Hombres

Sebastián Vinet

Luego de estudiar y trabajar por 10 años en Estados Unidos, este bailarín volvió a Chile en 2013 y se convirtió en una de las jóvenes promesas del ballet nacional. Hoy prepara uno de los papeles protagónicos de La Bella Durmiente, obra que se estrena el 31 de mayo en el Teatro Municipal.

  • alejandra.villalobos

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Foto Nicolás Abalo

interiorA Sebastián (24) siempre le gustó el mundo artístico, le encantaba actuar y bailar. Desde los 8 años participó en diferentes academias de bailes, le agradaba el hip hop, la samba y, por sobre todo, imitar a Michael Jackson. Pero un día, una película dio un giro a su vida: Billy Elliot. Fue tanto lo que le gustó que solo, sin preguntarle a nadie, llamó al Teatro Municipal y pidió una hora para audicionar. Hizo la prueba y quedó. Ese mismo día empezó a bailar ballet. “Fue perfecto, porque tenía las dos cosas que me gustaban, baile y actuación”, dice.

De los 12 a los 13 años estuvo en la escuela del Municipal, y a los 14 lo quisieron pasar a la Compañía. “Sentí que era demasiado apresurado, porque es como pasar de séptimo básico a la universidad, y yo no tenía la técnica suficiente para ser bailarín profesional”, explica. Por ese entonces vino un maestro chileno, Claudio Muñoz, quien trabajaba en el Houston Ballet Academy. “Audicioné para él y me ofreció irme becado a un curso de verano que hacía por dos meses allá. Acepté, hice el curso y me encantó, así que postulé a la escuela de esa misma academia. Ahí estuve dos años y después de eso me convertí en bailarín profesional”, cuenta.

El hecho de irse a vivir solo y lejos de su familia a Sebastián no le afectó mucho al principio, pero sí una década después. “Cuando era más chico solo disfrutaba, todo era nuevo”, recuerda. “Esos 10 años me permitieron desarrollarme y abrirme camino internacionalmente, estudié en una de las mejores escuelas del mundo, hice muchos contactos, bailé con bailarines impresionantes, con coreógrafos reconocidos mundialmente. También tuve la suerte de ganar una competencia en Suiza, la Prix de Lausanne, y eso me abrió muchas puertas (…) Fueron tantas cosas y tan rápido que no me quedaba mucho tiempo para echar de menos, pero cuando ya fui más grande comencé a ver la vida de otra forma y empecé a extrañar a mi familia, a mi país. Quería poder bailar para ellos”, cuenta. Eso, sumado a que quería trabajar con Marcia Haydée, la directora del Ballet de Santiago y una de las bailarinas más importantes de la danza moderna de posguerra, lo motivó a volver a Chile.

Hoy está feliz acá, cree que el nivel de Chile es muy bueno. “El problema es que no nos damos cuenta”, dice, y agradece que cada vez se respete más esta profesión. “Siento que se ha evolucionado mucho en ese sentido; quizás cuando chico sí me daba un poco más de vergüenza decir que bailaba ballet, pero hoy día la gente está entendiendo y valorando lo que hacemos, lo que significa nuestro trabajo y lo difícil y exigente que es. Y ahora, cuando digo que soy bailarín de ballet, no veo prejuicio sino admiración”, dice.