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Quiero un hijo: Una historia real

Hace 17 años Nancy estaba a punto de cumplir 35 años, era soltera, sin pareja y quería tener un hijo (...) ¿Pero hasta cuándo podía esperar ella que apareciera el hombre idóneo?

  • Carla Guelfenbein

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Consuelo Astorga

Nueva York es una ciudad inapresable y misteriosa que amedrenta y a la vez atrae. Tal vez por eso el símbolo que escogió para sí misma es la manzana. El pecado original que abre la conciencia al placer, pero también a los peligros de ser ‘humanos’. Hace algunas semanas conocí a Nancy Jo Sales, una legítima neoyorquina y una de las cronistas estrella del Vanity Fair. Nancy es amiga de un gran amigo mío, y tuve la oportunidad de celebrar con ella, en un diminuto restaurante chino del East Village, la entrada de su último libro a la lista de los Top Ten del New York Times. Pero no me voy a detener en esa celebración, que podría haber sido extraída de una película de Woody Allen, sino en la historia de Nancy y Zazie, la adolescente de grandes anteojos que junto a sus amigos celebraba esa noche el éxito de su mamá.

Hace 17 años Nancy estaba a punto de cumplir 35 años, era soltera, sin pareja y quería tener un hijo. Hombres no le habían faltado. Como ella misma lo describe en un artículo que publicó en el Vanity Fair, había tenido amantes y novios de todas las “especies” y nacionalidades, rock stars, economistas, un par de personalidades de la TV, unas cuantas bellezas masculinas y también uno que otro ‘freak’, pero con ninguno de ellos había logrado una relación lo suficientemente profunda como para tener un hijo. Y el reloj avanzaba, tictac, tictac. Las relaciones en la gran manzana se volvían cada vez más difíciles. Los hombres de su edad y un poco mayores no querían adquirir ningún tipo de compromiso. Estaba lleno de veinteañeras dispuestas a tener sexo con ellos, a acompañarlos, e incluso a plancharles las camisas si se portaban bien. Con el viagra los hijos podían aguardar incluso hasta los 80. ¿Pero hasta cuándo podía esperar ella que apareciera el hombre idóneo? No se imaginaba siendo una de esas mujeres que aparecen en las revistas médicas por dar a luz a los 58 años a siete mellizos colorines después de haber adquirido por una alta suma los espermatozoides de un anónimo conde austriaco en decadencia. No, eso no era para ella. ¿Pero qué hacer? Fue entonces cuando decidió confeccionar una lista de 8 exnovios, los mejores. Los había dulces, emprendedores, geniales, sensibles, artistas, divertidos, ambiciosos, meditativos. Todos, de alguna forma, seguían siendo sus amigos, y ninguno de ellos la había herido demasiado. Dentro de esa lista estaba mi flamante amigo chileno, cuya identidad mantendré oculta. Todos fueron convocados a una cena en un restaurante del barrio de Wall Street, previo aviso de su objetivo. Alguno de ellos, después de una regada cena, tendría que ofrecerse a ayudarla en su acometido.

Esa tarde Nancy se preparó para la cita. En la peluquería las chicas y las clientas la felicitaron por su valentía, algunas la miraron con envidia, otras con repugnancia. Y aunque la forma que había encontrado Nancy de resolver su dilema no convenciera a todas, ninguna dejó de admitir que el instinto maternal no iba con los tiempos y que si no tomábamos el toro por las astas muchas de nosotras, pasados los treinta, estaríamos destinadas a quedarnos sin hijos.

Cuando volvió a su casa Nancy tuvo su minuto de duda. ¿Qué ocurriría si al final de la velada ninguno de sus amigos se ofrecía a ayudarla? ¿Cómo volvería a casa? ¿Cómo continuaría viviendo? Llamó a su prima Lisa y le pidió que la acompañara. Al menos, si eso ocurría, Lisa podría evitar que al terminar la cena se arrojara al río Hudson. Y así lo hizo.

A las 7.15 p.m. Lisa la pasó a buscar a su apartamento del Village, y mientras bajaba las escaleras tuvo la visión de una chica largurucha de grandes anteojos ovalados que desde una inconmensurable distancia la miraba.

(A seguir).