ahí la educación misógina, el comercial juvenil y simpático que vende cerveza descalificando a las chicas, el compañero de pega que se desubica, el jefe que te ningunea, el marido que se manda una cana al aire en una noche de alcohol y descontrol, el que golpea, el que mata. Violencia, violencia, violencia.

Este año, en abril, la Cámara de Diputados aprobó de forma unánime el proyecto de Ley de Respeto Callejero, iniciativa impulsada por OCAC Chile, que busca tipificar como delito el acoso sexual en espacios públicos. Ahora solo falta el visto bueno del Senado para que los infames abusadores pasen hasta 540 días en la cárcel y para los que hasta ahora eran considerados pícaros exponentes de la cultura criolla arriesguen multas de 45.000 pesos como mínimo, dependiendo del nivel de ‘picardía’.

Puede que la ley se aplique poco o nada dada la dificultad para probar este tipo de delitos, es cierto. Pero el solo hecho de que en la Carta Fundamental quede estampado el repudio general al acoso sexual callejero, junto con el debate que promueve a nivel país, es un paso grande para comenzar a cambiar mentalidades. Ya era hora.