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Federica Matta, una viajera de mil mundos

Lo que me gusta de Federica es que, a diferencia de muchos quienes han hecho una búsqueda de esta naturaleza, ella no pontifica desde las alturas de una verdad y de una vida resuelta.

  • Carla Guelfenbein

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400Conocí a Federica en el último piso de la tour Eiffel, hace más de diez años, y la simpatía mutua fue instantánea. Nos bastó mirarnos para saber que pertenecíamos a la misma tribu. La tribu de las mujeres que no se conforman con las respuestas fáciles ni con la cara limitada y sesgada que nos ofrece el mundo de lo visible. Recuerdo que ya en ese entonces Federica me habló de Attar -un poeta persa- y de su poema La Conferencia de los Pájaros. En este poema escrito en el siglo XII, Attar cuenta la historia de una bandada de pájaros que hastiada de su existencia sin rumbo ni sentido emprende el vuelo en busca del Gran Maestro. Son cientos de pájaros que viajan años y años. En el camino algunos van pereciendo, otros se van aburriendo de ese viaje sin fin y otros simplemente van perdiendo la fe en la existencia del Gran Maestro. Solo 33 pájaros persisten en su acometido, hasta que un día, ya cansados y a punto de abandonar el camino, se encuentran con un gigantesco espejo en el cual se ven reflejados. Los 33 pájaros miran atónitos la imagen de sí mismos, y comprenden que es eso lo que estaban buscando. El Gran Maestro que buscaron durante años por todos los cielos de la tierra estaba dentro de cada uno de ellos.

Hija de Roberto Matta (relación que ella atesora como algo muy personal y que detesta salga a colación), Federica ha hecho un largo camino, viajando por todos los continentes, encontrándose con niños y adultos de diversas culturas, pero sobre todo Federica ha hecho un camino profundo hacia su interior. Un camino que nunca abandona. Lo primero que hace al llegar a su cuarto del hotel donde se hospeda cuando viene a Chile -siempre el mismo cuarto y el mismo hotel en Providencia-, es desplegar sobre el escuálido escritorio sus lápices, sus papeles, sus tintas. Su reino. Su mundo. Y desde ese lugar que ella se apropia y habita con sus colores, comienza el día.

Es un rito que lleva haciendo por años. Los mismos lápices, los mismos papeles y formas que van mutando según cambian el mundo y su mundo interior. No importa cuál sea el lugar, Tokio, Singapur o Santiago, ahí están sus bártulos que la centran, que la conectan consigo misma y el mundo amplio de lo invisible. Federica nunca se detiene, porque su hacer y ella son lo mismo. No está ‘el trabajo’ por un lado y ‘la vida’ por el otro, todo es parte de una misma ruta.

Y es esa ruta la que ella ha plasmado en su libro El Viaje de los Imaginarios en 31 Días, que acaba de publicar en Chile. El Viaje de los Imaginarios es el resultado de años de reflexión y de una búsqueda muy personal. En él nos propone hacer un camino hacia la creatividad y hacia uno mismo. Su planteamiento, que sigue la corriente de muchos pensadores (entre ellos el premio Nobel Saramago), es que dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, y ese algo es el que define lo que somos. El camino que ella propone tiene el fin de encontrar ese algo, conocerlo y potenciarlo. Uno de sus prologuistas, el escritor Luis Sepúlveda, lo define como “un libro-juego-viaje”. Y como dice Federica en su primera página, “Bienvenido a este libro que vas a escribir leyéndolo, que vas a dibujar mirándolo”.

Lo que me gusta de Federica es que, a diferencia de muchos quienes han hecho una búsqueda de esta naturaleza, ella no pontifica desde las alturas de una verdad y de una vida resuelta. Las verdades absolutas y las vidas perfectas siempre me han producido escozor y desconfianza. Federica lucha cada día, como todos nosotros, contra y por la vida. Y no siempre le resulta fácil. Eso es lo que hace de este libro un libro real, imaginado por una mujer real, que tiene que enfrentarse cada día con un mundo real.